Bajo la lluvia del dolor Capítulo 17
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Capítulo 17

Después de aquella primera bofetada, nada volvió a ser igual, aunque por fuera todo pareciera exactamente lo mismo.

Pedro no pidió perdón. Tampoco habló de lo ocurrido.

El silencio volvió a ocupar su lugar, pero ya no era el mismo silencio de antes.

Este tenía aristas.

Este daba miedo.

Yo empecé a vivir en estado de alerta permanente. Medía cada palabra, cada gesto, cada silencio.

Aprendí a anticipar su humor, a detectar el peligro en cambios mínimos de tono, en miradas que se endurecían sin aviso.

Vivía intentando no provocar, como si mi mera existencia pudiera ser motivo suficiente.

No necesitaba volver a pegarme.

El recuerdo bastaba.

Por dentro me culpaba.

Me preguntaba qué había hecho mal, qué podría haber evitado.

Pensaba que quizá yo había hablado de más, insistido demasiado, pedido algo que no me correspondía.

Me odiaba por pensar así, pero no sabía pensar de otra manera.

El miedo desordena la lógica.

Con Begoña empecé a ser distinta.

No la dejaba sola con él más de lo imprescindible.

Me colocaba siempre entre los dos cuando la situación se tensaba, aunque fuera solo una intuición.

Bajaba la voz, sonreía más, intentaba que el ambiente fuera tranquilo.

No quería que ella aprendiera a reconocer el peligro como algo normal.

Me aterraba que lo normalizara, como yo lo había hecho tantas veces.

Seguía trabajando en la peluquería.

Allí encontraba un respiro breve, un espacio donde el miedo parecía quedarse fuera.

Pero incluso allí me sorprendía sobresaltándome con ruidos fuertes, con movimientos bruscos.

Las clientas hablaban y yo asentía, pero mi cabeza estaba en otra parte.

Empecé a vivir dividida.

Una parte de mí seguía sosteniendo la rutina: trabajo, casa, hija, cuentas, silencios.

La otra empezaba a preguntarse, muy despacio, muy bajito, si aquello tenía que ser así.

No era una pregunta valiente todavía.

Era una duda tímida.

Pero era nueva.

Las noches se volvieron más largas.

Me costaba dormir.

Escuchaba cada ruido de la casa, cada puerta, cada paso.

Dormía con un oído atento, como si el descanso fuera un lujo que ya no podía permitirme.

A veces, en la oscuridad, pensaba en marcharme.

La idea aparecía y desaparecía igual de rápido.

Me parecía imposible.

No tenía dinero suficiente.

No tenía apoyo claro.

Tenía una hija aun pequeña.

Me decía que no podía, que no debía, que exageraba.

Pero la semilla estaba plantada.

La vecina empezó a notarlo.

Me miraba distinto, me preguntaba si estaba bien.

Yo le decía que sí, que estaba cansada.

Ella no insistía.

Pero su silencio era comprensivo, cálido.

Me ofrecía café, me sostenía la mirada un segundo más de lo normal.

Aquello me daba fuerzas sin saber por qué.

Un día, mientras peinaba a una clienta, me escuché decir en voz baja:

—Estoy muy cansada.

No expliqué más.

No hizo falta.

Volví a casa esa tarde con Begoña de la mano.

La miré caminar, tan pequeña aún, tan confiada.

Y algo dentro de mí se activó con una claridad nueva, dolorosa y firme al mismo tiempo.

Podía aguantar por mí.

Pero no podía permitir que ella creciera en el miedo.

Esa noche, mientras la arropaba, le prometí en silencio algo que aún no sabía cómo cumplir.

No era una promesa grandiosa.

Era simple.

Urgente.

Necesaria.

No repetiría la historia.

No sabía cuándo.

No sabía cómo.

Pero supe, con una certeza que ya no me abandonaría, que algún día saldríamos de allí.

Y cuando una mujer deja de preguntarse si puede y empieza a preguntarse cuándo…

El cambio ya ha comenzado.