Capítulo 29 El invierno incipiente
El portón de madera cuarteada de la entrada cedió con un gemido rancio de las bisagras, liberando de golpe el aroma espeso a encierro, cera de vela consumida y el frío húmedo que se había encajado en las vigas estructurales durante mis siete días de ausencia en Madrid.
Empujé la puerta de la buhardilla de Montmartre arrastrando la maleta de mano de cartón rígido, cuyo riel metálico emitió un chasquido sordo sobre las tablas del parqué viejo.
Regresaba sola tras pasar la noche en vela en el trayecto del tren nocturno, con los músculos entumecidos por la rigidez del asiento y el pulso acelerado por una incertidumbre logística que no había logrado sepultar ni con la firma definitiva de la liquidación de gananciales en el despacho de Chamberí.
Dejé caer el bolso de piel en el rincón con un roce tosco y me interné en la estancia sin desarmar el nudo de mi bufanda de cachemira, sintiendo cómo el desvalimiento emocional de la partida se transformaba ahora en una urgencia corporal de reconocimiento.
Crucé el espacio angosto con pasos rápidos y mecánicos, eludiendo la parálisis que solía acecharme frente al escritorio.
Encendí la hornilla eléctrica portátil y coloqué la tetera de porcelana con agua para templar mis manos desnudas, que se sentían gélidas y agrietadas por la corriente del norte.
Acto seguido, me aproximé al gran ventanal abuhardillado y corrí las cortinas de lona áspera con un movimiento horizontal y decidido.
La luz blanca, limpia y cortante del invierno incipiente de París brotó de imprevisto, inundando la habitación e iluminando las partículas de polvo suspendidas en el aire seco.
El resplandor invernal se reflejaba con una fijeza clínica en las pendientes acristaladas de los tejados de zinc vecinos, devolviendo una claridad turbia que borraba los tonos ocre del otoño anterior.
Me abrigué de inmediato, ajustando los botones de mi gabardina clásica gris marengo y, sin esperar a que el agua alcanzara el punto de ebullición, giré la llave del portón y bajé los peldaños resbaladizos de la escalera de caracol con la firme intención de buscar a Marc en su esquina comercial habitual junto al café Le Consulat.
El rincón de la acera estaba completamente desierto.
La llovizna fina y helada empezaba a humedecer los adoquines, dibujando una pátina brillante sobre el granito, pero no había rastro del estuche rígido de violín, ni del mostrador improvisado de madera, ni de la vibración acústica de las dobles cuerdas que Marc solía ejecutar para desafiar el aislamiento de la periferia.
El vacío físico del espacio operaba como un reproche no verbalizado, una confirmación implícita de que las ausencias burocráticas tienen consecuencias persistentes en la calle.
Mi deseo desesperado de reencuentro inmediato, la necesidad de validar el pacto no escrito que su partitura oficial de Berlín había sellado en el vestíbulo de la Gare de Lyon, chocaba de frente con la desnudez de la esquina.
La sombra del miedo al abandono y la extrema fragilidad de los vínculos construidos al margen de la rutina social se instalaron en mi estómago con la misma frialdad que la corriente del río.
Me aproximé al mostrador exterior del café contiguo, donde un camarero vestido con un chaleco negro deslucido limpiaba las mesas de hierro fundido con una franela húmeda.
Sostuve la fijeza de mi posición a un palmo de distancia, con las yemas de los dedos rozando la costra tirante de mi índice izquierdo, e interrogué al hombre con una mirada clavada de forma directa, exenta de cortesías líricas o preámbulos perezosos.
El camarero detuvo la fricción del paño sobre el metal, me observó de arriba abajo registrando la lona húmeda de mi gabardina y, sin pronunciar una sola sílaba que aliviara mi desamparo logístico, simplemente se encogió de hombros con una parsimonia quirúrgica, reanudando su tarea mecánica de inmediato.
Me quedé sola en mitad de la acera angosta, con el puño cerrado dentro del bolsillo descosido y las libretas llenas de notas inconclusas, confrontando el silencio absoluto de la calle ante la certeza irreversible de que Marc había desaparecido por completo durante mi regreso a España.