Capítulo 17 – Hinata #2
Casi al mismo tiempo, el coche de la aplicación se detiene frente a mí.
Me despido rápido de ellos, abro la puerta y entro con rapidez, sintiendo el alivio de estar protegida por la carrocería.
Mientras el conductor arranca, miro por la luna trasera.
El coche negro sin matrícula sigue ahí, inmóvil en la penumbra.
Esbozo una sonrisa nerviosa para mí misma, tratando de apartar la paranoia.
Es solo un coche, Hinata. No dejes que el cansancio te haga ver monstruos donde no los hay, me repito mentalmente.
El trayecto hasta casa transcurre sin mayores contratiempos, a pesar del tráfico denso de Tokio, y en menos de treinta minutos el conductor me deja frente a mi verja.
Pago la carrera desde el móvil, doy las gracias y bajo del vehículo con una sensación de libertad.
En cuanto cruzo la puerta de casa y siento el aroma familiar a incienso y a limpio, los hombros se me relajan por fin.
Mimi se levanta del sofá con su elegancia habitual y viene a restregarse contra mis piernas, dándome la bienvenida.
No tarda en aparecer Mitsumi por la puerta de la cocina, cargando a Sayuri, que suelta un gritito emocionado al verme.
Cojo a mi pequeña en brazos, sintiendo el calor familiar de su cuerpo y el olorcito a colonia infantil.
Ella me agarra del pelo, tirando con fuerza, mientras yo la cubro de besos en la mejilla regordeta.
Veo a Yukio bajar las escaleras a toda prisa, con el móvil en la mano.
—¡Buenas noches, Hinata-san! —me sonríe Mitsumi—. Ya está bañada y ha comido.
En cuanto termina de hablar, va hacia el bolso y el abrigo que están colgados junto a la puerta.
—Muchísimas gracias, Mitsumi. Hasta mañana —respondo, mientras la veo salir.
Voy a sentarme en el sofá y, todavía con mi bebé en brazos, empiezo a quitarme las zapatillas.
Me vuelvo hacia Yukio, tratando de ordenar mentalmente las palabras para pedirle que pase la noche en casa de nuestros padres, pero ella se me adelanta.
Yukio se acerca con una sonrisa radiante y un brillo de expectación en los ojos.
—¡Nee-chan! Menos mal que has llegado —empieza, con las manos juntas en un gesto de súplica—. ¿Puedo ir a dormir a casa de Sawako esta noche? ¡Porfa!
Me quedo paralizada, la sorpresa impidiéndome responder de inmediato.
—Las chicas queremos hacer una noche de pijamas —continúa, sin darme opción a hablar—.
Vamos a ver películas, comer guarrerías toda la noche, hacernos mascarillas...
Va a ser genial. Si estuviera en casa de nuestros padres y se lo pidiera, jamás me dejarían.
Pero se me acaban las vacaciones y de verdad que me apetecía muchísimo tener una noche así.
¡Te juro que no vamos a salir de casa ni a hacer nada malo!
Siento una oleada de alivio y sorpresa recorrerme entera. Ni siquiera he tenido que pedirlo. Parece que hoy el destino está jugando a mi favor.
—¿Sawako es esa amiga tuya que vive cerca del parque? —pregunto, tratando de no sonar demasiado ansiosa por que se vaya.
—¡Sí! Ella misma. ¡Por favor, Onee! Te prometo que mañana temprano vuelvo para ayudarte con Sayuri.
Intento mantener la expresión seria un segundo antes de ceder.
—Está bien, Yukio. Puedes ir. Pero mándame un mensaje en cuanto llegues y mantenme informada, ¿de acuerdo?
Yukio suelta un grito de alegría y me abraza, casi aplastando a Sayuri entre las dos.
—¡Eres la mejor hermana del mundo! ¡Voy arriba a terminar de preparar la mochila!
Sube corriendo las escaleras. Me quedo sentada en el sofá, con Sayuri en brazos y Mimi observándome, sintiendo que el universo acaba de entregarme la noche perfecta en bandeja de plata.
Urion Malvezzi viene a cenar a las nueve, y voy a tener la casa solo para nosotros dos.
El cosquilleo en el vientre vuelve con fuerza, y me doy cuenta de que tengo que correr para preparar la cena y prepararme a mí misma.
Camino hacia la cocina con Sayuri apoyada en la cadera, sintiendo el rastro silencioso de Mimi justo detrás de nosotras.
Dejo a la pequeña sentada en su trona un momento mientras le cambio la comida a la gata y le reviso el agua.
Mimi suelta un maullido de agradecimiento y enseguida empieza a comer con ganas.
Abro la nevera y cojo una botellita de agua fría. Bebo un trago largo, tratando de calmar la agitación que siento desde la llamada de Urion. A mi lado, Sayuri empieza a balbucear una sucesión de sonidos incomprensibles, dando palmaditas en la bandeja de la trona y soltando risitas.
—¿Ah, sí, mi amor? Hoy tienes mucho que contar, ¿verdad? —digo, sonriéndole y sintiendo el corazón desbordarme de ternura.
Miro el reloj de pared: las seis de la tarde.
El tiempo corre. Vuelvo la vista al interior de la nevera, pensando en el menú.
Urion es un hombre corpulento, con un apetito que sin duda va a la par de su físico.
Necesito preparar algo sofisticado, pero que de verdad lo alimente bien.
Me decido por un nikujaga especial —un guiso de carne y patatas bien sustancioso, con un toque de sake y salsa de soja— acompañado de un arroz japonés impecable y quizá una pasta con salsa casera, ya que él mencionó su ascendencia italiana.
—¡Nee-chan! —la voz de Yukio resuena desde el pasillo.
Me vuelvo y veo a mi hermana aparecer en la puerta, ya con la mochila a la espalda y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Sawako y su padre ya han llegado! Están esperando en el coche, ahí fuera.
—¿Tan pronto?
Camino con Sayuri en brazos hasta la entrada de la casa para despedirnos.
Abro la puerta y veo el coche aparcado; saludo con la mano a Sawako y al señor Tanaka, que me devuelve el gesto con una sonrisa y un saludo respetuoso.
Son amigos de nuestra familia desde hace años, y saber que Yukio está con ellos me deja tranquila.
Yukio me da un beso rápido en la mejilla y le aprieta la mejilla a Sayuri, que suelta un gritito de protesta.
—¡Pásalo bien, imouto! Pórtate bien, ¿eh? —murmuro. Ella solo sonríe y corre hacia el coche.
Me quedo saludando hasta que el vehículo desaparece en la esquina. Cierro la puerta y la echo el pestillo con cuidado. Ahora reina el silencio en la casa, roto solo por los sonidos suaves que llegan desde la cocina.
Antes de empezar a picar las verduras para la cena, decido que mi prioridad es Sayuri.
La llevo al piso de arriba, a su cuartito iluminado solo por una luz nocturna suave.
Quiero darle toda mi atención durante unos minutos, arrullarla y asegurarme de que duerma profundamente.
Necesito que esté tranquila para que, a las nueve, pueda ser plenamente la mujer que Urion espera encontrar.
Mientras la mezo despacio, siento su cuerpecito relajarse contra mi pecho. Mi mente viaja, repasando el salto enorme que ha dado mi vida últimamente. Desde el susto del embarazo, los meses de soledad y miedo al lado de Kaito, hasta el valor de divorciarme y reconstruir nuestro propio nido.
Miro las paredes de este cuarto y me doy cuenta de que, a pesar de las cicatrices, lo he conseguido.
Siento la manita regordeta de Sayuri subir y agarrarme la oreja con firmeza. El gesto es tan suyo, tan lleno de una confianza inocente, que no puedo evitar sonreír. Está a punto de rendirse al sueño, pero todavía quiere asegurarse de que estoy aquí.
Despacio, empiezo a tararear una vieja canción de cuna.
Es la misma melodía que mi madre nos cantaba a Yukio y a mí cuando éramos pequeñas, antes de que el mundo se convirtiera en un lugar de normas tan rígidas y silencios tan pesados.
Mientras fluye la música, acaricio la mejilla de seda de mi bebé y sigo con el balanceo rítmico, casi hipnótico.
Me quedo ahí unos minutos, envuelta en la penumbra y en ese olorcito a bebé, hasta que siento que sus deditos se relajan en mi oreja y su respiración se vuelve profunda y constante.
Por fin, se ha dormido. Con todo el cuidado del mundo, la acuesto en la cuna y la arropo, quedándome un segundo más solo para contemplar el milagro que es.
Salgo del cuarto de puntillas, dejando la puerta solo entornada.
Bajo las escaleras y el silencio de la casa parece vibrar con mi expectación. Voy directa a la cocina y enciendo las luces. Mimi está sentada encima de la encimera, observándome con curiosidad.
—Ahora me toca a mí, Mimi —susurro, cogiendo el delantal.
Me lavo las manos y empiezo a separar los ingredientes sobre la encimera.
Cojo el cuchillo y empiezo a picar las patatas y las zanahorias para el nikujaga.
El sonido rítmico de la hoja contra la tabla de madera me ayuda a concentrarme.
Quiero que todo salga perfecto. Miro el reloj.
Dos horas. Es el tiempo justo para que el guiso coja sabor y para que yo me arregle.