Bajo la protección del CEO multimillonario Capítulo 18
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Capítulo 18

“Siete años atrás”

—¡Hija, ya basta! Llevas todo el mes así, no soporto más verte sufrir sin saber qué está ocurriendo. —Mamá entra en mi habitación y abre la cortina, dejando que entre la luz.

—Ciérrala, mamá, me duele la cabeza. No tengo ganas de pelear otra vez. —Todos los días dice algo negativo sobre Jack y, cuando no es ella, es mi padre. Qué rollo, se meten todo el tiempo en mi vida.

—No quiero pelear, pero necesitamos hablar en serio. —Mi padre entra en la habitación. Mierda.

—Estamos preocupados por ti, querida. —Papá se sienta en la cama y pone una mano sobre una de mis piernas, acariciándome.

—Estoy estupendamente, ya lo he dicho millones de veces. —Hablo sin paciencia.

—Eso no es verdad. Mira cómo has cambiado desde que empezaste a salir con ese chico.

Siempre fuiste tan dulce, educada, pasabas el fin de semana con nosotros, me lo contabas todo, y ahora parece que soy una extraña para ti, ya no sé nada.

—Veo una lágrima bajando por el rostro de mi madre.

Me siento mal por causarle dolor, pero no quiero tener esta conversación.

—Ya no soy una niña, mamá, he crecido y tenéis que entenderlo. Jack me protege, cuida de mí, por eso ya no necesito que vosotros lo hagáis. —Me levanto de la cama y voy hacia el baño.

—Vuelve aquí ahora mismo, Sarah, aún no hemos terminado. —Papá se levanta y habla alto.

—Por mí, sí hemos terminado. Dejad de meteros con mi novio, es perfecto y me quiere muchísimo. Parece que queréis acabar con lo único que me hace feliz. Si me quedo sin él, ¡me muero! Así que ¡BASTA! —Grito por primera vez a mis padres, que claramente se asustan.

—Hija. —Mamá se acerca despacio—. Eso no es sano. En cualquier relación, tener una dependencia tan fuerte de alguien no es bueno. Nadie va a quererte más que nosotros, tus padres.

—Y por eso tienes prohibido verlo este fin de semana. Estamos haciendo lo que es mejor para ti. —Papá completa.

—¿QUÉ? —Bramo—. No podéis hacer eso, no puedo dejarlo solo todo el fin de semana, no puedo. No le va a gustar. —Me desespero, empiezo a gritar y a llorar al mismo tiempo.

—Podemos y lo haremos. No me importa si le va a gustar o no. De esta casa no sales. —Papá me mira serio de una forma que nunca había visto antes, pero estoy ciega de miedo.

—No podéis encerrarme aquí, me escaparé, desapareceré lejos de vosotros. —Intento ir hacia la puerta, pero me sujetan y no permiten que salga.

Me pongo tan, pero tan nerviosa, asustada y aterrada que empiezo a sentir que me falta el aire.

Sudo frío, siento mareo, náuseas y me siento en el suelo.

Me llevo la mano al pecho, porque siento un dolor fuerte y palpitaciones; parece que el corazón me late tan rápido que va a salirme del pecho.

Miro a mis padres suplicando ayuda y me llevan al hospital.

Paso un día ingresada haciéndome un chequeo y recibiendo calmantes por vía intravenosa. No sabía qué me estaba pasando en ese momento, pensé que era algo como un infarto o algo así. Mamá y papá se quedaron horrorizados, con miedo de lo que pudiera pasarme.

Me atendió una psiquiatra del hospital. Me preguntó qué había ocurrido y qué estaba sintiendo en ese momento. Descubrí que había tenido mi primer ataque de pánico. Ni siquiera sabía qué era eso, pero ella me lo explicó.

—Un ataque de pánico implica la aparición súbita de miedo o malestar intenso.

Cuando no estamos bien emocionalmente y lidiamos con una situación de estrés, angustia, ansiedad o miedo extremo, es posible sentir esos dolores que has comentado.

También pueden manifestarse de otra forma, a través de temblores, espasmos, entumecimiento, miedo a perder el control, miedo a morir.

Está muy ligado al dolor emocional y creo que en ese momento estabas pasando por uno.

—La psiquiatra lo explica con calma, intentando no asustarme.

—Nunca había sentido eso antes. ¿Ese ataque de pánico puede volver? —Tengo miedo.

—Sí, pero podemos mejorar eso mediante terapia y algunos medicamentos para controlarlo en caso de que vuelva a surgir.

—¿Terapia? ¿Estoy loca? —Abro los ojos como platos y miro a mis padres, buscando consuelo.

—No, claro que no. La terapia no es para locos, sino para ayudarnos a lidiar con las situaciones del día a día, como la pubertad, la madurez, entre otras cosas.

Hay muchas hormonas en esta etapa de la vida, por eso, en cierto modo, es normal sentirse mal, triste o frustrada.

La terapia nos ayuda a conocernos y a entendernos, para que este tipo de cosas no se repitan. —Sonríe con dulzura.

—No sé, necesito pensarlo. —Me limpio una lágrima.

—Tranquila, hija, hablaremos y veremos qué es lo mejor para ti, ¿vale? Ahora intenta descansar un poco porque todavía estás muy alterada. —Mamá coloca su mano sobre la mía y me acaricia.

—¿Dónde está Jack, mamá? —Observo que todavía no lo he visto.

—No está aquí, porque no puedes recibir muchas visitas en el hospital. Cuando estés mejor y en casa, podrá visitarte.

—Ahora intenta descansar. —Papá me da un beso y me dejan dormir.

Me siento mejor, pero el fin de semana fue difícil.

Volví a casa ayer y mis padres no dejaron que Jack me visitara, ni siquiera me dejaron usar el móvil.

Dijeron que eran órdenes médicas. Intenté resistirme, pero los medicamentos que me dieron eran tan fuertes que solo dormí.

Al final fue muy bueno poder descansar, estaba agotada.

Mamá no quiere que vaya al instituto hoy, pero me gusta estudiar y lo echo de menos. Mi madre les contó a sus padres y a él lo que había ocurrido y les garantizó que estaba bien, pero me angustia no poder oír su voz. Cojo el móvil que por fin me ha devuelto y veo un mensaje suyo.

Jack:

Hola, mi princesa, he estado muy preocupado por ti, pero hablaremos hoy en el instituto. ¡Te quiero!

Me siento tan aliviada al leer eso. No sé por qué, pero tenía miedo de que reaccionara mal a todo. Pasé dos días sin verlo y sin ningún contacto, no debía de estar muy contento, aunque no fuese culpa mía.

Me pongo la ropa. Hoy uso pantalones porque hace frío y todavía estoy un poco débil. Papá vendrá a buscarme en cuanto termine la clase. Intento hablar para quedarme en casa de Jack, pero no me dejan ni terminar. Estoy tan cansada que ni siquiera tengo fuerzas para pelear.

La verdad es que ese episodio me asustó. Pensé que iba a morir y eso me afectó. Tal vez sea bueno que vea a esa psicóloga, hacer terapia. La verdad es que ya no me siento yo misma.

Llego al instituto y me extraña no verlo. Vaya, pensé que llegaría antes para recibirme. Voy hasta el aula y me siento en la silla. Oigo voces en el pasillo y, al entrar, veo a mi amor sujetando un ramo de rosas rojas el doble de grande, no sé cómo es posible.

—Este ramo es doblemente especial, por eso el tamaño. Hoy cumplimos ocho meses de noviazgo y tú estás mejor, recuperada. —Madre mía, olvidé por completo que era nuestro aniversario. Estos últimos días han sido demasiado intensos.

Me alegra que haya hecho esto. Todos los meses me trae un ramo de esos, pero el de hoy está todavía más increíble.

—Ay, Jack, ¡es perfecto! —Me levanto y voy hasta él.

—He estado tan preocupado, mi princesa. —Coloca el ramo encima de la mesa y pone sus manos en mi rostro—. No puedo perderte, nunca voy a perderte, ¡no vuelvas a hacerme esto! —Su mirada es profunda, me provoca un escalofrío, no sé por qué.

—Estoy mejor ahora, solo fue un susto. —Me abraza y entonces me besa.

—¡Cuéntame todo lo que ha pasado! Quiero saber con detalle por lo que has pasado, ¿vale? —Me acompaña hasta mi mesa.

—No quiero recordarlo todo, novio, solo necesitas saber que estoy mejor. —Me aprieta la muñeca.

—Princesa, quiero saberlo todo y vas a contármelo. Lo hago por ti, por tu bien. —Vaya, no era mi intención molestarlo así, él solo quiere cuidar de mí.

Mierda, no hago nada bien. Asiento con la cabeza y digo que se lo contaré en el recreo. Me suelta y prestamos atención a la clase.

En el recreo le cuento todo lo que ocurrió.

Le hablo de la discusión que tuve con mis padres respecto a él y a nuestra relación, de lo que sentí y del ataque de pánico.

Le cuento la conversación con la psiquiatra y el tratamiento que necesito hacer con una psicóloga.

Él escucha atentamente sin decir nada, lo que me parece incluso extraño porque siempre tiene algo que puntualizar, pero espera a que termine toda la explicación para entonces dar su opinión.

—Mi princesa, me entristece que tus padres piensen así de mí. Yo hago de todo para agradarlos, no entiendo por qué me culpan si estás creciendo y convirtiéndote en una mujer independiente. ¿Cómo pueden no ver eso? —Coloca su brazo a mi alrededor y me acaricia el hombro.

—Ellos solo me echan de menos, no lo dijeron con mala intención. Sé que les caes bien. Pronto se les pasará esa manía, más aún con ese tratamiento que voy a hacer. —Sonrío.

—¿Tratamiento? ¿Cómo puedes hacer eso, mi amor? Quieren manipularte con esa tal terapia. Fue por culpa de ellos que tuviste ese ataque de pánico, ¿no lo ves? No hay nada malo contigo. Lo sabes, ¿verdad? —Me pide que me gire y me hace mirarlo a los ojos.

—No sé, Jack, la verdad es que no me he sentido muy bien últimamente. Creo que puede ser bueno para mí, no cuesta nada intentarlo. —Me encojo de hombros.

—Claro que cuesta. Imagina lo que la gente va a decir de ti, o peor, de mí. Dirán que salgo con una loca y que necesita una camisa de fuerza, o qué sé yo qué más pueden pensar. No puedes hacerme eso. —Abro los ojos como platos porque no lo había pensado por ese lado.

—Pero ¿cómo van a saberlo? No voy a contárselo a nadie. —Hablo bajito.

—Princesa, ¿confías en mí? —Asiento con la cabeza—.

Yo sé qué es lo mejor para ti. Cuando estamos juntos estamos muy bien.

Fue en tu casa, con tus padres, donde sufriste de esa forma.

No necesitas un médico para gente loca, solo me necesitas a mí.

—Tiene sentido. De verdad nunca había tenido algo tan fuerte antes y, si me hubieran dejado verlo, nada de eso habría ocurrido.

—El problema es que mamá viene a buscarme para irnos a casa. No podré desobedecerlos, Jack. —Hablo triste, mirando hacia abajo.

—Voy contigo a tu casa hoy y pensaré en algo para que podamos estar más juntos, ¿vale? Mis padres tienen mucho poder en esta ciudad y van a resolver este problema. Te echo de menos, te necesito y nunca voy a abandonarte, ¿vale? —De nuevo, su mirada se intensifica.

Por más que a veces sienta ese escalofrío con su forma posesiva, me siento segura, porque sé que me quiere de verdad.

—¡Te quiero, novio! Gracias por cuidar de mí. —Le doy un beso.

—Siempre, siempre.