15 #2
Ana, al otro lado de la sala, intercambió una mirada significativa con André. Cada vez era más difícil fingir que aquello entre los dos era solo amistad. Caio entonces volvió a mirar la barriga de Filipa y preguntó, con una curiosidad emocionada:
—¿Puedo tocar?
Filipa dudó un segundo, pero asintió. Entonces él deslizó la mano con más cuidado sobre la barriga redondeada. En ese instante… el mundo entero pareció ralentizarse para ambos.
≈
La habitación donde ella y Ana vivían en la residencia fue el destino al que guio a Caio. Nada más entrar, él observó todo a su alrededor con atención.
El cuarto era pequeño, pero acogedor. Las camas estaban ordenadas. Los libros organizados. Algunas fotos colgadas en la pared. Una luz amarillenta llenaba el ambiente de calidez, a pesar del frío del exterior. Entonces frunció el ceño a propósito y comentó, divertido:
—Aquí pasa algo raro…
Filipa levantó una ceja.
—¿El qué?
Él volvió a mirar alrededor.
—¿Dónde está el desorden típico de los estudiantes? Esto está demasiado ordenado.
Filipa soltó una risa suave.
—Ya tengo suficiente con el caos de Ana. Si yo me relajo un poco, esto se convierte en un desastre.
Reía feliz, ligera. Como hacía mucho tiempo que no lo hacía.
Se sentaron en la cama. Filipa quedó apoyada en el cabecero, mientras Caio se sentaba frente a ella. Sin decir nada, él cogió la almohada de la cama de Ana y la colocó con cuidado detrás de la espalda de Filipa.
—Así está mejor… luego te quejas de dolor.
El gesto simple le calentó el corazón. Entonces llegó un pequeño silencio. De esos cómodos. Los dos simplemente mirándose, como si todavía estuvieran intentando creer que por fin estaban en el mismo lugar después de tantos meses.
Caio habló en voz baja:
—Estás preciosa, pequeña.
Sus ojos bajaron discretamente hasta la barriga antes de añadir:
—Preciosa embarazada.
Filipa sintió el rostro arder.
—Yo estoy es gorda, eso sí.
Caio soltó una risa baja.
—Es verdad…
Ella abrió los ojos indignada y fingió lanzarle la almohada. Entonces él añadió, sonriendo:
—Pero sigues estando preciosa.
Ella también se rió. Y entonces confesó, mirándolo casi sin creerlo:
—Todavía no me creo que estés aquí conmigo.
Caio sostuvo su mirada.
—¿Y eso es bueno?
Filipa sonrió sin poder ocultarlo.
—Mucho. Te he echado muchísimo de menos.
Aquello le removió por dentro. Entonces ella se dio cuenta:
—¿Por eso desapareciste estos días?
Caio asintió.
—Sí. Quería darte una sorpresa.
Soltó una risa algo nerviosa antes de añadir:
—Y tenía miedo de delatarme. Soy pésimo mintiéndote.
Filipa negó con la cabeza, sonriendo.
—Eso es verdad. Estabas raro.
Pero, a pesar de la sonrisa, había algo distinto en su mirada. Como si aún hubiera algo que quería decir… pero estuviera esperando el momento adecuado.
Filipa decidió no presionar.
—¿Y dónde te estás quedando? ¿Cuánto tiempo vas a estar?
Caio señaló discretamente hacia la ventana.
—Ahí mismo.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo?
—Estoy en la residencia también. En el edificio de al lado. Son las habitaciones de invitados.
Los ojos de Filipa se iluminaron.
—¿Estás aquí?!
Él rió ante su reacción.
—Pequeña… ¿de verdad pensabas que iba a cruzar el océano para estar lejos de ti?
El corazón de Filipa se aceleró. Sonrió como una niña.
—Ah no… entonces me llevas allí ahora. Siempre he tenido curiosidad por ver esas habitaciones.
Cuando salieron de la habitación, Caio volvió a ponerse la bufanda y ambos cruzaron el pasillo de la residencia entre estudiantes que regresaban de clase. El frío de aquella noche en Valencia hacía que el aire pareciera aún más cortante.
Filipa se aferraba a su brazo como si temiera que desapareciera. Caio lo notó, pero no dijo nada. Simplemente lo permitió. Subieron en el ascensor hasta la última planta. El pasillo era más silencioso y más reservado. Se detuvo frente a una puerta y la abrió.
Filipa entró primero. Y enseguida entendió que aquella habitación era muy él.
Era más grande que la suya y la de Ana. Más moderna, con una iluminación suave y cálida. Una cama grande contra la pared, con un edredón gris oscuro perfectamente colocado.
Un escritorio junto a la ventana estaba lleno de papeles, un portátil abierto, notas y cargadores desordenados — el único indicio de caos.
Junto a la pared, una maleta grande aún medio abierta delataba que acababa de llegar.
El cuarto olía a perfume masculino mezclado con café.
Y junto a la ventana de cristal, una mesa redonda con dos sillas mostraba las luces de la ciudad iluminando la madrugada.
Filipa caminó despacio, observándolo todo. Luego sonrió divertida.
—Claro… impecablemente ordenado.
Caio rió cerrando la puerta.
—¿No era lo que esperabas?
—Pensé que habría unas diez camisetas por el suelo.
—Eso es difamación.
Ella rió.
Se acercó a la ventana. Las luces de Valencia se reflejaban en el cristal, mientras una lluvia fina seguía cayendo fuera. Caio se colocó detrás de ella, despacio.
—¿Te gusta?
Filipa giró apenas el rostro.
—Me gusta.
Pero en el fondo… no era la habitación lo que le aceleraba el corazón. Era el hecho de que él hubiera cruzado un océano por ella.
Caio se sentó en la cama y le hizo un gesto.
—Ven aquí.
Ella ee recostó despacio, apoyando la cabeza en sus piernas. Se puso a acariciarle el cabello con suavidad. Filipa cerró los ojos, sintiendo una paz que hacía mucho no sentía.
—¿Cómo estás de verdad? —preguntó él en voz baja.
Filipa tardó un segundo.
—Ahora estoy mejor… pero todo esto me asusta, Caio. —Abrió los ojos. — No sé qué va a pasar a partir de ahora. Este embarazo fue totalmente inesperado… y a veces siento que todos mis planes se esfumaron.
Llevó la mano a la barriga.
—Ahora hay un ser aquí… y depende completamente de mí.
Caio escuchaba en silencio.
—Entiendo lo que debes estar sintiendo…
Pasó la mano por su cabello.
—Y te diré algo… muchas chicas de tu edad quizá no habrían tenido tu valentía. Algunas incluso habrían interrumpido el embarazo por miedo.
Filipa se incorporó ligeramente.
—Pero eso nunca pasó por mi cabeza, Caio. Ni un segundo.
—Lo sé.
Le acarició el rostro.
—Lo importante es que seguiste adelante. Y te admiro aún más por eso.
Filipa sintió los ojos humedecerse.
—¿Y Guto… alguna noticia?
—No. Nada. No volvió a buscarme. Y yo tampoco quise saber nada después de aquel mensaje. Fue suficiente para entender quién es.
Caio apretó la mandíbula.
— A pesar de todo… él es el padre de nuestro bebé. Y eso cambia muchas cosas.
Filipa sonrió.
—Me gusta cuando dices “nuestro bebé”.
Caio sonrió también. Pero antes de que él pudiera responder, ella completó: — Solo que eso no cambia nada en este caso. No quiero saber nada más de él… ¿y sinceramente? No voy a dejar que se acerque a Aurora.Caio abrió los ojos de par en par. — ¿Aurora?Entonces empezó a reír.
—Estás convencida de que es niña.
—Lo siento.
—¿Y si es niño?
—Felipe Henrique.
Caio la miró sin entender.
—Felipe por Filipa… y Henrique por ti.
El silencio llenó la habitación. Caio se quedó sin palabras.
—Pequeña…— Se pasó la mano por la cara, emocionado. — Me has dejado sin aire.
Filipa sonrió tímidamente.
—Eres la persona más importante en mi vida ahora… después de mi bebé.
Su voz salió baja, sincera.
—No tenías ninguna obligación de estar tan presente, pero estás aquí conmigo todo el tiempo.
Lo miró directamente a los ojos.
—Por eso fue lo único que se me ocurrió.
Aquello golpeó a Caio de una forma que no esperaba. Durante unos segundos se quedó en silencio, absorbiendo el peso de aquellas palabras. Tuvo que respirar profundo antes de responder. Entonces, intentando aliviar la emoción que se le notaba en la mirada, sonrió de lado y dijo:
—Bueno… entonces te aviso que estaré contigo el viernes en la ecografía.
Filipa sonrió de inmediato.
—Hice todo lo posible para venir justo para ese momento. Quiero estar a tu lado cuando lo descubramos.
Filipa se quedó unos segundos en silencio, disfrutando aún de sus caricias en el cabello. Entonces volvió al tema que le rondaba la cabeza:
—Todavía no me has dicho cuánto tiempo te vas a quedar…
Caio la miró directamente antes de responder. Había algo distinto en su mirada. Más profundo. Más decidido.
—Dos semanas, pequeña…— Hizo una pausa breve. — O el tiempo que haga falta.
Filipa frunció ligeramente el ceño. No terminó de entender el peso real de aquellas palabras. Para ella, sonaba como algo cariñoso, normal. Pero no lo era. Había algo más detrás. Algo que él todavía no se atrevía a decir. Entonces ella sonrió suavemente, intentando bromear para romper la tensión:
—Claro… dentro de nada vas a querer mudarte a la residencia también.
Caio soltó una risa baja, pero no respondió. Y ese silencio… hizo que Filipa sintiera un pequeño escalofrío recorrerle la espalda. Porque, por primera vez… tuvo la sensación de que Caio no había cruzado un océano solo para visitarla.
≈
Filipa y Caio bajaron al pequeño restaurante de la residencia universitaria.
El “comedor”, como lo llamaban los españoles, seguía bastante animado incluso a esa hora de la noche.
El lugar permanecía abierto hasta medianoche precisamente por los estudiantes que llegaban tarde de clase, de viajes o de fiestas.
La recepción funcionaba las veinticuatro horas, pero después de esa hora solo quedaban máquinas de café, snacks envasados y pequeños bocados disponibles.
Filipa solo acompañó a Caio, ya que había cenado antes con sus amigos. Mientras él cogía algo para comer, la miró y dijo:
—Por lo menos tómate un zumo conmigo, pequeña.
Ella acabó aceptando.
Se sentaron cerca de la ventana. Filipa se sentía absurdamente tranquila, como si su presencia pusiera en orden todos sus pensamientos.
Después de comer, decidieron pasear por la residencia. Filipa le enseñó las zonas comunes, las salas de estudio, la lavandería, los pasillos enormes llenos de avisos en español e inglés.