Bajo la nieve de cristal Capítulo 3El cerco de hielo
13%

Capítulo 3El cerco de hielo

El cerco de hielo

Clara Méndez

La luz que entró por la ventana de la cocina era de un gris sin matices, como si la mañana hubiera sido exprimida.

Un crujido rítmico en el marco, un golpecito sordo del mobiliario, repetía dentro la monotonía de la tormenta.

Clara se quedó un instante observando la cortina donde la nieve golpeaba con insistencia, una lluvia fina de cristales que convertía la silueta de los pinos en manchas móviles.

Se incorporó despacio; los músculos le protestaron, todavía entumecidos por la noche y por la vergüenza de no recordar todos los pasos hasta la cabaña.

El calor de la chimenea hacía que el aire a su alrededor temblara como un espejismo, pero cada inhalación volvía fría al entrar en contacto con su garganta.

Buscó el teléfono en el bolsillo interior de la parka que Lucas había colgado en la percha.

Sus dedos se movieron con torpeza, las yemas entumecidas por horas a la intemperie.

Encendió la pantalla; el brillo azulado y débil parecía ajeno a la madera y al carbón del cuarto.

Escribió con la punta del pulgar, como si las teclas fueran objetos frágiles, y al deslizar el dedo hacia la barra de estado vio lo que ya sospechaba: "Sin servicio".

Reinició el terminal con una rutina mecánica —apagado, extracción de la tarjeta, espera— y volvió a ponerlo en marcha.

Nada. La barra seguía vacía. Probó una llamada; la línea no llegó a marcar.

Tensó la mandíbula, contando mentalmente las posibilidades.

La tormenta tenía sus propias leyes: la nieve no sólo borraba huellas, borraba voces.

Clara dejó el teléfono sobre la mesa y lo miró como quien mira una llave que ya no abre puertas.

Del otro lado de la cocina, Lucas ya había encendido un tazón de metal con café y lo apretaba entre las manos como si buscara un punto de apoyo.

No hablaba; movía la cuchara con la serenidad de quien ordena el mundo a su medida.

Clara se acercó, la espalda contra el respaldo de una silla, y dejó que el olor amargo del café se mezclara con el humo.

Tendió la mano hacia la radio de onda corta que reposaba en la estantería alta.

Giró la perilla con cuidado; el dial respondió con una chispa de estática que se disolvió en el silencio.

Sintonizó, subió, bajó. La radio escupió unos segundos de ruido metálico, un hilo que no se afirmaba en ninguna frecuencia útil, y luego se apagó en una mudez que sonó más grave que cualquier estática.

Clara apretó los dedos contra el plástico frío de la carcasa.

—No hay nada —dijo Lucas, sin levantar la vista de su taza—, sólo estática y luego se queda mudo. Su voz era plana, diagnosticando hechos.

Clara presionó la radio contra su oído. El aparato no ofrecía más que un murmullo apagado, la voz de una tormenta dentro de un altavoz.

Recordó las anotaciones en su cuaderno: la tormenta ganando en las horas de la madrugada, la caída de las temperaturas, la posibilidad de que cualquier línea aérea quedara inutilizada por el hielo.

Buscó con la mirada la antena exterior desde la ventana; la visibilidad era mala, pero distinguió un trazo oscuro que pendía en ángulo contra el techo.

Algo colgaba torcido, cargado por el peso del hielo.

Lucas se levantó y salió al porche sin avisar, la puerta abriéndose con un suspiro que la nieve tragó al instante.

Clara se quedó junto a la mesa y, por un momento, volvió a sentir la urgencia de la fría cornisa del Mirador: el olor a queroseno, las pisadas rápidas, el temblor del cuerpo de Tomás antes de caer.

No trajo esas imágenes a palabras; las guardó como se guarda una muestra en alcohol.

Su mirada se volvió al cuaderno que estaba sobre la mesa, cubierto con una toalla húmeda; la tinta borrosa, los números que aún eran capaces de gritar una verdad.

Cuando Lucas regresó, la nieve había convertido su gorra en una costra blanca y el pantalón colgaba de pequeñas hebras heladas.

No dijo nada sobre haber visto huellas; dejó la puerta entreabierta apenas un rato, con el aire cortando la cocina, y se secó las manos en la parte gruesa del forro.

Caminó hasta la ventana y, con el índice, apartó una escarcha que formaba una ventana mínima.

Clara se acercó para mirar por la ranura.

La antena se veía mejor: el mástil inclinado, la línea de cable tirada como una lengua que alguien hubiera roto desde abajo.

Había, en el remate, un brillo distinto, como un corte limpio entre la cuerda y el poste.

—Se ha ido la antena —dijo Lucas, y por primera vez sonó la duda en su voz—, o alguien le ha hecho el trabajo; está rota.

Clara fijó la mirada en la zona del corte.

El hielo la hacía parpadear: en la nieve que colgaba del mástil, pequeñas astillas oscurecían la luz como si alguien hubiera marcado el contorno de una mano.

La mente científica de Clara filtró datos, buscando probabilidades: el peso del hielo era suficiente para derribar una antena mal sujeta, pero la línea parecía cortada, no doblada.

—¿Podría haberla vencido el viento? —preguntó ella, midiendo la pregunta.

Lucas apoyó la palma contra el marco de la ventana, sin mirarla directamente. —Puede. También puede haber sido intencionado.

Clara notó cómo el pecho le apretaba, esa sensación de un animal que se encoge hasta hacerse pequeño.

Con las manos algo temblorosas, tomó el teléfono otra vez.

Consultó en la aplicación las últimas posiciones conocidas de las antenas de la región: nada.

La pantalla ofrecía mapas desprovistos de señal, puntos grises donde debía haber líneas.

Era un vacío cartográfico que tenía la misma sensación que la mirada de Tomás.

Miró a Lucas y percibió, en la manera en que él volvió a sentarse, la misma resolución contenida que la suya.

No estaban en desacuerdo; estaban registrando la misma conclusión por vías distintas.

Fuera, la tormenta ponía un techo de hielo sobre cualquier ruta de escape; dentro, las paredes no eran sólidas frente a manos decididas.

Clara se obligó a respirar con más lentitud, a empujar la ansiedad hacia la periferia de su pensamiento.

—Sin móvil, sin radio —murmuró, como una comprobación—. Entonces no recibimos ayuda.

Lucas asintió una vez. Ella no necesitó saber qué pensaba más allá de eso; su propia cabeza ya había calculado las implicaciones: cada hora sin comunicación era una hora en la que el único auxilio dependía de su ingenio y del de Lucas.

Observaron juntos la ventana donde la nieve seguía marcando su propia música sorda.

Clara apoyó los codos sobre la mesa y dejó que la palma de la mano rozara el cuaderno; el papel húmedo le recordó que tenía en él al menos la memoria de lo que había visto.

Se preguntó en silencio cuántas maneras tenía la soledad para transformarse en amenaza.

Pensó en la lista de cosas que debía comprobar: agua, gasolina del generador, provisiones, trampas.

Pensó en la radio colgando, en la antena que alguien o algo había dejado marchita.

Por primera vez desde que había llegado al Mirador, la evidencia de su trabajo no fue sólo un hallazgo científico; era un motivo para que otros vinieran y la encontraran.

La cocina parecía más pequeña cuando Clara se levantó y cerró la puerta tras ella con el gesto de quien intenta sellar un cuarto contra el frío y contra ideas que se mueven como presagios.

La madera de la puerta no ofreció más seguridad que su sonido.

Volvió a la mesa, miró el teléfono, la radio, la ventana; ordenó los elementos con la mirada hasta que le parecieron herramientas en vez de objetos de deseo.

Afuera, la tormenta apretó el mundo; adentro, la cabaña formó una isla que no iba a recibir cartas ni medicinas ni luceros de ayuda.

Estaban solos.

La silla chirrió cuando se incorporó. Al sentarse, recogió el cuaderno de la mesa y lo apretó contra el costado.

Clara dejó la palma sobre la madera húmeda; el frío de la noche se prolongaba por el grano.

El cuaderno bajo su brazo rezumaba tinta corrida, olía a nieve derretida y a lo que quedaba de su respiración en la madrugada.

Contó en silencio las cifras anotadas en trance nocturno: coordenadas, tiempos, pH, descripciones en letra apretada que aún le quemaban en la yema de los dedos.

—Muéstramelo —pidió Lucas desde la silla opuesta—, la taza de café sostenida entre las palmas como protección.

Clara deslizó el cuaderno hacia él sin dejar de mirar la mancha de tinta en la esquina.

Había dibujado el Mirador con la mano temblorosa, el cobertizo, la caída de roca y, al pie de todo, dos manchas circulares sombreadas con rapidez.

Señaló con el índice, la uña marcando la línea: "Muestra 4" —y, junto al número, la lectura en tiras de pH: 5,1.

Bajo esa cifra, en mayúsculas en su nota: Posible hidrocarburo.

—El suelo allí no tiene el pH que corresponde a esta altitud —explicó Clara—.

En una ladera acidófila como la del Mirador esperas valores entre 6 y 7.

Bajó al 5 y la comunidad de líquenes muestra estrés.

Cuando además ves una película aceitosa en el hielo y un olor a queroseno… no es un accidente. Es vertido.

Dejó que los términos científicos ocuparan el espacio.

Sacó de la solapa un papel plastificado con un mapa burdo: trazos en rojo donde había marcado cursos de agua efímeros, depresiones que concentraban escorrentías y el antiguo camino de servicio que subía en zigzag hasta la cantera.

En uno de los trazos, una marca punteada: el punto más probable de salida de un ducto clandestino.