Capítulo 11Fuego cruzado en la penumbra #3
El dolor se hizo cómplice de la claridad: la sangre le inundó la boca con un sabor metálico y la mano que tenía libre se cerró sobre la herida con una furia instintiva.
Aun así, mandó otra ráfaga, más larga, por puntería y vientre de roca.
Vio un cuerpo abatirse, no como una conclusión sino como una interrupción de la geometría del asedio; alguien gruñó, rodó y dejó de usar la voz que había marcado coordenadas.
Respiró con violencia. Un centímetro de mundo se le vino encima: la piel pegada a la costilla, la sangre caliente que le empapaba la manga, el ruido del disparo resonando dentro del pecho como una campana hueca.
La ráfaga había servido: el tirador que apuntó a Clara se había movido lo suficiente para que la línea de puntería se perdiera y el peligro, por el momento, se tornara inmovible.
La gravedad le robó piernas y orden. Sintió la rodilla ceder como una cuerda que se corta; intentó sostenerse pero el mundo se le dobló en el costado herido y la respiración le vino en saltos rasgados.
Agarró el rifle con manos ennegrecidas por hollín y sangre y comprobó que el cargador aún tenía otras rondas; el instinto trazó el siguiente paso antes de que la conciencia terminara el cálculo.
Clara jadeó detrás de él, un sonido corto que no podía descifrar en la niebla que filtró el golpe.
No trató de ver su rostro, porque lo único que importaba era el mapa pragmático: la entrada del corredor, la hendidura que los protegía, la dirección en la que habían venido.
Intentó arrastrarla con un brazo, recogerla y ganar la hondonada que el terreno ofrecía como refugio.
Sus manos, sin embargo, le respondieron con lentitud traidora; la sangre le hacía de glacis, y la temperatura de su cuerpo se tambaleó entre calor y adormecimiento.
Un sonido metálico le dio nueva alarma: pasos apresurados, no demasiado lejos, recompuestos por la confusión del viento y la niebla, voces amortiguadas que buscaban a tientas.
Sabía que la promesa de actuar de los suyos no se conformaría con una baja; reorganizarían, volverían a cerrar el anillo.
Si no salían de allí pronto, la montaña aprovecharía su inmovilidad para convertirlos en presa.
La mente le trazó, por impulso, las dos opciones simples: sostener aquí y convertir la cabaña en tumba o moverse y comprar tiempo.
Se inclinó hacia delante, sintió el hielo introducirse como pequeños punzones por la muñeca que sujetaba el rifle; el peso de la ropa le apretaba la respiración.
Miró a Clara en busca de respuesta y en ella no buscó consuelo, sino la orden mínima que habían pactado durante las horas de vigilia: seguir la traza.
—Sigue mi traza —murmuró, la voz rota por la costilla, apenas una instrucción del tamaño de una promesa. No había jalones de afecto en la frase; había trabajo, y en el trabajo la esperanza de salir.
Creyó verla inclinar la cabeza y aferrarse al tejido de su chaqueta con las mismas manos que le habían apretado antes la muñeca; su sujeto, su ancla, su deber solidificó en un solo acto: él le deslizó la pistola pequeña, la compacta que guardaba en la anilla del chaleco, y, con la otra mano, le buscó el mapa táctico que sobresalía arrugado del bolsillo interior.
La sangre le enfrió los dedos; la letra en el papel le pareció distante y borrosa, pero la estructura del plan seguía allí, indeleble.
Notó, en el gesto de soltar el arma, que la visión se estrechaba en un túnel rojo: los bordes del mundo se desdibujaban y el centro se pobló de luz y ruido.
El zumbido en la oreja se volvió un martillo que marcaba cada latido como si fuera la cuenta regresiva.
Aun así, la capacidad de juicio, esa costumbre militar que era parte de su sangre, le permitió ordenar una última cosa: cubrir con la mano la boca de Clara para que la respiración no lastrara la huida y señalar con la barbilla una rendija hacia abajo, a una hondonada que conocía por los mapas y por la memoria abrasada de las rutas.
Apretó la culata una vez más, como si el gesto pudiera puntear la conciencia, comprobó que el cargador seguía fijo y, con la voz que aún le quedaba, añadió: —Corre.
El aire fuera respondió con un aullido y en ese ruido el panorama se cerró a la imagen que siguió: veía el punto rojo del láser clavado en la blancura, la línea de humo en los disparos que había hecho, y justo más allá, la sombra del tirador cayendo como un trozo de realidad que ya no volvía a levantarse.
La última visión nítida antes de que la fuerza lo abandonara por un momento fue la cara de Clara, encajada en una determinación que no le pertenecía a él por completo.
La orden de huida quedó suelta en el aire cuando la bala le abrió un hueco en el costado y la fuerza le abandonó de golpe.
Las piernas se le aflojaron como si alguien hubiese cortado cuerdas invisibles; luego vino el tirón frío, la conciencia que se comprimía en un punto y la nieve que se acercaba, dura y blanca, desde todos los lados.
No tuvo tiempo para medir el miedo; su mundo se redujo a un sabor ácido de hierro en la boca, a un zumbido que le taladraba la sien y a las fibras de la ropa pegadas a la piel por la sangre.
Un flanco entero dejó de obedecerle; la respiración se volvió un trabajo seco y nuevo.
Intentó empujar con la palma, buscar la roca, desplegar la disciplina que le sostuvo en otras noches, y encontró en su lugar una flojedad que lo sorprendió por su traición.
El fusil, apoyado contra una roca a un brazo de distancia, quedaba aún a su alcance.