Bajo la lluvia del dolor Capítulo 47
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Capítulo 47

Los preparativos de la boda avanzaron más rápido de lo que yo habría deseado.

Tenía cuarenta y cinco años y aquella era mi segunda boda.

No necesitaba demostraciones, ni grandes celebraciones, ni escenarios grandilocuentes.

Para mí, el matrimonio ya no era una promesa luminosa, sino un acuerdo consciente entre dos personas que saben lo frágil que puede ser la vida.

Quería algo sencillo.

Discreto.

Íntimo.

Solo la familia más directa.

Padres y hermanos.

Un lugar tranquilo.

Una comida sin estridencias.

Nada más.

Mario, en cambio, lo vivía de otra manera.

Para él era la primera boda.

Y eso lo cambiaba todo.

Estaba emocionado, ilusionado, casi desbordado.

Hablaba de detalles, de listas, de música, de invitados.

Tenía claro que quería una boda civil, sí —yo era divorciada y no había otra opción—, pero no quería un trámite frío.

—En el ayuntamiento —insistía—. No en un juzgado.

Quería que ambos fuéramos vestidos de novios.

Quería fotos.

Quería celebración.

Un gran salón de bodas.

Una fiesta como las que siempre había imaginado.

Estaba convencido de que yo era la definitiva. Para siempre.

Y esa idea romántica la llevaba al extremo en cada decisión.

Yo lo escuchaba y sentía cómo algo dentro de mí se encogía.

No porque no quisiera compartir mi vida con Mario, sino porque todo iba demasiado deprisa.

Porque aquella ilusión desbordada empezaba a parecerme una fuerza que no sabía cómo frenar sin hacer daño.

Me veía envuelta en una espiral.

Decisiones tomadas.

Fechas propuestas.

Reservas habladas.

Opiniones ajenas que llegaban sin haber sido pedidas.

Sentía que apenas tenía espacio para respirar, para pensar, para sentir.

El miedo apareció sin avisar.

No era miedo a Mario.

Era miedo a perderme.

A volver a ceder terreno.

A aceptar algo por no decepcionar.

La familia de Mario observaba desde la distancia.

No decían nada abiertamente, pero yo lo notaba.

En las miradas.

En los silencios.

En los comentarios ambiguos.

Para ellos, yo no era la mujer que había sostenido su vida sola durante décadas. Era otra cosa.

Una buscavidas.

El último capricho de un niñato que quería llamar la atención de alguna forma.

Una mujer que se casaba con Mario para que alguien la mantuviera.

Para que alguien le diera seguridad.

Aquello me indignaba.

¿Perdón?

¿En qué momento había necesitado yo que nadie me mantuviera?

Había trabajado desde adolescente.

Había sacado adelante a mi hija sola.

Había pagado alquileres, facturas, comidas.

Había sobrevivido sin red.

La idea de que alguien pudiera pensar que estaba allí por interés económico me revolvía el estómago.

No por orgullo, sino por injusticia.

Intenté hablar con Mario.

—Todo va muy rápido —le dije una noche—. Necesito ir despacio.

Me escuchó, pero no me entendió del todo.

Para él, ir rápido era señal de certeza.

De amor.

De compromiso.

No veía la diferencia entre ilusión y presión.

—No quiero perderte —respondió—. Quiero hacerlo bien.

No supe qué decir.

Aquella noche me quedé despierta mucho tiempo.

Pensé en mi pasado.

En mi capacidad para adaptarme.

En cómo, tantas veces, había cedido para evitar conflictos.

Y me pregunté si estaba repitiendo algo que creía haber superado.

No dudaba de Mario.

Dudaba del ritmo.

Y del lugar que estaba ocupando en una historia que parecía escrita por otros.

Sabía que aún estaba a tiempo de poner límites.

De frenar. De replantear.

Pero también sabía que hacerlo tendría consecuencias.

Que la ilusión de Mario podía resentirse.

Que la familia de él no cambiaría su mirada.

Y por primera vez en mucho tiempo, me di permiso para hacerme la pregunta que siempre había evitado: ¿estaba eligiendo desde la calma… o desde el miedo a quedarme sola?

La respuesta aún no la tenía.

Pero sabía que, esta vez, no iba a ignorarla.