Capítulo 32
Me fijé en Mario desde el primer día que empecé a trabajar en esa pizzería.
Entró en la pizzería con otro chico.
No era atractivo, no tenía una planta espectacular. Tenía un aire canalla, de quien, a pesar de su corta edad, ha vivido demasiado y se cree de vuelta de todo.
Se sentaban en una mesa y, desde entonces, repitieron la escena casi a diario en la misma mesa.
Él me miraba con insistencia, sin disimulo, con esa mezcla de atrevimiento y torpeza que tienen quienes aún no han aprendido a mirar con respeto.
—Qué guapa eres. Tienes unos ojos preciosos.
Lo decía como si fuera un halago inocente, como si las palabras no tuvieran peso.
Yo respondía con educación seca, la mínima indispensable para seguir trabajando.
Sonreía por inercia, por costumbre profesional, no por interés.
No estaba para tonterías.
Si yo tenía treinta y nueve años, él no llegaba ni a los treinta.
Se le notaba en los gestos, en la forma de hablar, en esa seguridad vacía que confunde descaro con encanto.
«Un niñato», pensaba. Y no con desprecio, sino con cansancio.
Yo ya había vivido demasiado.
Había sufrido demasiado.
Tenía demasiadas heridas abiertas y demasiadas responsabilidades como para perder el tiempo en juegos que no llevaban a ninguna parte.
No estaba buscando nada romántico.
No quería promesas, ni miradas insistentes, ni frases fáciles. Tenía una vida que recomponer, una hija a la que sostener, un futuro que construir con las manos y no con ilusiones prestadas.
Mientras él me miraba, yo pensaba en facturas, en turnos, en horarios.
En cómo llegar a fin de mes.
En cómo ayudar a Begoña sin invadirla.
En cómo no volver a equivocarme.
A veces notaba la mirada clavada en la espalda.
Otras, algún comentario subido de tono que yo cortaba con una frase breve, firme, sin espacio para la confusión.
No era antipática.
Era clara.
Había aprendido que la claridad ahorra sufrimiento.
No necesitaba gustar.
No necesitaba ser deseada.
No necesitaba demostrar nada.
Hubo una época en la que una mirada así me habría hecho dudar, sentirme vista, sentirme viva.
Esa época había pasado.
Ahora me sentía viva de otra manera: resistiendo, sosteniendo, eligiendo.
Cuando terminaba el turno y me quitaba el delantal, sentía alivio.
No por escapar de él, sino por volver a mí misma.
Caminaba a casa con paso firme, consciente de que mi valor ya no dependía de ojos ajenos ni de palabras dichas a destiempo.
El chico seguiría viniendo.
Seguiría mirando.
Seguiría intentando.
Pero yo ya sabía algo que antes desconocía: no todo lo que te mira merece tu atención.
Y, sobre todo, no todo lo que insiste merece un lugar en tu vida.