Bajo la lluvia del dolor Capítulo 13
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Capítulo 13

El embarazo avanzaba y, con él, una sensación persistente de estar perdiendo terreno.

Mi cuerpo cambiaba como debía hacerlo, preparándose para dar vida, pero yo sentía que cada cambio me alejaba un poco más de mí misma.

Me miraba al espejo y buscaba a la mujer que había sido, sin saber muy bien qué esperaba encontrar.

Pedro seguía saliendo por las noches.

No siempre, pero lo suficiente como para que la soledad se convirtiera en costumbre.

Yo ya no preguntaba.

No reclamaba.

Había aprendido que mis palabras solían quedarse suspendidas en el aire, sin respuesta.

Durante el día, intentaba mantenerme ocupada.

Ordenaba la casa, preparaba cosas del bebé, doblaba y desdoblaba ropa pequeña con una dedicación casi obsesiva.

Me aferraba a esas tareas como quien se agarra a algo firme en medio de una corriente lenta pero constante.

Y entonces, llegaron las palabras.

No fueron gritos.

No fueron insultos evidentes.

Fueron frases dichas casi sin importancia, como quien comenta el tiempo.

«Cada día estás más gorda… Con lo bonita que eras cuando te conocí».

«Así no puedo enseñarte a mis amigos, ¿sabes? No estás presentable».

«¿Has visto los pechos tan enormes que tienes? De verdad, ¿crees que eso le puede gustar a algún hombre?».

«Menos mal que ya estás casada… Si no, lo tendrías imposible para que alguien se fijara en ti».

Las decía sin levantar la voz.

Y quizá por eso dolían más.

Yo me quedaba en silencio. No sabía cómo defenderme.

Era otra época, otros códigos.

En los años ochenta, las mujeres no pensábamos ni actuamos como lo hacen las de ahora. Y sabía por experiencia que era mejor no replicar.

No había palabras como tendría ahora.

No había conciencia.

Solo había lágrimas que no siempre salían y un nudo constante en la garganta.

Me preguntaba si tenía razón.

Si de verdad había cambiado tanto.

Si aquello era lo normal.

No me pegaba.

No me levantaba la mano.

Y eso, en mi cabeza, parecía suficiente para restarle gravedad a todo lo demás.

Me repetía que eran comentarios sin mala intención. Que no sabía expresarse. Que los hombres eran así.

Me decía que debía ser más fuerte, menos sensible.

Que no podía venirme abajo por palabras.

Pero las palabras se me quedaban dentro.

Empecé a taparme más.

A evitar mirarme desnuda.

A sentir vergüenza de un cuerpo que estaba haciendo lo más hermoso que puede hacer: crear vida.

Cada comentario erosionaba un poco más mi autoestima, hasta convertirla en algo frágil, casi inexistente.

El silencio volvió a ser mi refugio.

Lloraba a solas, muchas veces en el baño, con el agua corriendo para que no se notara.

Otras veces no lloraba.

Simplemente me apagaba un poco más.

Me decía que debía aguantar, que pronto llegaría el bebé y todo cambiaría.

Acariciaba mi vientre y le pedía perdón.

Por no saber defenderme.

Por no saber protegerme.

La casa seguía siendo tranquila.

No había gritos ni peleas.

Pero aquel silencio ya no me reparaba.

Se había vuelto denso, pesado, lleno de cosas no dichas. Empezaba a entender que la violencia no siempre deja marcas visibles.

A veces deja dudas.

A veces deja miedo.

A veces deja una mujer convencida de que vale menos de lo que realmente vale.

Y yo estaba empezando a creerlo.

No sabía entonces que esas palabras iban a acompañarme durante años.

Que iban a quedarse grabadas mucho más allá de aquel embarazo.

Que el daño ya estaba hecho, aunque nadie pudiera verlo desde fuera.

Pero lo sentía.

En cada silencio.

En cada noche sola.

En cada mirada al espejo que evitaba.

En cada mirada de Pedro sin saber si era pena o desprecio lo que veía en su rostro. Pero algo tenía claro...

No era ternura, no era amor.