Bajo la lluvia del dolor Capítulo 34
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Capítulo 34

Descubrí su nombre una noche, justo cuando la pizzería estaba a punto de cerrar.

Llegó tarde, demasiado tarde, con ese olor inconfundible que había aprendido a reconocer a kilómetros.

Alcohol.

Desorden.

Huida.

No venía solo; traía consigo una forma de estar que me tensó el cuerpo de inmediato.

No era miedo.

Era memoria.

Se sentó como siempre, pero esa noche no bromeó.

No hizo comentarios sueltos ni miradas a medias.

Cuando me acerqué a recoger la mesa, me miró fijamente, con una intensidad que no tenía nada de romántica.

—Me llamo Mario. Y estoy locamente enamorado de ti —dijo, sin rodeos, sin pudor, sin medir el momento.

Sentí cansancio antes que sorpresa.

Lo miré con calma, con esa serenidad que solo se tiene cuando una ya ha tomado decisiones por dentro.

Respiré hondo.

—No hay lugar en mi vida para ti, Mario.

Lo dije despacio.

Claro.

Sin dureza, pero sin grietas.

Insistió.

Dio un paso más allá, cruzando una frontera que yo no había abierto.

Habló de sentimientos, de destino, de oportunidades.

Palabras grandes para una historia que no existía.

—Mi vida ya es bastante complicada —añadí— como para añadir a alguien que se emborracha. Y además… eres muchísimo más joven que yo. Yo no busco intensidad. Busco paz. Serenidad. Silencio bueno.

Se removió en la silla, herido en su orgullo más que en el corazón.

—Puedo cambiar —dijo—. Te voy a demostrar que puedo pasar sin probar una gota de alcohol.

Lo observé unos segundos.

No con desprecio.

Con lucidez.

—Cuando lo vea —respondí—, retomamos esta conversación.

No hubo promesas.

No hubo consuelo.

No hubo puerta abierta.

Solo un límite claro.

Me di la vuelta y seguí trabajando.

No sentí culpa.

No sentí pena.

Sentí coherencia.

Sabía demasiado bien lo que cuesta reconstruirse como para ponerlo en riesgo por palabras dichas desde la embriaguez.

Esa noche, al cerrar la pizzería, caminé a casa con paso tranquilo.

Pensé en todo lo que había aprendido a base de golpes invisibles.

En cómo, por fin, sabía reconocer lo que no quería sin necesidad de justificarlo.

No necesitaba que nadie me demostrara nada.

No necesitaba salvar a nadie.

No necesitaba complicarme para sentirme viva.

Había llegado a un lugar al que no pensé que llegaría nunca: la paz como prioridad.

Y eso, era algo que no estaba dispuesta a negociar con nadie.