Capítulo 49 – Urion #3
Siento su placer desbordarse sobre mí, cubriendo mi rostro y mi boca. Es una entrega tan intensa que me llena de un orgullo primitivo. Permanezco allí unos instantes, sintiendo todavía los últimos espasmos de su cuerpo, antes de incorporarme.
Apoyo las manos con firmeza a ambos lados de su cintura y me inclino hasta quedar prácticamente encima de ella. Cuando me llama, ese «Urion» prolongado y cargado de una necesidad que yo mismo he ayudado a despertar, siento un gruñido vibrar en lo más profundo de mi garganta.
Bajo los pantalones de chándal grises lo suficiente para liberarme, sintiendo el pulso de la sangre y la urgencia de hundirme en su calor.
Me sujeto con firmeza y comienzo a deslizarme lentamente entre sus labios íntimos, que todavía tiemblan por el clímax que acaba de experimentar.
El rastro húmedo que dejo en ella es una invitación que no tengo intención de rechazar.
—¿Lo quieres bien adentro, Hina? —pregunto, clavando la mirada en la suya, buscando la confirmación que ya percibo en el temblor de sus muslos.
— Sí... onegai —susurra con la voz quebrada, completamente entregada.
Sonrío de lado, sintiendo el poder que me da esa respuesta.
Miro hacia abajo, hacia el punto donde nuestros cuerpos se encuentran, y decido que la tortura apenas acaba de comenzar.
Humedezco mis labios y, deliberadamente, dejo caer saliva sobre su intimidad palpitante.
Empiezo a frotarme contra ella, mezclando mi humedad con la suya y preparando el camino con una lentitud casi cruel.
Solo entonces empiezo a penetrarla. Avanzo milímetro a milímetro, sintiendo cómo la presión aumenta mientras su cuerpo cede ante mí.
Hinata es increíblemente estrecha, y la forma en que me envuelve es tan intensa que me hace soltar un gemido fuerte, ronco y prolongado que resuena por las paredes del dormitorio.
Levanto la mirada y veo a Hinata. Tiene los dedos de la mano izquierda presionados contra sus propios labios, intentando contener los sonidos que amenazan con escapar. Sus ojos están muy abiertos, fijos en cada movimiento mío, brillando con un placer que roza lo insoportable.
Cuando finalmente uno mis caderas a las suyas, hundiéndome por completo en una única y profunda embestida, Hinata deja escapar un suspiro prolongado que termina en un gemido de plenitud.
— Ah... Urion... —mi nombre escapa de sus labios en un susurro cargado de rendición.
Me aparto lo justo para sujetar el borde de su camisón de seda.
Con cuidado, procurando no forzar su muñeca, se lo deslizo por el cuerpo hasta liberarla de cualquier barrera.
Lanzo la prenda a algún lugar de la oscuridad y vuelvo a ella, envolviéndola en un abrazo intenso.
Quiero sentir cada centímetro de su piel contra la mía, el calor de sus pechos contra mi torso, el ritmo de su corazón fundiéndose con el mío.
Hinata enlaza los brazos alrededor de mi cuello y me atrae hacia un beso que sabe a promesa. Nuestras lenguas se encuentran al ritmo de mis caderas: lento, profundo y terriblemente intenso.
Ella es la primera en separar nuestros labios lo suficiente para buscar el aire que nos falta, pero no se aleja. Nuestras respiraciones se mezclan en un ritmo frenético y cálido mientras nuestros ojos permanecen fijos el uno en el otro, en un duelo silencioso de verdad y deseo.
Me doy cuenta, con una claridad que me golpea como un puñetazo, de que ya no nos estamos consumiendo simplemente. Estoy haciendo el amor con ella. Todo a nuestro alrededor se desvanece y me deja completamente vulnerable ante la única mujer que ha conseguido derribar mis muros.
Decido que no necesito palabras para decir lo que mi corazón ya sabe.
Empiezo a demostrárselo con cada gesto, cada presión, cada caricia.
Muevo las caderas con una lentitud torturante y profunda, queriendo que sienta cada centímetro de mí, cada latido de mi sangre que ahora corre únicamente por ella.
Llevo mi mano libre hasta su rostro y aparto los mechones de cabello húmedos por el sudor con una delicadeza que solo empleo con ella. Paso el pulgar por sus labios hinchados y rojos, marcándola de nuevo, pero esta vez con una promesa silenciosa de lealtad eterna.
Espero que lo entienda. Espero que comprenda que me estoy entregando a ella, que mi corazón le pertenece por completo. Pero cuando Hinata esboza una sonrisa —pequeña, dulce y cargada de una sabiduría antigua—, comprendo que no tengo nada de qué preocuparme. Ella sabe leer mi alma.
— Urion... —susurra, y la forma en que pronuncia mi nombre, con tanto cariño y posesión, hace que quiera detener el tiempo allí mismo.
Retomo el beso, pero ahora es suave, explorador, como si nos estuviéramos conociendo por primera vez. Mis movimientos dentro de ella se convierten en una danza de sincronía perfecta. Siento cómo su cuerpo se relaja y se amolda al mío, aceptando no solo mi placer, sino también mi cuidado.
Siento que el clímax se acerca, pero esta vez no es una explosión violenta; es una ola lenta que nos arrastra juntos. Hundo el rostro en la curva de su cuello, respirando el aroma de vainilla y sudor, y me dejo llevar, sintiendo que, por fin, he encontrado todo lo que necesitaba.