Bajo la nieve de cristal Sangre en el Mirador de Cristal #2
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Sangre en el Mirador de Cristal #2

El hombre de Vance revisó los bolsillos de Tomás con movimientos metódicos; los guantes de cuero crujiendo al abrir la tela. Clara observó los detalles: la costura reforzada de la parka, el cierre de alta resistencia. No eran furtivos. Eran profesionales.

—Tú nos has fallado —dijo el más joven, impaciente.

Tomás alzó las manos, no en señal de rendición, sino como quien ofrece un testimonio al viento.

—No tengo nada que darles —dijo—. Si buscan pruebas, miren las aguas del sur. Saben dónde están.

La decisión llegó sin aviso. El hombre de la insignia sacó una pistola con la misma naturalidad con la que un botánico abre un frasco de muestras.

El metal brilló un instante antes de que el supresor ahogara el disparo.

El cuerpo de Tomás se desplomó sobre la nieve, como si la montaña lo reclamara en silencio.

Los hombres actuaron con la precisión de una máquina bien engrasada: limpiar, registrar, asegurarse.

Revisaron el abrigo de Tomás, abrieron los compartimentos, examinaron el paquete que había llevado contra el pecho.

El que había disparado se quedó un momento más, observando el paisaje como si quisiera memorizarlo.

Luego se volvió hacia los demás con la misma calma con la que había llegado.

Clara no respiró hasta que las botas se perdieron en la niebla. El corazón le latía con la regularidad de un metrónomo, cada golpe una ecuación: cuaderno, fotos, vial. Si la encontraban, todo desaparecería bajo la etiqueta de un «accidente».

Los hombres se dispersaron, borrando sus huellas con la misma meticulosidad con la que las habían dejado.

Un guante se apoyó en la baranda; alguien ajustó la funda del arma.

Cuando la puerta del mirador crujió por segunda vez y el silencio volvió a adueñarse del lugar, Clara se movió como una sombra, tanteando la madera con las yemas de los dedos.

Al salir, la imagen del cuerpo de Tomás se le grabó en la retina, una mancha oscura sobre la nieve blanca.

No pensó. Calculó. Midió la distancia hasta la rampa, el ángulo de la pendiente, la densidad de la niebla.

Un crujido bajo su bota la paralizó. El sonido fue mínimo, pero en el silencio absoluto resonó como un disparo.

El frío le recorrió la espalda, helado y eléctrico.

Ya no bastaba con esconderse. Ahora tenía que correr.

El pie izquierdo de Clara se hundió en la nieve con un crujido seco, como si la rama congelada bajo su bota hubiera esperado años por ese instante.

El sonido rasgó la quietud del bosque, nítido y definitivo.

No hubo tiempo para maldecir. A sus espaldas, una voz cortó el aire con una orden en español, breve y profesional.

Las huellas de los mercenarios se reordenaron en la nieve, un motor de pasos que cobraba vida.

Corrió sin mirar atrás. El sendero se desvaneció entre los pinos, donde la penumbra se espesaba como una pared.

Allí, la nieve amortiguaba el sonido, pero cada paso era un castigo: hundirse, emerger, avanzar.

Optó por la invisibilidad. Sus movimientos se volvieron precisos, calculados, como cuando seleccionaba muestras bajo el microscopio.

El aire le quemaba la garganta, cargado de resina y un rastro químico que no pertenecía al bosque.

Creosota. Combustible. La conexión fue inmediata: aquellos hombres no solo cazaban; borraban pruebas.

Una rama le azotó el rostro al agacharse.

El guante no bastó para protegerla, pero el gesto la mantuvo en línea.

Se refugió tras un peñasco cubierto de escarcha, pegándose a la roca hasta que la nieve le cubrió las botas.

En la huida, la mochila había quedado atrás.

Tanteó la correa del bolso: la hebilla colgaba, cortada.

Algo se había enganchado en la maleza. Un tirón seco, un raspón de tela, y su silueta quedó expuesta contra el tronco por un segundo que se alargó como una eternidad.

—Ahí.

La voz llegó demasiado cerca. Un susurro mecánico respondió, indiferente al sigilo.

Los disparos llegaron después, no en ráfaga, sino con precisión quirúrgica: piernas, hombros, vida.

El primer proyectil levantó una nube de nieve a un metro de ella.

Se pegó al peñasco, pero el daño ya estaba hecho.

La correa de la cámara se soltó, y los viales de muestras cayeron en cascada, un tintineo metálico que resonó como una campana.

Uno de los hombres encendió una linterna.

El haz barrió el bosque, iluminando troncos y hojas, y por un instante iluminó el borde del cuaderno que asomaba bajo su abrigo.

No hubo tiempo para lamentar. La cámara rebotó cuesta abajo; el vial con el aceite raro estalló en la nieve, dejando una mancha oscura que se extendía como tinta.

Apretó el cuaderno contra su costado, sintiendo la portada húmeda y la flor de escarcha dibujada en una esquina.

Era un gesto instintivo, casi ritual: conservar lo único que podía probar la verdad.

Arrancó de nuevo, zigzagueando entre los árboles.

La montaña le ofrecía atajos, grietas, bolsillos de sombra que conocía como las venas de sus propias manos.

Se deslizó tras un abeto cuyas ramas colgantes cortaban el viento, raspando la parka contra la corteza.

Un segundo disparo le quemó el aire con olor a pólvora.

Una astilla de corteza saltó junto a su rostro.

Un haz láser le marcó el pecho antes de perderse en la oscuridad.

Sintió un rasguño en el antebrazo; la tela cedió, dejando una línea de sangre que ardió con el frío.

Calculó en segundos. Bajar la ladera la expondría; subir, la convertiría en un blanco contra el cielo.

Optó por un ángulo oblicuo, hacia una hondonada donde el viento convertía el eco en un aliado.

Allí, la nieve compacta obligaría a sus perseguidores a delatar cada paso.

Si llegaba primero, podría cruzar una rama caída y borrar sus huellas en la contrapendiente.

Un tercer disparo la obligó a rodar. La nieve le llenó la manga, empapando el guante.

Se arrastró hasta encontrar una rama seca, la partió con un gesto preciso y la dejó sobresalir en la pendiente como señuelo.

La figura de un mercenario apareció en lo alto, rifle en mano.

Clara lanzó la rama hacia un matorral seco.

El golpe resonó. El haz de la linterna giró hacia el sonido falso.

Se incorporó como un animal asustado y se refugió en el hueco de un tronco caído.

Dentro, la oscuridad era casi absoluta. Se pegó a la madera húmeda, conteniendo la respiración hasta que las costillas le dolieron.

Afuera, voces y pasos. Un haz de luz pasó a escasos metros, lamiendo el tronco.

Alguien tanteó la base, como si la madera pudiera abrirse.

Un disparo astilló el tronco junto a su hombro, llenándole la cara de virutas.

El plan ya no era llegar al laboratorio. Era respirar.

La tormenta se acercaba, un rumor sordo que traía el viento.

Clara lo reconoció: la niebla y la nieve serían sus aliadas.

Se arriesgó a moverse, deslizando el cuaderno más profundo en el abrigo.

La portada dejó una mancha oscura en sus dedos.

Salió del tronco como una sombra y corrió hacia la penumbra, llevando consigo el único testimonio de lo que había visto.

Una ráfaga tronó tan cerca que la nieve le tapó la boca. La caza había comenzado.

Salió del tronco como una sombra y corrió hacia la penumbra, llevando consigo el único testimonio de lo que había visto. La caza había comenzado.

La ventisca la recibió como una mano que empuja; la nieve le golpeó la cara en latigazos, cerrándole los ojos con cristales invisibles.

Los pasos detrás de ella resonaban, a veces cerca, a veces tragados por el rugido del viento.

Clara inclinó el cuerpo hacia adelante y contó cada zancada como si fueran repeticiones de un protocolo: mantener el ritmo, conservar energía, no mirar atrás.

El cuaderno húmedo pesaba contra su costado, la portada pegada al torso por la humedad, y en la esquina el dibujo de la flor de escarcha había quedado emborronado por la nieve derretida.

Lo apretó como quien sujeta una evidencia en la sangre.

Las botas se hundían, luego se clavaban en placas inestables.

Una ráfaga la despeinó, arrancando la braga de su cuello y obligándola a protegerse con el antebrazo.

Los dedos, entumecidos, perdían la precisión; el cierre del guante izquierdo ya no respondía con rapidez cuando trató de ajustar la capa.

El frío subía en oleadas: primero hormigueo, después torpeza, y luego una calma traicionera que la empujaba a pensar en sentarse, en cerrar los ojos un momento.

Se mordió la lengua hasta que el dolor la devolvió al borde del control.

Intentó orientarse con lo que la montaña le ofrecía: la curvatura del terreno, la inclinación de la nieve contra los árboles, la dirección del viento en los pinos.

Cada indicio se desdibujaba en segundos; la tormenta reescribía el mapa bajo sus pies.

Recordó — con la exactitud de quien ha medido raíces y musgos — que las cornisas y las hondonadas suelen formarse siguiendo las corrientes de aire.

Buscó una depresión que amortiguara el azote del viento, una pared de roca donde el azote descendiera.

El cuerpo le pesaba el doble. Coordinó la respiración: dos inhalaciones breves y un soplo largo.

La lengua se le pegó al paladar; el sabor metálico de la sangre de la mordedura le supo a advertencia.

A cada minuto las palabras se le hacían más costosas.

La noción del tiempo, que en el laboratorio era una herramienta precisa, aquí se volvió un tejido roto: minutos que se estiraban, pasos que se convertían en horas.