Bajo la lluvia del dolor Epílogo
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Epílogo

Mientras, el tiempo avanza con la crueldad con la que siempre lo hace.

Nunca somos realmente conscientes de cuándo cambia el calendario, de cuándo añadimos un año más a nuestras anotaciones.

Los días pasan casi sin darnos cuenta, pero cada uno de ellos es tiempo que no vuelve, una oportunidad que se pierde si no se vive como se hubiera querido vivir.

Y, aun así, los días se acumulan.

Se convierten en meses.

En años.

Esta historia comenzó cuando yo tenía quince años.

Y hoy tengo sesenta y seis.

Entre una edad y otra hay una vida entera.

Hay decisiones tomadas con miedo y con valentía.

Hay silencios impuestos y silencios elegidos.

Hay luchas que se ganaron y otras que simplemente se resistieron. No todas dejaron huella visible, pero todas me construyeron.

No sé qué me depara la vida a partir de ahora.

Tampoco sé si tengo todavía tantas ganas de seguir descubriéndolo todo.

Lo que sí sé es que he vivido.

A mi manera.

Con errores.

Con carencias.

Con momentos de una felicidad discreta que nunca salió en las fotos, pero que existió.

He aprendido que no todas las vidas brillan y que eso no las hace menos dignas.

He amado.

He perdido.

He resistido.

Y he llegado hasta aquí.

Quizá no tenga grandes planes ni sueños desbordantes.

Quizá ya no espere milagros.

Pero sigo estando.

Sigo respirando.

Sigo encontrando sentido en lo pequeño, en lo cotidiano, en los días en los que no pasa nada malo.

Si algo me ha enseñado el tiempo es que no siempre se trata de avanzar con entusiasmo.

A veces, avanzar es simplemente no rendirse.

Aceptar lo vivido.

Dejar de pelear con lo que no fue.

Hacer las paces con una misma.

Esta no es una historia de victoria.

Es una historia de permanencia.

Y a los sesenta y seis años, eso ya es suficiente.