Capítulo 10 La fricción del bronce
El eco de nuestros pasos cambió de vibración al abandonar las avenidas abiertas de Montmartre.
Marc caminaba un paso por delante, con los hombros firmes bajo el chaquetón de lona verde oliva, guiándome a través del laberinto cubierto del Pasaje Brady.
El entorno, ajeno a la gentrificación que uniformaba los distritos turísticos de la capital, se estrechaba en una sucesión de escaparates de maderas vencidas y rótulos desvaídos.
La pasarela acristalada del techo, ennegrecida por capas de hollín antiguo y polvo de carbón, tamizaba la luz de la mañana, proyectando sobre el suelo de losas gastadas una claridad turbia, casi plomiza.
Apreté la libreta Moleskine contra mi costado; el roce del broche elástico contra el tejido de mi gabardina gris era el único sonido regular que competía con el rumor lejano del tráfico del bulevar. No hablábamos.
El silencio que arrastrábamos desde la medianoche en el Puente de las Artes, donde la cuerda de su violín había estallado con la fuerza de un latigazo, permanecía intacto, denso, cargado de confidencias no verbalizadas.
Marc se detuvo ante una puerta de cuarterones oscuros y empujó la madera con el extremo del hombro. Entramos al taller de lutería bajo el tintineo seco y metálico de un cascabel de bronce envejecido que colgaba del dintel. El espacio era angosto, abarrotado de anaqueles que desafiaban la gravedad.
Un aroma denso y mareante nos envolvió al instante: una superposición persistente de barniz de alcohol, resina de colofonia, virutas secas de pino y la humedad dulce de los tablones de madera de arce cortada que se apilaban en los rincones.
Detrás del mostrador de madera desgastada por décadas de fricción, un lutier anciano, de pocas palabras y manos nudosas cubiertas de manchas de tinte, nos observó por encima de sus gafas de media luna.
Marc dejó caer el estuche rígido sobre el mueble con un golpe sordo, liberando los cierres metálicos con movimientos rápidos y mecánicos.
El artesano no hizo preguntas; observó el Mi de metal roto que colgaba del clavijero, se giró hacia una cajonera de latón y, tras una breve búsqueda, deslizó un sobre de papel texturizado con cuerdas metálicas nuevas sobre la superficie del mostrador.
—Arce de los Balcanes, secado al menos durante veinte años —susurró Marc, pasando la yema del pulgar por la tapa armónica expuesta de su instrumento, rompiendo por fin el mutismo—. Las maderas nuevas no sostienen la tensión. Se rajan antes de que la melodía se asiente.
—La prisa destruye la fibra —respondí, apoyando los antebrazos en el borde rugoso del mostrador, asimilando el frío que subía de la madera—.— En la prosa pasa lo mismo. Si fuerzas la estructura antes de tiempo, el texto se quiebra.
Marc no replicó, pero la rigidez de su mandíbula se acentuó sutilmente.
Extrajo la cuerda de bronce nueva del sobre, enhebró el extremo en el cordal y procedió a guiar el filamento metálico hacia la clavija correspondiente.
Al requerir tensión en el clavijero para evitar que el lazo se soltara del puente, detuvo el movimiento de sus dedos largos.
Levantó la cabeza despacio y me miró directamente, fijando sus ojos oscuros en los míos con una fijeza tosca que sustituía a cualquier ruego verbal.
Con una breve inclinación del rostro, me indicó que necesitaba mi ayuda física.
Di un paso corto hacia delante, anulando el perímetro de seguridad de dos metros que nos separaba habitualmente, y extendí las manos desnudas.
Sostuve el mástil pulido del violín con firmeza, presionando la madera con el pulgar mientras él comenzaba a girar la clavija de ébano para tensar el bronce.
En ese espacio estrecho, los dedos de ambos se rozaron de forma prolongada sobre la superficie pulida.
El contraste kinésico fue inmediato: la yema helada y callosa de sus dedos, curtidos por la fricción del metal, chocó contra la fiebre sutil de mi piel, donde la costra tirante del índice izquierdo registró cada micro-movimiento con la fuerza de una descarga estática.
El deseo latente, reprimido desde las caminatas por la periferia industrial de la Goutte d'Or, quedó enmascarado en ese acto puramente técnico de reparación mutua.
La atracción física que ambos intentábamos racionalizar mediante corazas de autosuficiencia se volvió explícita por primera vez en la inmovilidad de nuestros cuerpos encajados frente al mostrador.
Ninguno se apartó.
Marc detuvo el giro de la clavija de golpe, congelando la presión física justo cuando la distancia entre nuestros rostros se redujo a escasos centímetros por la inclinación de nuestros hombros.
Podía percibir el calor templado de su respiración rozándome la barbilla en mitad de la atmósfera enrarecida por el barniz.
Sostuvo el agarre de su mano sobre la mía, aprisionando mis dedos contra el mástil de madera, impidiendo cualquier repliegue defensivo.
En ese segundo de suspensión absoluta, Marc rozó la cuerda recién instalada con el índice de la mano izquierda; el metal vibró con un sonido agudo, limpio y sostenido que resonó en el espacio mínimo que nos separaba, una frecuencia física y pura que atravesó la lona de nuestros abrigos y continuó vibrando en el aire denso del taller antes de que el cascabel de la entrada volviera a anunciar la realidad del exterior.