Bajo la nieve de cristal Fuego cruzado en la penumbra #4
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Fuego cruzado en la penumbra #4

Clara no dudó. A sus ojos solo vio la dirección: la hondonada que él había marcado en la memoria como una fisura segura, una media luna de roca y enebros que recogía el viento y ofrecía cobijo.

La vio tirar de él con una precisión que le devolvió a la práctica: mano en la bragueta, empuje con el codo, rodilla que tracciona.

La sensación de ser arrastrado le llegó multiplicada por la torpeza; cada movimiento era un gemido de carne y tela, la nieve presionando contra el costado ensangrentado.

Logró arrastrarse un par de metros y la articulación del mundo —la memoria de la táctica— le ofreció pasos mecánicos.

Sonrió sin querer cuando la grava de la hondonada raspó la palma: había un refugio.

Clara empujó de nuevo; el cuaderno plastificado vibró contra su costado cuando su cuerpo chocó con una depresión cubierta de ramas bajas.

Ella tiró con todo lo que tenía y, por un instante breve y luminoso, Lucas sintió el pulso de la lealtad: alguien tiraba de él.

Se dejó caer cuando las piernas lo traicionaron del todo.

La nieve recibió su peso con una bocanada fría que le arrancó un gemido.

La mancha roja floreció alrededor de su torso, un círculo oscuro que se tragó el brillo de la blancura.

Trató de correr el pulgar por la grieta y encontró la tela empapada; al levantar la cabeza, la visión le daba ráfagas, como si la montaña parpadeara.

Clara ya estaba junto a él. Lo que vio fueron manos que movían con firmeza el borde de su chaqueta, ojos que buscaban sin vacilar la entrada más baja de la hondonada.

Lucas sintió la firmeza de sus dedos cuando le tocaron la barbilla para obligarle a mirar, y en esa orden muda hubo más liderazgo que en muchos mandos que había conocido.

No supo si sonreír o escupir sangre; dejó que la boca hiciera lo segundo, y la sangre le llenó un instante la lengua con una claridad acerada.

—No...

Dejó que Clara lo mirara; a duras penas distinguió que en sus manos ya descansaba el mapa doblado y que la pistola, la compacta que él le había deslizado antes, dormía segura en la funda ajustada a su cadera. Lo presionó contra la palma de Clara con un esfuerzo que fue más voluntad que músculo.

El contacto le devolvió por un segundo la coherencia de un gesto práctico.

Con la mano que todavía respondía buscó el borde del mapa y lo empujó un poco más para dejar el pliegue bien prendido entre los dedos de Clara; rozó la empuñadura fría de la pistola que asomaba bajo la tela y, sin soltar la palma, la apoyó contra sus propios dedos. Fue un movimiento mínimo.

—Llévatelo —murmuró, la voz rasgada—. Si yo...

Clara cerró los dedos sobre la hoja. En lugar de quitarle el arma de la mano, ella comprobó la funda con la práctica de quien ha atado cordones con guantes, y la colocó con rapidez en la cadera; ajustó la correa con un movimiento seco y eficaz.

Lucas vio cómo la pistola quedó asegurada contra su costado.

La mano de Lucas se alzó, y con el último resto de fuerza empujó la hoja más adentro, hasta que la piel de Clara la sintiera. Respiró y juntó las palabras que quedaban.

—No puedo guiarte, Clara. No esta noche —la voz fue un hilo—. Llévate el mapa. Llévate mi arma. Corre.

Clara metió la mano en la abertura de la parka, hundió los dedos en el bolsillo interior y empujó el mapa hasta donde él pudiera sentir la firmeza, y con la otra mano apretó una última vez la funda de la pistola.

En la luz turbia que filtraba la ventisca, su perfil era el de alguien que había elegido sostener un arma como promesa.

Las costillas le dolían en una sincronía nueva y peligrosa; le costaba sostener la cabeza. Hizo un esfuerzo por sonreír, por alentar. Pero los músculos no le obedecieron.

—No voy a dejarte —murmuró ella.

Apenas oyó la frase; la percepción era un filtro demasiado grueso, pero la entonación llegó como un golpe. Lucas, que había hecho juramentos de otra clase a hombres que no volvieron, notó cómo algo se le rompía y se recomponía al mismo tiempo.

Intentó incorporarse, buscó con la vista la hendidura que usarían para arrastrarlo hasta un rincón más profundo; la nieve le quemó cuando la lengua le rozó los dientes. Notó un ruido a lo lejos —pasos que retomaban su orden— y el frío le inyectó una prisa nueva.

Con la mano que aún le respondía, apoyó la palma contra la nieve para fijar la respiración, y miró a Clara con lo que le quedaba de autoridad.

—Si te llamo, corres. Tres golpes. No te detengas.

Ella no contestó con palabras. Sus dedos rozaron los de él, y en ese roce Lucas sintió la gravedad de la elección. El zumbido en la cabeza se volvió más insistente; la visión le ofrecía manchas y, entre ellas, la imagen de Clara alzándose, firme, con la nieve pintada en sus botas.

La sangre le pesó como una segunda piel.

La respiración se le hizo tan corta como una cuerda a punto de romper.

En la hondonada, a medio metro de su cara, Clara aferró el mapa con unas uñas blanquecinas.

Lucas cerró los ojos un instante, y al abrirlos encontró en su rostro la promesa que no había formulado.

Un crujido le llegó desde la línea de árboles —un sonido seco, demasiado cercano— y, antes de que la fuerza lo abandonara por completo, aspiró una última vez, sintiendo el frío como una urgencia fina, y dejó que la oscuridad comenzara a recubrir los bordes de la escena, con Clara a su lado sosteniendo el mapa y la pistola.