7
Junio pasó demasiado rápido. Entre la presentación final del TCC, los preparativos de la graduación y los últimos detalles del intercambio, Filipa apenas se dio cuenta de cómo los días se le escapaban.
Y entonces llegó julio. Quedaba solo un mes para la graduación. Aquella tarde fría de domingo, Filipa estaba sentada en el salón con sus padres. La televisión encendida servía solo de fondo, mientras los tres conversaban de forma distraída.
—Y entonces… ¿cómo va la documentación del intercambio? —preguntó su padre, dejando la taza de café sobre la mesa.
—Todo bien. Ya está aprobado.
—Perfecto —respondió él, satisfecho.
Su madre añadió:
—Entonces ya podemos comprar tu pasaje, hija.
—Creo que sí. Ana y yo ya lo estamos viendo.
El silencio que siguió duró solo unos segundos, pero Filipa notó de inmediato que su padre quería decir algo más. Finalmente habló, con su objetividad habitual:
—Sabemos que estás saliendo con alguien… aunque aún no hemos tenido la oportunidad de conocerlo. ¿Cómo piensas manejar eso, Filipa? ¿Él, al menos, sabe que vas a pasar seis meses en Valencia?
Ella bajó la mirada un instante. En ese momento se dio cuenta de que quizá había dejado el tema demasiado tiempo sin resolver en casa. Y quizá también con Guto.
—Sí lo sabe —respondió con sinceridad—. Solo… no lo he traído todavía porque no quería que esto se volviera algo más serio sabiendo que voy a viajar. Y, siendo sincera… Guto evita hablar del tema.
Su padre la observó con atención.
—¿Pero él entiende que te vas?
Filipa suspiró despacio antes de responder:
—Lo entiende. Pero a veces siento que todavía tiene la esperanza de que cambie de idea.
Su padre asintió lentamente, como si comprendiera exactamente lo que quería decir.
—Hija… entiendo los impulsos de la juventud. Te pareces mucho a mí en eso. Cuando sientes, sientes de verdad —dijo con una leve sonrisa antes de continuar—. Pero precisamente por experiencia te digo: deja todo muy claro con él.
Filipa permaneció en silencio, escuchando.
—Porque será él quien se quede aquí, viviendo su rutina normal. Echándote de menos, mientras tú estarás descubriendo un mundo nuevo. Y la distancia cambia muchas cosas… para los dos.
Su voz no tenía reproche. Solo sinceridad.
—Es fácil que el pasado parezca lejano cuando empezamos a vivir una nueva realidad —añadió—. Pero, sinceramente… por cómo hablas de él, por cómo se te iluminan los ojos cuando lo mencionas, creo que ese chico te quiere mucho. Y, cuando estés preparada, me gustaría conocerlo. Pero respeto tu tiempo.
Filipa sonrió levemente, emocionada por la comprensión de su padre.
—Gracias, papá.
Antes de que el ambiente se volviera demasiado serio, su madre intervino:
—Mejor así, Alonso, porque la verdad es que no sabemos cómo estará todo cuando vuelva.
—¡Rebeca! —respondió el padre, divertido—. La niña aún no se ha ido y ya estás hablando de la vuelta.
Filipa soltó una risa baja.
—¿Y si decide quedarse en España? —añadió él, guiñándole discretamente un ojo.
—¡Ni hablar! —respondió Rebeca—. Filipa va a volver, ¿verdad, hija?
Filipa sonrió, pero al instante sintió cómo el pensamiento de Guto le apretaba el pecho.
—Volveré, mamá —.Y añadió en voz más baja: —Porque… si Guto entiende todo esto… estaremos juntos hasta entonces.
Su padre intercambió una mirada silenciosa con su madre, como si entendiera mucho más de lo que ella imaginaba.
Poco después, Filipa se despidió y fue a su habitación.
Cerró la puerta despacio y se sentó en la cama, aún pensativa.
Las palabras de su padre seguían resonando en su cabeza.
Porque, por primera vez, se dio cuenta de que quizá estaba intentando equilibrar dos cosas que amaba profundamente: su sueño de viajar… y Guto.
≈
Durante las semanas siguientes, Filipa, Ana y Fernanda prácticamente vivieron entre reuniones, ensayos y preparativos de la graduación. Entre exámenes finales, ajustes del TCC y encuentros en la universidad, los días parecían demasiado cortos.
Además, Filipa y Ana también necesitaban resolver toda la parte burocrática del intercambio.
Reuniones entre la Universidad de São Paulo y la institución de Valencia pasaron a formar parte de la rutina.
Documentos, contratos, alojamiento, fechas, orientaciones…
todo empezaba por fin a tomar forma. Y eso asustaba a Filipa más de lo que imaginaba.
Julio también fue un mes intenso para Guto.
Los viajes de trabajo aumentaron bastante, principalmente a otras ciudades y reuniones fuera del estado.
Aun así, se aseguraba de organizar todo para estar en São Paulo los viernes.
No importaba la hora del vuelo ni el cansancio acumulado. El fin de semana era de ella. Con ella.
Pero, poco a poco, Guto empezó a darse cuenta de que el viaje de Filipa dejaba de ser solo un plan lejano para convertirse en una realidad cada vez más cercana.
Las fechas estaban definidas. Los documentos aprobados.
Las conversaciones sobre Valencia ya formaban parte de su rutina.
Era angustiante la sensación de estar a punto de perder a alguien que se había vuelto demasiado importante en tan poco tiempo.
Y eso empezó a incomodarlo de verdad. Más de lo que quería admitir.
En algunas noches solo en hoteles durante los viajes, se sorprendía pensando en formas absurdas de hacerla desistir.
Incluso le cruzaron la mente pensamientos impulsivos.
Un embarazo, por ejemplo. La idea surgió rápida, casi inconsciente, y desapareció con la misma velocidad.
Guto se pasó la mano por el rostro, incómodo consigo mismo.
—Qué tontería… —murmuró solo en la habitación oscura del hotel—. No puedo ser egoísta hasta ese punto.
Porque en el fondo sabía que Filipa merecía vivir ese sueño, aunque eso significara estar lejos de él.
Caio también pasó buena parte de julio viajando por trabajo.
Estuvo casi todo el mes fuera, así que él y Filipa mantenían contacto solo por mensajes y algunas llamadas rápidas al final del día.
Curiosamente, eso hizo que Guto dejara de verlo como una amenaza.
Tal vez porque ahora tenía preocupaciones más grandes.
Entonces llegó agosto. El mes de la graduación.
El mes que acercaba, al mismo tiempo, el fin de una etapa…
y la partida de Filipa. La ceremonia sería el día veintisiete.
Filipa organizaba algo pequeño, solo para familiares cercanos y algunos amigos íntimos.
Nada extravagante. Quería algo ligero, acogedor.
Pero existía Guto. Y, extrañamente, algo dentro de ella aún dudaba en presentarlo oficialmente a sus padres.
No por vergüenza. Todo lo contrario. Tal vez porque, en el fondo, eso hacía todo más real, más serio y difícil de asumir la despedida.
Por eso decidió que, esa noche, viviría los dos mundos por separado. Estaría con su familia durante la celebración y, después de la fiesta, iría directa a los brazos de Guto. Solo de ellos. Sin despedidas anticipadas, sin peso y sin preguntas sobre el futuro.
Mientras tanto, Diego, Marina y Celina habían desaparecido completamente de su vida.
Ninguna noticia ni coincidencia incómoda.
Y, para su sorpresa, Filipa se dio cuenta de que no los extrañaba en absoluto.
A pesar de que su vida parecía ligera, en el fondo del pecho, escondido, existía un miedo silencioso que crecía un poco más cada día.
El miedo de amar a alguien justo cuando estaba a punto de partir.
≈
En la semana de la graduación, sin embargo, Guto dio la noticia que Filipa menos quería escuchar. La llamó al final de la tarde, con la voz cansada al otro lado de la línea. —Cariño… necesito decirte algo.Filipa sintió el corazón encogerse de inmediato. —¿Qué ha pasado?
Hubo un breve silencio antes de la respuesta. —Voy a tener que viajar esta semana. Y… no voy a poder estar en tu graduación.
Se incorporó lentamente en la cama, sin creer del todo lo que acababa de oír. —¿Cómo que no, Guto?
Su voz sonó baja, claramente frustrada. —Lo siento.
He intentado de todo para adelantar el viaje, pero no ha sido posible.
Es un grupo extranjero que está cerrando un proyecto con la constructora.
Tengo que estar presente en las reuniones.
Soy el responsable directo de esta negociación…
ahora mismo no puedo delegarlo a nadie. Profesionalmente sería muy complicado.
Filipa cerró los ojos un instante. Dolía.
Claro que dolía. Porque, en el fondo, quería que él estuviera allí en un día tan importante.
Quería su abrazo después de la ceremonia.
Su mirada orgullosa. Ese beso escondido entre los pasillos de la universidad.
Pero también entendía perfectamente quién era Guto: responsable, comprometido e intenso en todo lo que hacía.
Así que respiró hondo antes de responder: —Todo bein… lo entiendo.
—No digas eso —dijo él, abatido—. Sé que no estás bien con esto.
Ella sonrió con tristeza. —Tú tampoco estás bien.
Al otro lado de la línea, Guto guardó silencio unos segundos. —Me gustaría estar ahí.
Y por la forma en que lo dijo, Filipa supo que era verdad. —Lo sé —respondió en voz baja—. Y yo también me iré pronto… creo que tenemos que empezar a aceptar que no siempre las cosas salen como queremos.
La frase le golpeó de lleno.
La graduación tuvo lugar tres días después. Y fue preciosa. Filipa estaba radiante, feliz, orgullosa de sí misma. Cuando subió al escenario a recoger el diploma, buscó a sus padres entre el público. Estaban sentados en primera fila, justo frente a ella.
Ambos estaban emocionados, mucho más de lo que intentaban disimular.
Durante el homenaje que les hicieron, su padre no pudo evitar llorar.
Orgulloso, completamente conmovido al ver a su hija cumplir un sueño.
Rebeca, más discreta, intentaba mantener su elegancia de siempre, pero los ojos húmedos la delataban.
Ana y Fernanda estaban al lado de Filipa, celebrando y riendo entre lágrimas.