Capítulo 2El ermitaño de la Cabaña de Piedra #4
El hierro golpeó la madera del suelo; ella lo movió en un barrido defensivo.
Lucas dibujó la trayectoria con el cuerpo y, con una sola mano firme, atrapó la muñeca que lo empuñaba.
Un control que anuló el impulso sin romperlo, el giro justo para destinar la energía a la mano de él.
La barra de hierro cayó a un lado y quedó en su regazo.
La otra mano de Clara buscó, en vano, un segundo asidero; el vendaje en su dedo sangraba todavía bajo la luz roja de las brasas.
—Muy brusca —dijo Lucas—. Baja la mano.
Clara tosió, el aire le salió áspero y comenzó a hablar con palabras cortadas que el viento podría haber robado. No lo hizo. Lucas escuchó sílabas rasposas: «hombres... mirador... ella...» No entendió nombres completos.
—¿Quién te sigue?
La respuesta fue una exhalación, un intercambio de consonantes y negaciones. Lucas aflojó la presión en la muñeca lo justo para comprobar que no buscara arrancarse la manta; sus dedos tocaron la tela mojada del cuaderno bajo la chaqueta. No lo abrió.
Clara retrocedió un paso, los hombros tensos, la mandíbula castañeteando. Su mirada osciló entre el fuego y la pistola sobre la mesa. Lucas mantuvo la mano sobre el atizador. Sus ojos, acostumbrados a leer microgestos en rostros de hombres en combate, buscaron señales.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó, señalando con la barbilla el bulto que reposaba bajo su ropa—. ¿Documentos, pruebas... qué es?
Clara articuló algo que sonó a «pruebas», pero la palabra se deshilachó. Lucas no tenía pruebas, solo la evidencia inmediata de persecución: corte limpio en la mano, hilo sintético azul en la manga, olor a queroseno en la ropa y las huellas que habían quedado fuera del porche. Números y patrones.
—¿Te dispararon? —preguntó, pivotando hacia lo práctico—. ¿Respiras? ¿Te duele en algún sitio que no sea el frío?
La pregunta le dio a Clara un resquicio de humanidad: su boca se torció, intentó negar, pero la respiración le delataba. Lucas deslizó la mano libre hasta las botellas calientes que había reacomodado y señaló la más tibia sin hablar. No la ofreció.
—No bebo —murmuró ella con voz áspera—. No podemos confiar...
No terminó la frase. Lucas dejó el atizador a un lado y lo colocó entre ambos, palpable y frío ahora, fuera de su alcance inmediato. Tomar distancia de un arma y, al mismo tiempo, ofrecer lo indispensable para mantener la posición de poder sin quebrarla.
—Esto no es confianza —dijo él—. Es supervivencia. Tú no sales de aquí hasta que yo sepa dos cosas: quién te busca y qué llevas. Lo segundo lo guardo en la mesa, no en mi bolsillo.
Clara apretó los dientes. Su mano izquierda, vendada, se cerró en torno a la manta. La debilidad le impedía sostener una lucha; la determinación le pedía no rendirse.
—Si me mientes, te esposaré —añadió—. La frase era limpia como una herramienta. Y, si traes problemas adicionales, te pongo donde no puedas ser usada como cebo.
No prometió misericordia ni juicio, solo consecuencias. Clara frunció el ceño; el pulso se le marcó bajo la piel. Había en su rostro la mezcla de rechazo y cálculo propio de quien sabe que la negociación nació de la obligación. Lucas no sonrió.
Ella carraspeó y dijo su nombre, lento, como si el sonido necesitara asentarse en la madera del cuarto: «Clara Méndez». Lucas lo anotó mentalmente sin sorpresa. Era un nombre humano en medio de la noche.
—Clara —repitió él—. ¿Desde dónde vienes ahora?
—Del mirador —contestó ella—. Vine a... recoger muestras.
La respuesta fue simple, con una economía que la hacía más o menos creíble. Lucas no había estado en el mirador. Podía creer o no. Sus preguntas no buscaban confirmar un héroe; buscaban minimizar riesgos tácticos.
—¿Vino gente armada tras de ti?
Ella asintió con la cabeza, tan leve que el gesto fue casi imperceptible.
Lucas, entonces, hizo lo que no había hecho antes: apartó la chaqueta de ella con la misma delicadeza con que se retira una manta de una herida.
No buscó registros íntimos, solo el cuaderno que todavía protegía bajo la tela.
Lo extrajo con cuidado y lo dejó sobre la mesa, a la vista de ambos, sin abrirlo.
—Lo voy a dejar aquí —dijo—. Si intentas esconderlo, le prenderé fuego. Si lo abres y me engañas, lo mismo. ¿Entendido?
El silencio respondió; las brasas se llevaron un trozo de la conversación y devolvieron otra luz más roja. Lucas observó a Clara: la mandíbula apretada, los ojos que intentaban recomponer el foco, el temblor que no era solo por el frío. No era momento de concesiones emocionales.
Se sentó de nuevo en la silla que había ocupado horas antes, mantuvo la mano sobre la pistola pero sin desplegarla. Colocó el atizador en el suelo, a un brazo de distancia de la mujer, y dejó la manta sobre los hombros de ambos, sin separar el gesto de su vigilancia.
Ella no saldría; él no le quitaría la vida; ella hablaría cuando pudiera.
Empezarían por lo básico: qué vieron y quiénes eran.
Y si ella no hablaba, no comería nada hasta que lo hiciera.
La cabaña quedó, durante unos minutos, en la estrecha pausa que antecede a una elección.
Afuera, la tormenta aulló. Dentro, el fuego clavó su luz en la madera.
Con la evidencia a la vista y las manos de Clara descubiertas, la tregua quedó establecida.