Capítulo 12 El rastro del frac
El viento del norte cortaba la superficie del Sena, arrastrando hilos de neblina grisácea que se enredaban en los arcos de piedra caliza del Puente al Doble.
Nos manteníamos apoyados en el pretil del Quai de Montebello, justo frente al perfil gótico de la Isla de la Cité, buscando el amparo mínimo que ofrecía el grosor del muro contra las ráfagas heladas del río.
La luz plomiza de la tarde declinaba deprisa, tiñendo las torres de la catedral vecina de un tono ceniza que acentuaba la atmósfera húmeda y pesada de la ribera.
El agua batía los pilotes inferiores con un murmullo constante y monótono, un chapoteo sordo que exhalaba un olor intenso a cieno, algas de agua dulce y a la piedra caliza impregnada por los temporales de octubre.
Sostuve la Moleskine contra el pecho, sintiendo el frío del granito filtrarse a través de la suela de mis botas gastadas, mientras contemplaba cómo las luces de los muelles opuestos comenzaban a encenderse, proyectando líneas quebradas sobre la corriente oscura.
Marc dejó el violín limpio sobre la lona interior de su estuche rígido, que descansaba abierto en la repisa del pretil.
Su respiración, regularizada a medias tras el tenso silencio que habíamos arrastrado desde los Jardines de Luxemburgo, formaba pequeñas nubes de vaho blanco que desaparecían al instante con el viento.
Sin mirarme, introdujo la mano derecha en la faja elástica que recorría el fondo de la tapa de la caja, buscando unas partituras arrugadas y cubiertas de anotaciones a lápiz que necesitaba revisar antes de que la luz natural se extinguiera por completo.
Al tirar de las hojas con un movimiento rápido para desenredar los márgenes doblados, un objeto pequeño de cartón rígido se desprendió del fajo de música, golpeó el borde del mostrador de madera del estuche y cayó al suelo empedrado, rodando un par de metros empujado por el viento hasta quedar atrapado junto a un charco de agua estancada.
Me incliné rápido, rompiendo la inmovilidad de mi postura antes de que el agua arruinara la cartulina de forma definitiva.
Al recogerla, mis dedos registraron la textura satinada de una fotografía analógica en blanco y negro, ligeramente combada por el tiempo.
La limpié con el reverso de mi guante de lana y la acerqué a mis ojos.
La imagen mostraba un plano medio de Marc, visiblemente más joven, vistiendo un frac impecable de paño fino que se ceñía con una rigidez aristocrática a sus hombros rectos.
Se encontraba en mitad del escenario de un gran auditorio europeo de techos altos, flanqueado por hileras de butacas de terciopelo oscuro y bajo la iluminación intensa de unos focos de concierto que hacían brillar las maderas pulidas del suelo.
A su lado, una mujer de facciones serias sostenía un violonchelo entre las rodillas, compartiendo con él un atril de hierro forjado y una partitura oficial de la Filarmónica.
La fijeza de mi mirada sobre la cartulina analógica pareció congelar el aire del muelle.
Contemplé el contraste violento entre el hombre pulcro del frac y el músico de chaquetón de lona verde oliva que pasaba las tardes limpiando la resina del arco en las escaleras de Montmartre.
Una desconfianza inmediata me subió por la garganta, un pinchazo de sospecha que agrietó la complicidad artística que habíamos edificado en la periferia de la Goutte d'Or.
¿Quién era el hombre que estrechaba mi mano en los muelles?
La posibilidad de estar ante una puesta en escena deliberada, una farsa bohemia construida para una escritora que buscaba estímulos reales en el París oculto, se instaló en mi estómago con la misma frialdad que el viento del Sena.
—No debió recoger eso —dijo Marc.
Su voz cruzó el espacio mínimo que nos separaba con una brusquedad que delataba pánico físico, una fractura absoluta en su habitual estoicismo de la calle.
Antes de que pudiera procesar la frase, Marc se abalanzó hacia delante y me arrebató la fotografía de los dedos con un tirón seco de la muñeca que me obligó a dar un paso atrás contra el pretil de piedra.
Su mandíbula permanecía tan apretada que la costra fina de la mejilla, donde la cuerda rota del Mi lo había cortado la noche anterior, adquirió un relieve rosado y tirante bajo la iluminación plomiza.
Guardó la cartulina satinada en el fondo del bolsillo interior de su chaquetón verde oliva, pasándose el pulgar por la solapa con saña para asegurar el cierre, sin pronunciar una sola palabra que justificara el arrebato.
Un muro de hielo infranqueable se levantó entre ambos en mitad de la orilla desierta, un silencio denso y hostil que restableció las corazas defensivas y cortó cualquier atisbo de la intimidad prematura que habíamos empezado a sostener bajo la niebla del río.