6 #2
Entonces llegó junio. Con él, los días fríos típicos del invierno paulistano y la entrega final del TFG.
Al salir de la presentación con la aprobación definitiva, Filipa sintió como si se quitara un peso enorme de encima.
Ella, Ana y Fernanda decidieron celebrarlo esa misma noche; al fin y al cabo, era miércoles y la última clase de la carrera.
—No me creo que ya haya terminado —dijo Fernanda, sujetando la copa de vino— Ahora solo queda la graduación.
Ana sonrió feliz.
—La graduación… y después, España.
—Parece mentira. — Filipa rió, emocionada.
Siguieron hablando animadas hasta que Fernanda comentó, como al pasar:
—El otro día Guto pasó por el café y estuvo bastante rato hablando conmigo.
Filipa levantó la vista, sorprendida.
—¿De qué?
—De ti… del intercambio. Intentaba estar tranquilo, pero se notaba que está triste.
Filipa suspiró.
—Ya… casi no hablamos de eso. Creo que, en el fondo, todavía tiene la esperanza de que me eche atrás.
Fernanda le apretó la mano sobre la mesa.
—Pero no puedes renunciar a tu sueño, amiga. Es tuyo. Si yo tuviera esa oportunidad, también me iría.
Ana asintió.
—Y seis meses pasan rápido. Lo que es de verdad, se queda.
Filipa sonrió, aunque en el fondo sabía que la distancia cambiaba muchas cosas.
La semana siguiente, un jueves por la tarde, Marina apareció por sorpresa en su casa. Filipa se estaba arreglando para cenar con Guto, Fernanda y Lucas cuando sonó el timbre. Al abrir, encontró a Marina sonriendo en la puerta.
—Amiga, he pasado un momento para verte… y felicitarte por el TFG.
Filipa sonrió con sinceridad.
—Gracias. Estoy muy feliz.
Marina la abrazó brevemente.
—Y yo estoy orgullosa de ti.
Filipa sonrió.
—¿Vas a venir a mi graduación, verdad?
Marina fingió indignación.
—Claro que sí.
Se rieron.
Mientras hablaban en el salón, Filipa terminaba de arreglarse. Se retocaba el pintalabios frente al espejo cuando Marina la miró con una sonrisa curiosa.
—¿Sales?
—Sí. Guto viene a buscarme en un rato.
Marina cogió el móvil, contestando algunos mensajes, y luego la miró.
—Entonces te llevo yo. Luego voy a casa.
Filipa dudó un segundo.
—Bien… te aviso a él.
Le escribió a Guto un mensaje rápido y se despidieron de sus padres antes de salir.
Ya en el auto, Marina conducía un tanto distraída. Aprovechó la luz roja de un semáforo para mirar el celular, momento en el que entró una llamada: era Celina. Contestó de inmediato. Habló en voz baja unos segundos, escuchó con atención y colgó. Luego, miró a Filipa.
—Filipa, ¿te importa si pasamos un momento por la casa de Celina? Es rápido. No hace falta que te bajes, puedes quedarte en el auto.
Filipa dudó. No le apetecía en lo más mínimo ir allí, menos aún después de todo lo que había pasado. Sin embargo, como iba de acompañante, no quiso complicar las cosas.
—De acuerdo.
Minutos después, Marina estacionó en la entrada de la casa de Celina y Diego.
—Ahora vuelvo.
Filipa asintió en silencio.
Marina entró en la casa. Pasaron cinco minutos. Luego diez. Quince… y nada.
Filipa empezó a ponerse incómoda al oír risas desde la cocina, a través de la puerta entreabierta. Veía sombras moverse dentro, mientras ella seguía sola en el coche.
Entonces sonó el móvil. Guto.
—¿Dónde estás, cariño?
Filipa suspiró antes de responder:
—Marina recibió una llamada y ha pasado por aquí. Estoy en el coche esperándola.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Dónde es “aquí”?
Ella cerró los ojos un instante.
—En casa de Celina.
La voz de Guto cambió.
—Perfecto. Qué casualidad.
—Guto…
—Quédate ahí. Voy para allá. Si sale antes, me avisas.
—No hace falta que vengas, yo…
—Tres minutos, Filipa.
Y colgó. El corazón de Filipa se aceleró.
Menos de cinco minutos después, un coche entró a toda velocidad en el patio. Los faros iluminaron la fachada. Era Guto.
Aparcó de forma brusca, tiró del freno de mano y salió casi de inmediato. Abrió la puerta del copiloto.
—Filipa, entra en el coche.
Ella obedeció sin dudar, con la tensión ya instalada en el rostro de él.
En ese momento, la puerta de la casa se abrió. Diego salió primero. Luego Celina. Y detrás, Marina. Diego levantó las manos con una sonrisa maliciosa.
—¿Así es como llegas a casa de la gente?
Pero Guto ya iba hacia él. Rápido. Directo. Lo agarró por la camiseta y lo empujó contra la pared del garaje.
—Escúchame bien —dijo entre dientes—. No te vuelvas a acercar a Filipa. Nunca más. ¿Entendido?
A Filipa se le heló la sangre en las venas. Jamás lo había visto perder el control de esa manera, pero el verdadero golpe vino al mirar a Marina y a Celina: ninguna parecía sorprendida. Fue en ese instante cuando todo cobró sentido. Había sido una trampa. Un montaje.
Guto soltó a Diego de golpe y se dio la vuelta hacia ellas. Su mirada, inyectada de furia, se clavó directamente en Marina.
—No te mereces la amistad de Filipa.
Marina se quedó sin palabras.
—Si dependiera de mí, no volvería a hablarte en la vida. Eres igual que ellos.
Sin esperar respuesta, volvió al coche. Antes de entrar, miró una última vez a Diego.
—Te he avisado. Aléjate de ella.
Entró y arrancó de inmediato, acelerando por la calle oscura, mientras intentaba controlar la rabia. El silencio dentro del coche era pesado. Filipa aún intentaba procesarlo cuando Guto golpeó el volante con fuerza.
—Maldito… ha perdido completamente el respeto.
Su respiración era entrecortada, rítmica y pesada. Tenía la mandíbula tan apretada que los músculos de la cara se le marcaban bajo la piel, y los ojos fijos en la carretera, con la mirada clavada en el frente. Filipa tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—Perdón… —consiguió decir con la voz rota— Yo no sabía que Marina haría algo así.
Guto exhaló un suspiro profundo, aferrándose al volante, mientras intentaba contener la rabia que aún le quemaba el pecho.
—Ya lo sé, cariño —respondió al fin, suavizando un poco el tono— Sé que no tienes la culpa.
Silencio.
—El problema son ellos. Siempre han sido ellos.
Filipa no respondió.
Tras unos segundos, Guto redujo la velocidad y habló más bajo, pero firme:
—Yo no voy a decirte con quién puedes o no puedes estar —aseguró él, suavizando el tono—. No soy esa clase de hombre. Pero después de lo que pasó hoy… piensa bien quién merece de verdad formar parte de tu vida.
La miró apenas un instante antes de regresar los ojos a la ruta.
—Porque, siendo sincero, Marina jamás me inspiró confianza, sobre todo desde el carnaval.
Filipa entendió al instante a qué se refería. En el fondo, quizá ella también lo sabía desde hacía mucho más tiempo del que se había permitido admitir.
≈
Cuando llegaron a casa de Guto, él ya parecía más tranquilo, aunque aún se le notaba la tensión en la mirada.
Fernanda y Lucas aguardaban en el salón, visiblemente intrigados por la abrupta huida de Guto momentos antes.
En cuanto la puerta se abrió, ella se puso de pie de un salto, escudriñando sus rostros.
—Guto, ¿qué ha pasado? Nos hemos preocupado. Has salido corriendo, diciendo que ibas a buscar a Filipa.
Filipa soltó un suspiro cansado antes de responder:
—He caído en una trampa… pero ya está solucionado.
Guto cerró la puerta tras ellos y se pasó la mano por la nuca, todavía irritado.
—Trampa se queda corto. Lo que ha hecho Marina es mucho peor que eso.
Fernanda frunció el ceño.
—Bueno, ahora tienen que explicarlo.
Entonces, entre interrupciones indignadas de Guto e intentos más calmados de Filipa, los dos contaron todo lo que había pasado. Cuando terminaron, Fernanda soltó una risa corta, incrédula.
—Marina, ¿eh…? Vaya amiga.
Lucas solo negó con la cabeza, en señal de desaprobación. Fernanda miró entonces directamente a Filipa.
—Mira… conozco muy poco a Marina. Pero a Diego lo conozco desde hace años. Y, sinceramente, nada en ese chico transmite confianza. Y parece que todo lo que le rodea acaba volviéndose tóxico también.
Filipa permaneció en silencio unos segundos antes de asentir:
—Ahora lo sé… y creo que por fin lo he entendido.
Guto le apretó la mano. El resto de la noche fue más ligero. Poco a poco, la tensión fue desapareciendo entre conversaciones, vino e intentos de olvidar el caos de aquella noche.
Al día siguiente, sin embargo, Filipa se despertó decidida. Cogió el móvil y envió un único mensaje a Marina.
"Te pido que no me busques más. Lo de ayer ha sido suficiente para mí."
Y, antes de que Marina pudiera responder, bloqueó el número.
≈
Los días siguientes se volvieron extrañamente silenciosos —sin Marina, sin mensajes inesperados y sin ninguna noticia de aquel antiguo grupo.
Aunque Filipa sabía que había tomado la decisión correcta, había algo dentro de ella que la mantenía inquieta.
Quizá porque, por primera vez en muchos meses, todo parecía demasiado bueno. Y eso le daba miedo.
El viernes de la misma semana, Guto la invitó a acompañarlo a un evento de la constructora de su familia. Sería una celebración elegante en un Terrace —una especie de terraza para eventos— en el centro de São Paulo, con empresarios, arquitectos, ingenieros y clientes importantes.
—Necesito a la mujer más guapa de la noche a mi lado —dijo él por teléfono, arrancándole una sonrisa inmediata.
Filipa pasó más tiempo del que le habría gustado frente al espejo.
Eligió un vestido largo negro, elegante, con la espalda descubierta y una abertura discreta en la pierna.
Su pelo rubio, peinado hacia un lado, caía en ondas suaves sobre sus hombros, enmarcando delicadamente su rostro.
El maquillaje resaltaba el verde intenso de sus ojos, que parecían aún más brillantes aquella noche.
Cuando Guto llegó a buscarla y ella abrió la puerta, él simplemente se quedó quieto unos segundos mirándola, sin decir nada. Solo admirándola.
—¿Qué pasa? —preguntó divertida, aunque sintió cómo se le calentaba el rostro.
Gutp se acercó despacio.
—¿Tienes idea del efecto que provocas?