Bajo Las Luces de Valencia 20 #4
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20 #4

Al salir de una tienda de artículos para bebés, Filipa se detuvo de repente. Justo delante estaba Marina, prima de Diego. Una persona a la que no veía desde antes de su viaje. Instintivamente, llevó una mano a su barriga.

—¿Filipa? —Marina abrió los ojos de par en par—. Dios mío... ¿has vuelto?

La mirada de Marina descendió de forma natural hacia la barriga, ya bastante evidente.

—Volví el miércoles.

—¡Y estás embarazada! Dios mío, Filipa... estás preciosa.

—Gracias.

Filipa sonrió por cortesía. Nada más. Marina siguió observando la barriga durante unos segundos.

—¿Y de cuánto estás?

—De cinco meses.

Por un instante, Marina permaneció en silencio. Cinco meses. La información resonó en su mente más de lo que debería. Pero enseguida apartó el pensamiento.

—Cinco meses... se está pasando rápido entonces.

—La verdad es que sí. A veces ni yo misma me lo creo.

—¿Es niño o niña?

La expresión de Filipa se suavizó un poco.

—Niña. Se llamará Aurora.

—Aurora... qué nombre tan bonito.

Solo entonces Filipa señaló al hombre que estaba a su lado.

—Ah, él es Caio.

En ese momento, Marina seguía sonriendo, pero su mente continuaba atrapada en aquella única información. Cinco meses. Y, sin que Filipa se diera cuenta, algo empezó a inquietarla profundamente. Caio le tendió la mano.

—Encantado.

—Encantada, Caio.

Marina observó a los dos durante unos segundos. Había algo entre ellos. Una cercanía que no pasó desapercibida.

—Bueno... pues enhorabuena, Caio.

—Gracias.

Filipa percibió la mirada de la otra mujer y sintió una incomodidad inmediata. No quería alargar aquella conversación. No quería preguntas. No quería explicaciones.

Después de unos minutos de cordialidades, se despidieron. Cuando ya estaban lejos, caminando por el pasillo del centro comercial, Caio percibió la tensión de Filipa.

—Te has sentido incómoda.

No era una pregunta. Filipa suspiró.

—Sí.

—¿Por ella?

—Es prima de Diego.

Caio lo entendió al instante. No necesitó más explicaciones.

—Ya veo.

Filipa simplemente asintió.

Continuaron paseando por el centro comercial. Después fueron a tomar un helado, algo que ella había echado de menos durante meses.

El calor de aquella tarde parecía abrazar la ciudad.

Era verano en Brazil, muy diferente a los últimos meses en Valencia.

Mientras que en España se había acostumbrado al frío, a los abrigos y a los paseos bajo temperaturas suaves, allí el sol brillaba con fuerza y el aire estaba impregnado de ese calor tan característico de enero, en pleno verano brasileño.

Filipa cerró los ojos durante un instante mientras saboreaba el helado.

Había algo reconfortante en aquella sensación familiar.

El calor, el movimiento de la gente, el acento que la rodeaba.

Desde que había regresado, sentía que algo dentro de ella volvía a encajar.

Como si, poco a poco, estuviera encontrando el camino de regreso hacia sí misma.

Pasearon un rato más. Después regresaron a casa.

≈

Marina permaneció inmóvil durante unos instantes después de que ambos se marcharan, intentando asimilar lo que acababa de ver. Filipa embarazada de cinco meses. Sacó el móvil y llamó a Diego. Él contestó al segundo tono.

—Dime, prima.

—Acabo de encontrarme con Filipa.

—¿En serio? Entonces ¿ya ha vuelto?

—Ha vuelto.

Hubo una breve pausa.

—Y no te vas a creer lo siguiente.

—¿Qué?

—Está embarazada.

Al otro lado de la línea, Diego se quedó en silencio.

—¿Embarazada?

—De cinco meses.

Ahora fue él quien empezó a hacer cálculos.

—Espera...

—Exacto.

—¿Pero no estaba en Valencia?

—Sí, estaba allí.

—Entonces habrá conocido a algún español.

Marina soltó una risa sin humor.

—No, está con Caio, un amigo.

—¿Caio?

—Sí.

—Entonces el bebé es suyo.

—No, Diego. Por el tiempo de gestación, no lo es.

Diego se puso serio.

—Estás pensando lo mismo que yo, ¿verdad? ¿Guto?

—Exactamente.

El silencio regresó, esta vez más pesado.

—Pero ellos ya no estaban juntos.

—Cuando se quedó embarazada, sí lo estaban.

—Madre mía...

—Diego, piénsalo un poco. Cinco meses.

La conversación estaba tomando un rumbo que no le gustaba.

—¿Crees que Guto lo sabe?

—Estoy segura de que no.

—¿Y cómo puedes estar tan segura?

—Porque conoces a Guto.

Diego no respondió, pero lo conocía muy bien.

—Estaba completamente enamorado de ella —continuó Marina—. Si supiera que está embarazada, no habría desaparecido sin más.

Pensativo, Diego continuó:

—No tenemos nada que ver con esto.

—Sí que lo tenemos.

—Marina...

—No. Escúchame. —Respiró profundo. — Quizá me he quedado callada demasiado tiempo, pero sabes perfectamente lo que ocurrió entonces.

Diego apartó la mirada hacia ningún lugar en concreto.

—Nadie imaginaba que estuviera embarazada.

—Eso no cambia los hechos.

Él no respondió. Marina añadió entonces:

—Hay algo más.

—¿Qué?

—Ella y Caio están juntos.

—¿Juntos?

—Sí, están saliendo.

Por primera vez, Diego pareció aliviado.

—Bueno...

—Ni se te ocurra terminar esa frase.

—¿Qué?

—No cambia nada.

Diego suspiró.

—Quizá sea lo mejor.

Pero ni siquiera él parecía convencido de lo que acababa de decir. Antes de colgar, Marina habló de nuevo:

—Si la verdad sale a la luz...

—¿Y si sale?

—Entonces tú, yo y quienquiera que esté implicado... nadie va a salir ileso de esta historia.

Esta vez fue Diego quien se quedó en silencio.

≈

Ya era de noche cuando han vuelto a casa.

Filipa se ha dado una ducha larga, pero no conseguía apartar los pensamientos que insistían en volver.

Marina. Aquella conversación inesperada en el centro comercial seguía resonando en su mente.

A estas alturas, Diego seguramente ya sabía que había vuelto.

Y, conociendo a la familia, la noticia no tardaría en llegar a otras personas.

Guto. ¿Lo sabría? ¿Sentiría algo al enterarse?

Filipa cerró los ojos por un instante. Qué tontería. Eso ya no importaba. O al menos de eso intentaba convencerse a sí misma.

Cuando salió de la ducha, encontró a Caio en la cocina.

—Te he dejado una macedonia preparada, pequeña. Cómetela toda. Ahora vuelvo.

Ella sonrió.

—Sí, señor.

Mientras Caio se duchaba, Filipa se acomodó en la alfombra del salón. Las luces estaban bajas, creando un ambiente acogedor. La televisión encendida servía únicamente como compañía.

Poco después, Caio salió del baño. Llevaba solo un pantalón corto y aún tenía el pelo húmedo. Había algo en la forma tranquila en la que caminaba por la sala que hizo que Filipa contuviera la respiración por un instante. No podía dejar de mirarlo.

—¿Qué estás mirando, pequeña? —preguntó él, divertido.

Filipa sonrió de lado.

—Nada… solo estoy admirando el paisaje.

—¿Admirando el paisaje, eh?

Caio se rió y dejó la toalla a un lado. Cuando se acercó, ella no apartó la mirada. Al contrario. Había en ella una intensidad silenciosa imposible de ocultar.

Él la atrajo hacia sí y la besó. Al principio fue un beso suave… pero pronto se volvió más profundo, cargado de todo lo que habían estado conteniendo durante tanto tiempo. Filipa se entregó al momento, rodeándolo con los brazos.

—Pequeña… no me provoques así —murmuró Caio contra sus labios.

—¿Yo? Qué va…

Él la observó un instante, como intentando recuperar el control.

—Sabes el efecto que tienes en mí…

Filipa le sostuvo la mirada, con voz baja y firme:

—¿Y de verdad crees que yo no siento lo mismo?

Caio respiró profundo. La cercanía, el deseo y el cariño entre ambos hacían imposible resistirse. Sin mediar palabra, la tomó en brazos y la llevó hasta la cama. La tumbó con delicadeza, le quitó el vestido y se quedó contemplándola. En aquel instante, el universo se reducía a ellos dos.

—Estás preciosa...

Filipa esbozó una sonrisa. No era la primera vez que le oía decir aquello, pero sí la primera que se lo creía de verdad.

Caio se despojó de las bermudas, quedándose únicamente en calzoncillos.

La estampa hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Filipa.

Su mirada lo decía todo. Él la besó con el alma, volcando en ese gesto todo el deseo que llevaba conteniendo desde hacía tanto tiempo.

Luego, apoyó su frente contra la de ella y susurró:

—Pequeña... si sientes la menor molestia, dímelo, ¿de acuerdo?

Filipa le sostuvo la mirada y respondió sin un ápice de duda:

—Solo no pares ahora...

Al escuchar aquellas palabras, Caio se abandonó por completo al momento.

La poseyó sin prisa. El deseo y la emoción que compartían eran de tal intensidad que no tardaron en fundirse en una sola entrega.

Filipa se arqueaba bajo su cuerpo, entregada en cuerpo y alma.

En ese preciso instante, nada más tenía importancia.

Se esfumaron las dudas, los miedos y los recuerdos que aún escocían.

Solo existían ellos dos. Fue entonces cuando Filipa comprendió la verdadera magnitud de lo que sentía por Caio.

Aquello iba mucho más allá de la amistad o la gratitud.

Era pasión, admiración, una complicidad absoluta y el anhelo sincero de entrelazar sus vidas.

Por primera vez, se dio permiso para vivirlo sin frenos.

Al entregarse a la plenitud de ese instante, la invadió una dicha tan honda que pareció colmar cada grieta de su ser.

No se parecía a nada que hubiera experimentado jamás: era una sensación más intensa, más serena e infinitamente más real.

Y, fundidos en un abrazo, hallaron el uno en el otro el refugio exacto donde siempre habían ansiado estar.

≈

Filipa despertó abrazada a Caio. Durante unos segundos permaneció inmóvil, simplemente sintiendo el calor de él a su lado y la tranquilidad que llenaba la habitación.

Hacía mucho tiempo que soñaba con aquello.

No era solo estar junto a él, sino sentir que ambos se pertenecían por completo, sin miedos, sin reservas y sin fantasmas del pasado. Se sentía ligera, feliz y completa.

—Buenos días, pequeña. ¿Has dormido bien? —preguntó Caio, acariciándole el cabello.

Filipa soltó aquella risita que a él tanto le encantaba.

—Buenos días.

—¿Y bien?

—Ah, sí... como un ángel.

Caio sonrió.