Bajo la lluvia del dolor Capítulo 52
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Capítulo 52

Esos episodios se repitieron con una frecuencia que al principio quise negar.

Cada vez que lo descubría, el guion era el mismo.

Las palabras, casi idénticas.

«No es infidelidad».

«Jamás he visto a esta persona».

«Jamás he quedado con ella».

Y quizá, en un sentido literal, fuera cierto.

Pero Mario no entendía —o no quería entender— que la infidelidad no siempre necesita un cuerpo.

Que también existe en las palabras, en los mensajes, en esa intimidad prestada a otra que no eres tú.

Con cada episodio, algo dentro de mí se rompía un poco más.

No era una gran explosión.

Era un desgaste lento.

Silencioso.

Como una gota cayendo siempre en el mismo punto hasta horadar la piedra.

Mi corazón se iba quedando pisoteado.

Mi autoestima, erosionada.

La confianza, convertida en una sombra de lo que había sido.

Aun así, le perdonaba.

Una y otra vez.

No porque realmente quisiera hacerlo.

No porque no me importara.

No porque no doliera.

La razón era mucho más simple y mucho más triste: llevaba una carga de tristezas demasiado pesada en el alma.

Había vivido demasiadas rupturas.

Demasiados comienzos forzados.

Demasiadas reconstrucciones hechas con las manos temblando.

La idea de acabar con esa relación y empezar otra vez de cero no me parecía valentía. Me parecía agotamiento multiplicado.

¿De verdad tenía ganas de hacerlo todo otra vez?

No.

No tenía fuerzas.

No tenía ilusión.

No tenía fe.

Estaba cansada.

Muy cansada.

Cansada de vigilar, de sospechar, de perdonar heridas que no terminaban de cerrar.

Cansada de hacer equilibrios para que nada se viniera abajo. Cansada de ser fuerte por obligación.

A veces, incluso, me quedaba sin ganas de seguir.

No pensaba en desaparecer, pero sí en dejar de luchar.

En aceptar una mediocridad emocional como mal menor.

En conformarme con una compañía incompleta antes que enfrentarme a la soledad otra vez.

Y esa fue la parte que más me asustó.

No el engaño.

No los mensajes.

Sino descubrir que estaba empezando a renunciar a mí misma por puro cansancio.

Seguía adelante por inercia.

Por miedo al vacío.

Por la fatiga acumulada de toda una vida sosteniéndome sola.

Y mientras tanto, algo esencial se iba apagando despacio, sin ruido, sin testigos.

No sabía aún cómo ni cuándo, pero intuía que ninguna relación puede sobrevivir mucho tiempo cuando una de las dos personas empieza a desaparecer para no sufrir.

Y aunque todavía no estaba preparada para admitirlo, en el fondo de mí empezaba a crecer una certeza amarga.

El precio de quedarme estaba siendo demasiado alto.