27
Llegaron al hospital pocos minutos después. En cuanto el equipo médico evaluó a Filipa, ella fue encaminhada a la sala de parto. La médica constató que el trabajo de parto había empezado. Aurora no tenía intención de esperar más.
Caio y Guto quedaron en la recepción, pero ni siquiera se miraban. Se sentaron en extremos opuestos, separados por metros de distancia y por una historia entera. Aunque Guto era el padre biológico de Aurora, no esperaba tener que compartir ese momento con él.
Algunos minutos después, la médica apareció nuevamente.
—¿Caio?
Él se levantó de inmediato.
—¿Sí?
—Filipa está bien.
La tensión en sus hombros disminuyó un poco.
—Entró en trabajo de parto. Aún está nerviosa porque no esperábamos que ocurriera ahora, pero está todo bajo control.
Caio suspiró.
—¿Puedo verla?
La médica sonrió.
—En realidad, está preguntando por usted desde que llegó.
La frase no pasó desapercibida para Guto.
—Vamos a empezar los preparativos. ¿Va a acompañarla en el parto?
—Claro que sí.
La médica asintió.
—Entonces venga en cuanto pueda.
Se alejó y Caio tomó el celular. Necesitaba avisar a los padres de Filipa.
Guto permaneció en silencio. Solo escuchaba.
Y, con cada palabra, sentía algo moverse dentro de él, como si antiguas convicciones finalmente se estuvieran desmoronando.
Incluso sabiendo toda la verdad ahora, era Caio quien ella quería a su lado en ese momento.
Caio marcó a Alonso. La llamada fue atendida al segundo tono.
—Hola, Caio.
—Señor Alonso…
Caio suspiró.
—Estamos en el hospital. Aurora va a nacer.
Del otro lado de la línea hubo un silencio.
—¿Cómo así? Todavía no es el momento.
—Lo sé. Pero Filipa se sintió mal y vinimos de inmediato. La médica la evaluó y confirmó el trabajo de parto.
Mientras hablaba, sus ojos se encontraron con los de Guto. Ambos sabían que el estrés de aquella tarde había contribuido al nacimiento prematuro de Aurora.
—Dios mío… —La voz de Alonso sonó preocupada—. ¿Y ella está bien?
—Asustada, pero está bien.
—Rebeca y yo salimos ahora mismo.
—Hay otra cosa —Caio respiró profundo antes de continuar—. Guto está aquí.
La reacción fue inmediata.
—¿Qué?! ¿Qué hace ese sujeto ahí?
Caio bajó la voz.
—Calma. Está todo bien. Después le explico. Ahora necesitamos mantener la tranquilidad por Filipa.
Del otro lado de la línea, Alonso suspiró.
—Está bien. Vamos para allá.
—Conduzcan con cuidado.
La llamada terminó. Caio guardó el celular y se dirigió hacia el pasillo que llevaba al centro obstétrico. Pasó junto a Guto sin decir una palabra. Pero antes de desaparecer tras la puerta, escuchó su voz.
—Cuídala.
Caio se detuvo por un instante. Sin responder, siguió adelante.
En ese momento, solo existía una persona que importaba. Filipa. Y la hija que estaba a punto de llegar al mundo.
≈
Guto permaneció sentado en la recepción, viendo a Caio esfumarse por el pasillo. Por primera vez desde la catástrofe, se encontró a solas con su propia mente.
Hundió el rostro en las manos, exhausto, sintiendo que la cabeza le daba vueltas. Los recuerdos lo golpearon en oleadas turbulentas: el día que conoció a Filipa, sus sueños que entonces parecían inquebrantables, y luego, el dolor. Las mentiras, el orgullo, el embarazo y... Aurora, su hija.
Cerró los ojos por un instante. Jamás imaginó que su vida encallaría en este punto. Todo podría haber tomado otro rumbo. Pero ya era tarde para lamentar el pasado. Solo restaba encajar el golpe y afrontar las consecuencias.
Estaba tan perdido en sus pensamientos que no se dio cuenta del paso del tiempo, ni de la llegada de Alonso y Rebeca. Solo levantó la cabeza cuando escuchó una voz conocida.
—¿Qué estás haciendo aquí, Guto?
Alonso estaba de pie frente a él, con el rostro serio y los brazos cruzados. Guto no se sorprendió. En realidad, sentía que merecía mucho más que eso. Se levantó despacio.
—La historia es larga, señor Alonso.
Su voz sonó cansada, sin rastro de arrogancia.
—Pero entiendo su reacción.
Alonso permaneció en silencio.
—Ahora no es momento para explicarlo todo. Pero hay algo que necesito decir. — Suspiró. — Lo siento. Lamento mucho todo lo que Filipa ha pasado.
Los ojos de Alonso vacilaron por un instante. Era la primera vez que lo veía hablar de esa manera.
—Pero yo fui engañado tanto como ella.
El silencio cayó entre los tres. Rebeca observaba todo con atención. Percibía algo distinto en Guto. Había dolor en aquel hombre, un dolor real. No parecía alguien intentando justificarse. Entonces tocó suavemente el brazo de su marido.
—Tranquilo, Alonso. —Su voz fue baja—. Ahora no es momento para esto.
Alonso siguió mirando a Guto con desconfianza, pero finalmente respiró profundamente.
—Si él está aquí… —prosiguió Rebeca— por su cara ha pasado algo muy serio. Esperemos, luego entenderemos todo lo demás.
Alonso desvió la mirada sin responder y terminó asintiendo. Los tres se sentaron. El silencio volvió a ocupar la recepción. Detrás de aquellas puertas, Filipa luchaba por traer a Aurora al mundo. Y era lo único en lo que todos podían pensar.
≈
Pasaron algunas horas y nadie conseguía relajarse. Hasta que, de repente, la cortina de vidrio que daba a la maternidad se abrió. Todos se levantaron al mismo tiempo y entonces lo vieron.
Caio apareció del otro lado del vidrio. Llevaba la bata azul del hospital y aún tenía el gorro quirúrgico. Sus ojos estaban rojos y brillaban de emoción. En sus brazos, sostenía un pequeño paquete blanco —Aurora.
Aurora había llegado al mundo con 48 centímetros y 2,850 kilos. Perfecta, saludable y con una abundante cabellera oscura.
Rebeca se llevó las manos a la boca y empezó a llorar. Alonso sintió los ojos humedecerse. La última vez que había sentido algo parecido fue en el nacimiento de Filipa.
A unos pasos detrás de ellos estaba Guto. Inmóvil y sin reacción. Sin poder respirar con normalidad. No podía creer lo que estaba viendo. Su hija estaba al otro lado de aquel vidrio.
Entonces Caio levantó la mirada y lo vio. Durante unos segundos, ambos solo se miraron sin rivalidad ni acusaciones. Solo dos hombres unidos por la misma niña.
Caio hizo un pequeño gesto con la cabeza, llamándolo para acercarse.
Alonso y Rebeca lo entendieron de inmediato y se apartaron en silencio.
Guto caminó lentamente hacia el vidrio, con las piernas que parecían no responder.
Cuando finalmente quedó frente a Aurora, las lágrimas empezaron a caer sin control, sin vergüenza y sin ningún intento de ocultarlas.
Era un llanto emocionado y doloroso, porque aquel debería haber sido uno de los momentos más felices de su vida.
Y, al mismo tiempo, era el momento que más dejaba en evidencia todo lo que había perdido.
Caio se quedó inmóvil unos instantes, respetando la intimidad de aquel encuentro. Luego miró a Aurora con una sonrisa tierna antes de perderse de nuevo tras las cortinas.
Guto siguió de pie incluso después de que el vidrio volviera a cubrirse, aún sintiendo su presencia. Fue Alonso quien se acercó.
—Ven, Guto —su voz salió más suave de lo que esperaba—. Ven a sentarte con nosotros.
Se secó el rostro y se giró. Alonso lo observó durante unos segundos.
En ese momento, ya no veía al hombre que había hecho sufrir a su hija, sino solo a un padre.
Un padre que acababa de conocer a su hija y que, al mismo tiempo, había descubierto demasiado tarde todo lo que le habían arrebatado, cargando para siempre el dolor de no poder recuperar los meses que perdió a su lado.
Los tres volvieron a sentarse. El silencio duró algunos instantes hasta que Alonso habló:
—No entendí lo que quisiste decir cuando dijiste que fuiste engañado tanto como Filipa.
Guto respiró hondo.
—Señor Alonso… Señora Rebeca… —pasó las manos por el cabello—. Voy a resumir la historia. Si algún día Filipa quiere contar los detalles, ella misma lo hará.
Y entonces contó todo. La mentira relacionada con Diego, las manipulaciones de Isabel, la conversación que nunca ocurrió, las conclusiones apresuradas y todas las consecuencias que vinieron después.
A medida que avanzaba el relato, Rebeca se llevaba las manos a la boca repetidas veces, incapaz de creer lo que escuchaba, mientras Alonso permanecía en silencio durante toda la narración.
Con los codos apoyados en las rodillas, las manos entrelazadas sobre la cabeza y la mirada perdida en el suelo.
Con cada revelación, su expresión se volvía más abatida.
Cuando Guto terminó, permaneció unos segundos sin hablar, intentando procesar la dimensión de la tragedia que una cadena de mentiras había provocado en la vida de tantas personas.
—Fue eso —admitió en un hilo de voz, dejando caer los hombros como se desinflara.Su voz salió ronca.
—Si yo hubiera escuchado a Filipa… si hubiera confiado en ella… nada de esto habría pasado.
Se levantó, pasando las manos por el cabello.
—Era yo quien debería estar ahí dentro.
La frase salió cargada de dolor. Alonso suspiró profundamente.
—Es difícil creer que existan personas capaces de tanta maldad. —Negó con la cabeza. —Y más aún personas que decían ser amigas.
Entonces se levantó y caminó hacia Guto, colocando una mano sobre su hombro.
—Le debo una disculpa.
Guto levantó la mirada, sorprendido.
—Señor Alonso…
—No. Déjeme terminar.
Respiró profundamente.
—Aquel día en el café, las cosas que le dije… no tenía idea de lo que realmente había pasado. Y hoy me doy cuenta de que fui injusto con usted.
Guto negó con la cabeza.
—Está bien. Sinceramente… creo que yo habría hecho mucho peor si estuviera en su lugar.
Alonso soltó una breve sonrisa. Triste, cansada, pero sincera. Luego apretó su hombro.
—Ahora escuche una cosa, hijo.
Guto lo miró.