5 #4
—Porque, al parecer, es guapo, inteligente, simpático, entiende de recursos humanos y te ayuda con el TFG… ¿quieres que siga o ya empiezo a preocuparme?
Filipa se rió.
— Eres un celoso.
Guto sonrió de lado, mientras le sujetaba la mano sobre la palanca de cambios.
—No te imaginas cuánto… Eres muy importante para mí, Filipa.
Filipa negó con la cabeza, divertida, antes de continuar:
—Es solo un buen amigo. Me está ayudando mucho con el TFG, pues trabaja en el área de recursos humanos, que es el foco de mi investigación. No hay nada entre nosotros. Pero me parecía importante decírtelo, igual que tú tienes amigas y amigos.
Guto guardó silencio unos segundos, como si lo estuviera valorando seriamente.
—Entonces, déjame ver si lo entiendo… hay un chico soltero, inteligente, que pasa tiempo contigo hablando de futuro, carrera e intercambio… y yo debería quedarme tranquilo.
Filipa se rió.
—Exactamente.
Él soltó un suspiro exagerado.
—Qué vida más complicada.
Después le apretó la pierna con suavidad.
—Ahora en serio… confío en ti, preciosa.
Su voz bajó, más sincera.
—Solo no sé si confío tanto en las intenciones de ese Caio.
—Él nunca me ha faltado al respeto.
—Mejor así. Porque me gustaría seguir cayéndole bien cuando lo conozca.
Filipa soltó una carcajada.
—¡Guto!
Él rió también.
—Estoy bromeando… más o menos.
Pasaron horas entre el vino, la música suave y conversaciones sin prisa. Cuando se dieron cuenta, ya era tarde. Aun así, se quedaron abrazados en el sofá, envueltos en una tranquilidad que parecía crecer entre ellos.
Filipa estaba sentada entre sus piernas, apoyada en su pecho, mientras él le acariciaba la cintura por debajo de la blusa.
La conversación ya se había ido diluyendo en silencios.
Guto apartó su cabello con calma y empezó a besarle el cuello despacio.
Un beso largo. Luego otro. Filipa cerró los ojos de inmediato, sintiendo cómo se le erizaba la piel.
—Lo haces a propósito —murmuró ella, casi sin voz.
—¿El qué?
Él lo sabía perfectamente. Sus labios seguían recorriendo su piel, mientras su mano subía lentamente por su pierna.
—Dejarme sin capacidad de pensar.
Guto soltó una risa baja junto a su oído.
—Es imposible competir con ese Caio en inteligencia… así que tengo que usar mis ventajas.
Filipa giró el rostro riendo, pero perdió la sonrisa al encontrarse con sus ojos tan cerca.
Intensos, cálidos, completamente entregados.
Guto le sostuvo el rostro con calma antes de besarla de nuevo, despacio, profundamente, como si aún estuviera descubriéndola.
El beso empezó lento, pero entre ellos nunca duraba así.
Ella le rodeó el cuello con los brazos, respondiendo con la misma intensidad.
—No sabes cuánto te he echado de menos esta semana —susurró él contra sus labios.
Filipa sonrió, todavía sin aliento.
—Creo que sí lo sé.
Él la miró unos segundos antes de levantarla del sofá con facilidad, haciéndola reír.
—¡Guto!
—Se acabaron las conversaciones.
—¿Ah, sí?
—Sí… hoy he sido muy paciente.
Ella intentó responder, pero perdió el hilo cuando él volvió a besarla, mientras caminaba con ella por la casa.
Esa noche, Filipa comprendió, con una mezcla de emoción y vértigo, que estaba enamorándose. De ese amor que llega despacio, pero cuando se instala, lo cambia todo.
≈
Dos días después, Marina apareció en casa de Filipa a última hora de la tarde. Era domingo. El calor aún seguía envolviendo la ciudad. Filipa la recibió en la terraza con dos vasos de zumo.
Marina se sentó en el sofá exterior y fue directa al asunto, como siempre.
—Me he enterado de que tú y Guto están juntos.
Filipa sonrió levemente antes de responder.
—Sí… estamos juntos.
Marina la observó durante unos segundos y finalmente también sonrió.
—Me alegro por ti, Filipa. De verdad. Guto es un buen tipo… muy distinto de mi primo.
Filipa dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Te lo ha dicho Diego?
—No. Me lo ha dicho Celina. Y, siendo sincera… no le ha gustado demasiado.
Filipa frunció ligeramente el ceño.
—¿Y eso por qué? Al fin y al cabo, solo estuvieron una noche.
Marina soltó un breve suspiro antes de responder.
—Porque todo el mundo se dio cuenta de que él estuvo con ella esa noche solo porque no podía estar contigo. Guto se quedó completamente impresionado contigo desde el momento en que te vio.
Filipa apartó la mirada un instante.
—Yo no tengo la culpa de eso.
—Lo sé. Pero ya conoces a Celina… y Diego tampoco se ha tomado nada bien toda esta historia.
Filipa soltó una risa incrédula.
—¿Diego? ¿Quién es él para opinar? Y más después de lo que me hizo.
Marina guardó silencio. Filipa continuó, ahora con más firmeza.
—Me humilló delante de todo el mundo, Marina. Y yo nunca le hice nada parecido.
Marina asintió.
—Lo sé. Y lo peor es que sigue igual.
—¿Cómo que sigue igual?
—Sigue con su novia, pero también sigue quedando con otras chicas. Diego no ha cambiado nada. Y, sinceramente… apostaría a que volvería contigo sin pensarlo dos veces.
Filipa la miró durante unos segundos antes de responder con calma.
—Esa es la diferencia entre él y Guto.
Marina arqueó la ceja.
—¿Cuál?
Filipa tomó el vaso y respondió sin dudar.
—El carácter.
≈
La semana siguiente, las clases de español de Filipa empezarón por fin. El curso se impartía en un centro educativo bastante conocido de São Paulo, donde también se ofrecían cursos técnicos, profesionales y preparatorios.
El edificio estaba siempre muy concurrido, lleno de estudiantes entrando y saliendo. Cuando no viajaba por trabajo, Guto se aseguraba de pasar a recogerla después de clase.
Esa misma semana, un miércoles por la noche, Filipa ya estaba guardando sus cosas en la mochila al final de la clase, cuando la secretaria de recepción llamó su nombre.
—¿Filipa?
—¿Sí?
—Hay un recado para ti. Una amiga tuya, Celina, ha pedido que subas a la planta de los cursos técnicos. Te está esperando.
Filipa frunció ligeramente el ceño, extrañada.
—¿Celina?
—Eso es.
—Ah… gracias.
Mientras caminaba hacia el ascensor, intentó entender lo que estaba pasando. Hacía mucho tiempo que no hablaban. Probablemente Marina le había comentado algo sobre el curso, pero no imaginaba que Celina estudiara en el mismo edificio.
Al llegar a la tercera planta, encontró a Celina sentada en la recepción, jugando nerviosamente con unas pulseras entre los dedos —un gesto antiguo que Filipa conocía bien. Se acercó con educación.
—Buenas noches, Celina. ¿Cómo estás? Cuánto tiempo… no sabía que estudiabas aquí.
Celina levantó la mirada lentamente. Su expresión era fría.
—Estoy bien… a pesar de la puñalada que me has dado.
Filipa frunció el ceño, sin entender.
—¿Qué manera es esa de hablarme? ¿Qué puñalada?
Celina cruzó los brazos.
—Guto. Elegiste quedarte con él, después de todo lo que pasó entre nosotros.
Así que era eso. Filipa respiró profundamente, intentando mantener la calma.
—Celina… ustedes estuvieron una vez, hace meses. Y, hasta donde yo sé, nunca volvió a pasar nada. Ni siquiera hubo una relación entre ustedes.
—Pero tú sabías que a mí me gustaba él.
Filipa soltó una risa breve, incrédula.
—No, no lo sabía. Y, sinceramente, ni siquiera volvimos a tener contacto después de aquella noche de carnaval. Esa misma noche en la que tu hermano se lió con otra chica delante de mí y tú hiciste como si nada hubiera pasado.
Celina apartó la mirada un instante, pero volvió a insistir:
—Da igual. Yo me lié con él primero y…
Esta vez, Filipa la interrumpió. Ya estaba cansada de las indirectas y de las culpas injustas, de aquella sensación constante de tener que aguantarlo todo en silencio.
—Basta, Celina.
Su tono firme la sorprendió incluso a ella misma.
—No voy a quedarme aquí escuchando este tipo de infantilidades. Esto no tiene ningún sentido.
Celina permaneció en silencio. Filipa continuó:
—Tú, Diego y toda esa gente dejaron claro más de una vez que yo nunca encajé en su círculo. Y, sinceramente… hoy se lo agradezco. Porque desde que me alejé, me siento mucho más tranquila… y mejor sin todo eso.
La mirada de Celina vaciló.
—Y una última cosa: Guto y yo estamos juntos, y estamos muy bien. Así que hazme un favor: déjame en paz y no vuelvas a buscarme.
Sin esperar respuesta, Filipa se dio la vuelta y se fue. Sentía el corazón acelerado mientras caminaba por el pasillo. Entró en el baño, apoyó las manos en el lavabo y respiró profundamente varias veces antes de bajar.
Cuando salió del edificio, vio a Guto junto al coche esperándola. Y también vio a Celina un poco más atrás, cerca de la entrada. En cuanto ielipa se acercó, Guto notó de inmediato que algo no iba bien.
—¿Qué ha pasado?
Ella ni siquiera tuvo tiempo de responder. Guto le sostuvo el rostro con delicadeza y la besó con ternura, como hacía siempre que la veía. Y Celina lo observó todo.
Filipa entró en el coche, todavía intentando ordenar sus pensamientos. Mientras Guto arrancaba despacio, ella le contó toda la conversación. Él la escuchó en silencio, visiblemente molesto.
—Qué situación más absurda, Filipa.
Pasó una mano por el volante antes de continuar:
—Yo nunca le prometí nada a Celina. Nunca le di falsas esperanzas. Después de aquella noche, no volvimos a vernos.
Filipa suspiró, apoyando la cabeza en el asiento.
—Fui ingenua. Pensé que solo quería hablar.
Guto le apretó la mano unos segundos.
—Tranquila, cariño. Quizá esto solo te ha servido para ver, una vez más, quién es realmente cada persona.
Filipa se quedó en silencio, mirando la ciudad a través de la ventana. Y, mientras el coche se alejaba, Celina permaneció quieta frente al edificio, avergonzada, sabiendo que Guto ya conocía toda la historia.