Bajo la Raya (DC Jake Tanner 3) Capítulo 87
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Capítulo 87

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L as horas parecían alargarse sin que hubiera rastro de un amanecer que trepara por las ventanas como un personaje de alguna película de terror japonesa.

Jake sentía los párpados pesados y una racha de bostezos lo asaltó.

Su cuerpo estaba agotado y, para mantenerse despierto, caminaba de un lado a otro de la oficina, obligándose a permanecer activo. Y a no quedarse dormido.

Hizo balance de todo lo que sabían sobre Liam, Danny Cipriano y todo lo que había entre medias.

Danny Cipriano fue asesinado por El Granjero, un sicario, y sus cómplices.

Lo habían secuestrado del programa de protección de testigos y lo habían enterrado vivo en la obra.

El ADN de Nigel Clayton, un contable, se descubrió en la escena del crimen.

Listo. El siguiente era Richard Maddison, el principal sospechoso —a ojos de Liam, Drew y Garrison—.

Todos corruptos. El Granjero y sus cómplices mataron a Richard en su propio piso.

De nuevo, el ADN de Nigel apareció en la escena.

Luego le tocó a Michael Cipriano sufrir el mismo destino que su hermano.

Salvo que esta vez fue diferente: solo eran dos.

Nigel Clayton y una mujer. Rusa. Identidad desconocida.

Le había salvado la vida y le había dejado marchar.

¿Quién era ella y, lo que es más importante, quién era El Granjero?

La pregunta del millón de dólares.

Si descubrían quién era El Granjero, Jake tenía la esperanza de que desvelaran la identidad de La Cábala.

Poco después de que Charlotte hubiera llamado a su contacto externo, el técnico de la escena del crimen, Carl, había recogido los cigarrillos y se los había llevado para investigarlos.

Jake y Charlotte pasaron las siguientes horas realizando tareas que normalmente llevaba a cabo un equipo de cinco o más personas.

Empezaron con Nigel, comprobando primero si tenía alguna dirección particular registrada.

Habían encontrado una que dio antes de entrar en prisión pero, tras una rápida comprobación, Jake descubrió que el edificio había sido derribado y se había convertido en una gasolinera con una tienda de conveniencia anexa.

Callejón sin salida.

Jake giró sobre sí mismo y miró a Charlotte. Justo cuando iba a preguntarle algo, el móvil de ella empezó a sonar.

—¿Sí? —respondió ella con voz somnolienta—. Puedo hablar. Sigo en la oficina con el detective Tanner. ¿Qué pasa?

Hubo una larga pausa en la conversación; Jake escuchaba con atención.

—Ah, perfecto. Muchísimas gracias… Sí. Por supuesto. Entendido… Pásamelo, por favor. Voy a iniciar sesión ahora mismo.

Charlotte colgó y dejó el teléfono sobre la mesa. Cogió un bolígrafo y garabateó algo en un trozo de papel.

—¿De qué iba eso? —preguntó Jake.

—Ya tenemos los registros de llamadas de Liam, Drew, Garrison y Clayton, todos de una vez. Mi contacto los está enviando ahora.

—¿Y la información en tiempo real de las torres de telefonía? ¿Va a conseguirla?

—Está en ello. Si son lo bastante estúpidos como para dejar su ADN en los cadáveres, puede que también lo sean para dejar sus teléfonos encendidos.

Una gran sonrisa se dibujó en el rostro de Jake, y no se le quitó hasta que el correo electrónico llegó a la bandeja de entrada de Charlotte.

Ella imprimió dos copias de los informes y le entregó una.

Contenía una larga lista de números de móvil, fechas, horas y la duración de las llamadas, junto a una serie de mapas que mostraban las ubicaciones de las mismas. Tantos datos y tan poco tiempo.

—Jake —comenzó Charlotte—, ten en cuenta que estas son llamadas realizadas desde teléfonos registrados a sus nombres en los últimos doce meses.

Si Liam, Drew o Garrison han hecho algo con números sin registrar, no lo tendremos.

A menos que encontremos los teléfonos que podrían haber estado usando.

¿Has encontrado alguno en el coche de Liam?

Jake negó con la cabeza y luego se volvió hacia el despacho de Liam. —Apuesto a que ahí dentro hay una mina de oro de respuestas —dijo.

—No, no podemos. —Charlotte se subió las gafas a la frente y se masajeó la cara, pensativa.

—Claro que podemos. ¿Y si registro el despacho buscando algo relacionado con el asesinato de Danny? —preguntó Jake—. Entro allí, encuentro un teléfono y empieza a sonar. Eso me parece sospechoso, así que lo dejo estar. Espero a que termine la llamada y luego inspecciono el terminal.

—Jake…

Él se levantó de la silla y se acercó al despacho de Liam. Estaba abierto.

El olor a alcohol flotaba en el aire; ese tipo de olor que se filtra por los poros, que no se va ni con una ducha a la mañana siguiente de la noche anterior.

Jake lo ignoró y recorrió la habitación con tiento, con cautela.

No podía librarse de la paranoia de sentirse vigilado, monitorizado, o de que en cualquier momento Liam pudiera llamar a la puerta y preguntarle qué coño estaba haciendo.

Recuperando la compostura, regañándose a sí mismo por ser un estúpido y pensar tales cosas, Jake registró los cajones del escritorio de Liam.

Lo sacó todo. Nada. Los dejó y centró su atención en el archivador que había en la esquina de la habitación.

El cajón superior estaba lleno de papeles y carpetas. El segundo también. Así que, al llegar al de abajo, Jake no tenía demasiadas esperanzas.

Puso la mano bajo el tirador y tiró de él.

Su respiración se detuvo al reconocer lo que había dentro. Una botella de whisky y un teléfono móvil.

—Ay, Liam —dijo—. Liam, Liam, Liam.

Jake llamó a Charlotte y ella acudió de un salto.

—¿Qué pasa?

Jake se lo mostró. —Un móvil desechable, supongo.

—No lo toques. Deja que coja unos guantes y una bolsa de pruebas. —Charlotte salió y reapareció unos instantes después con una bolsa y las manos enfundadas en guantes de látex azules. Introdujo la mano en el archivador, sacó el teléfono y se lo llevó a su mesa.

—Esto se suma a la ya larga lista de papeleo que tendremos que rellenar cuando todo esto acabe —comentó Jake.

Una sonrisa burlona asomó a la cara de Charlotte. —El papeleo es lo que hace que este trabajo sea lo que es.

—Creo que vamos a tener que poner en orden tus prioridades.

Charlotte dejó el teléfono sobre su mesa, lo encendió y revisó las llamadas más recientes. Jake cogió los documentos impresos y los puso junto al móvil. Pasaron los siguientes minutos cruzando los números de la agenda con los del registro.

Poco después, obtuvieron un resultado. Varios.

Jake deslizó el dedo por la fila de la hoja.

—Es un número de teléfono fijo. Una tienda de accesorios de telefonía móvil en Elm Road —dijo Jake tras mirar la ubicación correspondiente en el mapa.

—Ideal para el blanqueo de dinero —respondió ella—. Vamos a echar un vistazo. Yo recogeré esto, tú llama al SO19. Que vengan los AFO. Son personas que tienen acceso a armas de fuego. No quiero dejar nada al azar.