CAPÍTULO 25
El Viaje
GREG
La noticia me llenaba de orgullo, pero también de incertidumbre. Aquel viaje tenía un propósito muy distinto: evaluar la posibilidad de regresar a Nueva York. Me esperaba una reunión con mi antiguo jefe y una oferta laboral que, sobre el papel, resultaba sumamente atractiva.
Si las condiciones eran tan buenas como parecían, podría trabajar menos, ganar más y aspirar a una casa con las mismas comodidades que teníamos en Blue Ridge; con un poco de suerte, también estaría libre de sombras, conflictos y todo lo que habíamos vivido allí.
No tendría a la familia cerca, pero la experiencia me había demostrado que la proximidad tampoco garantizaba nada.
Mi relación con Ely era prácticamente inexistente y la de Georgina con el resto de la familia se había deteriorado hasta extremos difíciles de comprender.
Apenas hablaba con mis padres. Su transformación había sido tan radical que costaba reconocerla.
Siempre había creído que la verdad rara vez era absoluta y que cada persona observaba la realidad desde su propia perspectiva.
Por eso procuré escuchar a todos los involucrados antes de sacar conclusiones.
Esperé que Ely me buscara para explicarme su versión de los hechos y, aunque tuvimos ocasión de hablar en la oficina, sus argumentos resultaron desconcertantes.
Hablaba como si habitáramos realidades distintas y repetía que ya no tenía nada que hacer porque yo jamás abandonaría a Valerie.
Según Ely, Valerie me había convertido en una persona incapaz de respetar a su propia hermana o de preocuparse por su bienestar, y había arrastrado a mis hijos por el mismo camino.
No parecía importarle que Jason hubiera intentado hacerse daño ni el grave episodio médico que sufrió Valerie.
Para él, todo se reducía a nuestro supuesto egoísmo.
Lo más revelador fue escucharlo lamentarse porque yo ya no era el mismo de antes.
Decía que había perdido la humildad, que cuando apenas tenía para comer eran él y Natalie quienes me tendían la mano, y que ahora, como ya no los necesitaba, tampoco valoraba su amistad.
Llegó incluso a afirmar que antes siempre estaba a su lado y que ahora apenas lo llamaba para felicitarlo en su cumpleaños.
Aquellas palabras me hicieron comprender muchas cosas de golpe. ¿De verdad me estaba reprochando haber dejado de depender de él y de seguirlo a todas partes como cuando éramos universitarios?
Durante años soporté pequeñas humillaciones disfrazadas de amistad, desprecios que nunca comenté con nadie, ni siquiera con Valerie.
Cuando ella llegó a mi vida, todo eso quedó atrás.
Fue Val quien me enseñó a reconocer mi propio valor y a entender que podía aspirar a mucho más de lo que otros esperaban de mí.
—Si te hubieras quedado con Mariana, hoy no estaríamos así —dijo entonces.
Mariana era su prima. Salí con ella algunas veces y llegué a sentir algo por ella. Nunca fui correspondido. Su interés aparecía únicamente cuando quería que gastara el poco dinero que tenía en regalos o entradas para conciertos. Ellos lo sabían perfectamente.
¿Cómo pude ser tan ingenuo? ¿Cómo llegué a creer que todas aquellas personas eran realmente mi familia, mis amigos?
Tal vez porque, cuando Ely viajaba y se alejaba de Natalie y de su entorno, todo era distinto.
En esos períodos compartíamos momentos genuinamente buenos.
Incluso llegué a preguntarme si Beth tenía razón cuando le habló a Valerie sobre algún tipo de influencia extraña.
Después de todo lo que había visto y experimentado en casa, ya no descartaba nada.
Aterrizamos en Nueva York con una determinación clara: no fijarnos en las razones que nos habían llevado a marcharnos años atrás. Queríamos contemplarla con la misma fascinación de la primera vez; la ciudad de Central Park, del MET, de la Catedral de San Patricio y del Empire State Building.
Durante el trayecto en taxi procuramos observar el bullicio con otros ojos.
Habíamos aprendido a detenernos, a prestar atención, a no dejarnos arrastrar por la velocidad de todo lo que nos rodeaba.
Valerie sonreía sin cesar, y los chicos parecían contagiarse de esa misma alegría.
Yo sabía por qué. Era como si compartiéramos un secreto que el resto de las personas allí desconocía. Y, en cierto modo, así era.
Al entrar en el hotel y ver a los empleados correr de un lado a otro detrás de huéspedes que hablaban por teléfono, consultaban relojes o caminaban apresurados hacia algún compromiso, comprendí con absoluta claridad una de las cosas que ya no quería para mi vida.
—Algunas cosas nunca cambian —comentó Julie.
—Es como estar dentro de una película —señaló Jason—. Todos corren contra el tiempo sin darse cuenta de lo que tienen a su alrededor. Es una lástima.
—Lo es, mi amor —coincidió Valerie, después de que la recepcionista nos dijera por tercera vez que enseguida nos atendería.
La vista desde la habitación era espectacular. Aunque había vivido allí durante años, sentía que nunca había contemplado la ciudad de aquella manera. Ni siquiera cuando nos mudamos por primera vez. Aún me estremecía observarla.
Cuando por fin terminamos de instalarnos, ya era hora de almorzar.
Resultaba increíble pensar que habíamos aterrizado a las nueve y media de la mañana.
Solo llevábamos equipaje de mano y el hotel se encontraba relativamente cerca del aeropuerto; sin embargo, entre el tráfico, las demoras y la espera para acceder a una habitación que habíamos reservado desde la noche anterior para evitar el horario oficial de ingreso habían transcurrido más de tres horas.
La idea era aprovechar la mañana para recorrer un poco la ciudad antes de mi reunión de las cuatro de la tarde, así que optamos por almorzar cerca de mi antigua oficina, evitando que el tráfico de Nueva York arruinara la puntualidad que tanto me había costado recuperar.
Sin proponérselo, la ciudad terminaba arrastrándote a aquello de lo que intentabas escapar.
Había que modificar planes constantemente o calcular cada movimiento con precisión para lograr cumplir lo previsto.
Mientras avanzábamos por sus calles, comprendí que no quería volver a vivir así.
Lo pensé incluso antes de mi reunión, aunque preferí guardármelo.
Después de todo, había sido yo quien insistió en hacer aquel viaje, y no quería condicionar la opinión de Valerie ni de los chicos.
Llegué a la oficina sin recordar un detalle importante: Arnold jamás había sido puntual.
Valerie y los niños habían acordado esperarme para visitar la Catedral de San Patricio, aprovechando que era su festividad y que, por su ascendencia irlandesa, ella sentía un cariño especial por esa tradición.
Sin embargo, tuve que escribirles para que fueran sin mí.
Arnold apareció poco antes de las cinco de la tarde y enseguida nos dirigimos a una sala de conferencias. Bastaron unos minutos de conversación para comprender que aquella oferta no incluía nada parecido a trabajar menos.
—En teoría, solo tendrás que venir a la oficina los lunes, miércoles y viernes. El resto de la semana podrás trabajar desde casa. Tendrás más tiempo para tu familia —dijo.
Como si el trabajo remoto no siguiera consumiendo tiempo.
—Cuando hablas de trabajo desde casa, ¿de cuántas horas estamos hablando? —pregunté.
—Entre seis y ocho diarias, dependiendo del proyecto.
Sonreí para mí mismo. Ya tenía la respuesta que necesitaba.
Luego abordamos la parte económica de la propuesta. Debía admitir que era tentadora: prácticamente duplicaba el salario que había tenido antes.
—Sé que has crecido mucho en Carolina y que ahora ganas más de lo que ganabas aquí, pero piénsalo bien —insistió—. No será fácil alcanzar un salario como este allá.
—No estoy tan lejos —respondí.
Y era cierto. Con mi reciente ascenso, la diferencia apenas rondaría el veinticinco por ciento, una cifra que seguía permitiéndonos vivir cómodamente en Blue Ridge.
—Déjame hablar con Joane y ver qué podemos hacer —dijo, convencido de que mi objeción era económica.
Había interpretado mal mis palabras.
Tomó el intercomunicador y pidió a Andy, su asistente, que lo comunicara con Joane. Andy le recordó que estaba de vacaciones y que precisamente aquel día se encontraba de viaje con su familia, algo que ella misma había avisado el día anterior. A Arnold no pareció importarle.
—Llámala igual. Solo necesito modificar un contrato. No le tomará más de cinco minutos.
Fue entonces cuando comprendí, con absoluta claridad, que estaba perdiendo un tiempo valioso que podría haber pasado con mi familia.
Sabía que no aceptaría la oferta. Las seis u ocho horas de trabajo que prometían en Nueva York jamás eran seis u ocho horas.
Terminaban convirtiéndose en diez o doce.
Y esos supuestos cinco minutos tampoco existían.
Durante mis vacaciones solía dedicar más tiempo al trabajo que al descanso.
Si estaba en la ciudad, me pedían pasar por la oficina; si estaba fuera, conectarme a reuniones.
El único beneficio aparente era trabajar desde casa, pero ya había vivido esa experiencia, incluso con mayor flexibilidad que la que me ofrecía mi jefe actual.
Eso no era libertad.
Era una forma elegante de permanecer siempre disponible.
Yo ya tenía la decisión tomada. De todas formas, le escribí a Valerie para consultarlo, como siempre hacíamos. Ese tipo de elecciones nunca las tomábamos por separado.
“Reina, no estoy seguro de esto. La paga es excelente, pero el horario es un disfraz. Tendría que seguir trabajando desde casa.”
“Lo imaginé, amor. Si quieres, dile que lo pensarás y lo hablamos con calma más tarde.”
“Está bien.”