Capítulo 33
La traje a esta biblioteca porque quería que supiera que me importa. Me ha conquistado por completo. Poder darle este tipo de alegría me hace sentir realizado. Estoy aquí mirándola y apenas puedo creer que por fin sea mía. No imagino una primera vez mejor para los dos que esta.
Pienso en cuánto significa esto para ella. No sé muy bien todos los detalles de su vida, solo lo que quiso abrirme, pero es suficiente. Lo que me importa es su confianza y creo que eso lo tengo.
Todavía he programado algunas cosas para hacer que el día sea aún más especial.
—Tenemos que irnos, Sarah. La biblioteca va a abrir dentro de poco y, por mucho que me guste tenerte en mis brazos, no quiero exponerte. —La abrazo un poco más antes de levantarme.
—Sí, tienes razón. ¿Vamos a volver ahora a Río? —Ella se levanta también y coge su ropa.
—No, ¿quién ha dicho que nuestro paseo ya haya terminado? —Se detiene y me mira con expectativas.
—¿Ah, sí? ¿Hay más sorpresas? —Pregunta visiblemente animada.
—Por supuesto. He reservado para que comamos en un restaurante Michelin. Aquí hay uno de carnes que es espectacular.
—Ah, he oído hablar de él, pero todavía no lo conocía, no viajo mucho. —Habla con pesar.
—No te preocupes, tendré el placer de mostrarte el mundo. —Le guiño un ojo y la atraigo hacia otro beso.
—Me gustaría eso. —Habla entre un beso y otro.
Salimos de la biblioteca justo a la hora acordada y fuimos con mi chófer al restaurante. Don Julio es muy famoso en Buenos Aires, pues es uno de los primeros restaurantes argentinos en entrar en la guía Michelin. El corte de la carne, con un sabor único, les dio ese título y con razón.
El restaurante es bonito, clásico. Justo en la entrada vemos el toldo en colores verde y blanco, como franjas. El resto del ambiente, en cambio, es todo de color rojo. Los muebles son todos de madera, lo que aporta un aire rústico al lugar.
Está comandado por un empresario y sumiller que heredó la casa de sus padres y abuelos y transformó la parrilla del barrio en uno de los mejores restaurantes de Argentina y América Latina. Son impresionantes los títulos que ha alcanzado.
Pedimos el más famoso de los platos, que es la tradicional parrilla argentina. Una carne jugosa que de verdad merece la fama que tiene.
—Madre mía, estoy emocionada por probar esta carne. —Sarah habla antes de llevarse el primer trozo a la boca—. ¡Guaaau! —Dice animada.
—Te juro que, si vuelves a poner esa cara al comer, tendremos que irnos de aquí. Voy a querer un lugar más privado contigo. —Bromeo, y ella me da un golpecito en el hombro.
—Venga, prueba tú también. —Entonces me sorprende dándome un trozo de carne en la boca. Eso sí que no me lo esperaba, pero Sarah es así. Diferente a las otras mujeres que he conocido.
—La verdad es que está divino. Nunca fallan con el punto perfecto de la carne. —Doy un trago al vino tinto que he escogido, porque armoniza perfectamente con nuestra comida.
Conversamos un poco más mientras disfrutamos de todo. El postre también estaba divino. Pedí una pasta frola, que es una masa de tarta crujiente, cubierta por una capa dulce y terminada con dulce de leche. Estaba divina y a Sarah le encantó.
—¿Y ahora vamos a volver a Río? —Me pregunta mientras salimos del restaurante de la mano.
—Todavía no, quiero llevarte a conocer un lugar. ¿Qué te parece? —Pregunto y veo su alegría de niña emocionada.
—Ay, me parece increíble. Estaba esperando que dijeras eso. Este día está siendo perfecto. —La detengo y le doy un beso en los labios.
—Tú eres perfecta. —Ella sonríe y mi corazón se calienta.
La llevo a conocer uno de los barrios más resignificados y caros de Buenos Aires, Puerto Madero. Las calles y avenidas son anchas, hay varios parques y una acera muy buena para caminar. Vamos en dirección al Puente de la Mujer, que es uno de los puntos más famosos de allí.
—Sarah, ven aquí, deja que te enseñe una cosa. —La giro para que mire de frente al puente.
—¿Qué? —Pregunta ansiosa.
—Casi nadie sabe lo que significa este puente, pero fíjate bien en su diseño.
Cuando lo proyectaron, quisieron poner aquí un pedazo de la cultura argentina y representa a una pareja bailando tango.
Mira bien la punta del puente, ¿no parece esa apertura de pierna de la bailarina cuando danza?
—Entonces abre los ojos como platos y sonrío feliz de que haya conseguido verlo.
—Joder. Si no me hubieras dicho eso, nunca lo habría sabido, ni se me habría pasado por la cabeza algo así. —Paso los brazos alrededor de ella y la abrazo por detrás.
—Sí. Y no es solo eso. Este puente también es giratorio, así que se abre siempre que un barco de mayor porte se acerca al puerto. —Hablo en su oído.
—Qué guay, está muy bien pensado. ¿Por qué sabes estas cosas? —Me pregunta genuinamente curiosa.
—Cuando estoy en una ciudad, me gusta investigar y saber más sobre el lugar. Los datos curiosos también me ayudan a entender más la ciudad. —Me encojo de hombros.
—Hum. Me parece muy sexy esa forma tuya de saberlo todo y enseñarme. —Se gira y se queda frente a mí.
—Sarah, ¿por qué será que siento que me estás provocando? —Sonrío.
—Porque lo estoy haciendo. —Sonríe y la beso.
—Si estuviéramos a solas, el beso sería diferente de este. —Susurro en su oído.
—¿Ah, sí? —Pregunta y asiento con la cabeza. Pone una cara de sinvergüenza y dice—: Creo que ya he conocido bastante Buenos Aires, podemos irnos. ¿Qué te parece?
—Ahora mismo. —Entiendo su indirecta y le cojo la mano para volver al coche que nos está esperando.
Entramos en el jet de vuelta a Río de Janeiro. Después del despegue, la llamo a mi suite. Se tumba en la cama y yo la acompaño. La idea era dejarla relajarse un poco, pero ¿cómo es posible estar al lado de esta mujer sin hacer nada?
—Sarah, es imposible estar solamente tumbado a tu lado, sin hacer nada. Despiertas algo en mí tan fuerte que quiero tenerte a cada momento. —La atraigo hacia mis brazos y su sonrisa de sinvergüenza es el permiso que necesito para hacer lo que tanto deseo.
No puedo esperar más por eso.