Bajo Las Luces de Valencia 10 #2
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10 #2

Noviembre llegó a Valencia trayendo un clima completamente distinto al de aquel inicio soleado de septiembre.

El otoño ahora dominaba la ciudad. Las mañanas se volvieron frías, con el viento del mar cruzando las calles estrechas y haciendo que la gente caminara más deprisa, envuelta en abrigos, bufandas y botas.

El cielo aparecía a menudo nublado, aunque todavía había tardes iluminadas por un sol suave y dorado, típico del Mediterráneo.

Los árboles empezaban a perder las hojas en algunas avenidas y plazas de la ciudad, dejando el suelo cubierto de tonos cobre, vino y dorado.

Los cafés estaban siempre llenos al final de la tarde, con estudiantes refugiados del frío entre libros, tazas de café caliente y conversaciones bajitas en distintos idiomas.

A Filipa le encantaba aquello. Le gustaba especialmente la sensación de caminar por las calles frías de la ciudad con abrigos grandes, sintiendo el viento helado en la cara, mientras las luces amarillentas empezaban a encenderse al caer la noche.

Había algo melancólico en aquel clima, pero también reconfortante.

Fue en ese periodo, en noviembre, cuando Filipa empezó a sentirse rara: el cansancio llegaba con facilidad, el sueño parecía constante y las náuseas hicieron su aparición con frecuencia, sobre todo por las mañanas.

Al principio intentó no darle importancia. Pensaba que era consecuencia del cambio brusco de rutina, del huso horario, de la alimentación distinta y de toda la intensidad emocional que aún arrastraba desde Brazil. Solo no imaginaba que aquello duraría tanto tiempo.

Ana ya parecía completamente adaptada a la vida en Valencia.

Seguía animada, saliendo con frecuencia y llevando con normalidad el ritmo intenso de las clases.

En cambio, Filipa empezó a desacelerar sin darse cuenta.

Muchas veces prefería quedarse estudiando en la biblioteca de la residencia porque simplemente no tenía ganas de salir.

Algunos días, el olor de la comida en la cocina compartida incluso llegaba a incomodarla.

Y fue en una de esas tardes, mientras organizaban material en la biblioteca, cuando Ana comentó en tono de broma: — Amiga… así hasta parece que estás embarazada.

Filipa soltó una risa corta. — No digas eso ni en broma.

Pero, al segundo siguiente, la sonrisa fue desapareciendo poco a poco, porque algo cruzó su mente como un golpe.

Se quedó quieta unos segundos, intentando recordar la última menstruación.

El último ciclo. Y entonces lo entendió.

La última vez había sido aún en Brazil, antes del viaje.

El corazón se le aceleró de inmediato. Peor aún…

también recordó cuántas veces había olvidado tomar la píldora en las semanas previas al embarque.

Tenía la cabeza completamente desordenada en aquella época por todo lo que había pasado con Guto. Un frío le recorrió todo el cuerpo.

Ana notó el cambio inmediato en su expresión. — Eh… tranquila, era una broma.

Filipa levantó lentamente la mirada hacia ella. La voz le salió baja: — Ana… no me ha venido la regla desde que llegamos aquí.

Ana frunció el ceño, pero intentó mantener la calma. — Eso es normal, Filipa. Cambio de país, alimentación, estrés, emociones… yo misma llegué y luego estuve un tiempo sin que me bajara. Tu cuerpo se está adaptando.

Pero Filipa no conseguía convencerse. Porque, por primera vez, la posibilidad parecía demasiado real. Y eso la aterrorizó. No solo por miedo, sino porque, si era cierto… su vida cambiaría por completo otra vez.

≈

Dos días pasaron, pero Filipa seguía inquieta con la posibilidad de estar embarazada. Las náuseas continuaban y el cansancio también. Pero ahora ya no sabía distinguir qué era físico y qué estaba provocado por la propia ansiedad.

Intentaba actuar con normalidad en clase, hablar con la gente de la residencia y seguir la rutina, pero bastaba quedarse sola unos minutos para que el pensamiento volviera con fuerza total. ¿Y si Ana tenía razón con aquella broma?

A la mañana siguiente, mientras se arreglaba para ir a clase, tomó una decisión. Compraría un test. Necesitaba acabar con aquella duda de una vez y volver a la normalidad. No le dijo nada a Ana.

Las dos fueron juntas a la universidad. Asistieron a clase, comieron cerca del campus y, al final de la tarde, cuando salían, Filipa dijo con naturalidad: —Creo que voy a pasar por el centro antes de volver. Quiero mirar una librería.

—Bien, luego te veo en la residencia —respondió Ana sin sospechar nada.

Filipa caminó sola por las calles frías de Valencia hasta encontrar una farmacia.

Entró intentando parecer tranquila. Su corazón latía tan fuerte que apenas conseguía prestar atención a lo que la rodeaba.

Cogió el test, pasó por caja evitando el contacto visual con la dependienta y salió rápidamente.

Solo cuando tuvo la bolsa en las manos el nerviosismo la invadió de verdad.

Hasta entonces, todo aún parecía demasiado lejano para ser real.

Pero ahora no. Ahora la respuesta estaba allí, al alcance de sus dedos.

Y, con ella, la posibilidad de que su vida cambiara para siempre.

Intentando controlar la ansiedad, aprovechó el resto de la tarde caminando por la ciudad.

Entró en algunas tiendas, se sentó unos minutos cerca de una plaza iluminada y observó a la gente pasar, mientras intentaba convencerse de que probablemente estaba exagerando.

Pero el nudo en el estómago no desaparecía.

Ya estaba anocheciendo cuando volvió a la residencia. En cuanto entró en la habitación, guardó el test en el cajón del escritorio. Según las instrucciones, lo ideal era hacerlo a la mañana siguiente. Y solo eso ya fue suficiente para quitarle por completo la paz.

Intentando actuar con normalidad, fue a la cocina compartida y encontró a Ana hablando con algunos estudiantes.

—¡Por fin llegas! —dijo Ana al verla—. Te estaba esperando para cenar.

Filipa sonrió levemente. —Me fui distrayendo por el camino.

Cenaron allí mismo entre conversaciones sueltas, música baja de fondo y el movimiento constante de otros estudiantes por la cocina. Filipa fingía estar tranquila, pero su cabeza estaba en otra parte.

Después volvieron a la habitación. Ana se durmió rápido. Filipa no conseguía dormir.

Ya estaba acostada, mirando el techo oscuro del cuarto, cuando el móvil vibró. Un mensaje de Caio.

"Buenas noches, pequeña. No te olvides de descansar un poco también. Beso."

Filipa se quedó unos segundos mirando la pantalla iluminando la oscuridad del cuarto. Y, en ese instante, se dio cuenta de lo agotada que estaba emocionalmente.