Pista 16l
J usto antes de comenzar su turno, Jim se tomó otro café, disfrutando del calor de la taza mientras una sonrisa se dibujaba en sus labios al pensar en Lori.
Contaba las horas para que llegaran las seis y media de la tarde, más o menos, el momento en que ella ya habría aterrizado en Seattle y le enviaría su mensaje habitual o lo llamaría con esa voz dulce y reconfortante que siempre llegaba puntual.
Jim sabía que, como siempre, ella no fallaría.
Se imaginaba la conversación que tendrían y sonrió para sí mismo al pensar en su pequeño ritual: harían el amor «online», como a veces bromeaban. La idea le arrancó una risa baja mientras dejaba el vaso de café en un contenedor y se ajustaba el cinturón antes de salir a patrullar.
Al inicio, la jornada transcurrió con la rutina de siempre: recorrer las calles de Manhattan, asistir a algún transeúnte despistado y vigilar los puntos conflictivos. Sin embargo, a mitad del turno, una extraña sensación de inquietud se instaló en su pecho sin razón aparente. Algo no estaba bien.
No tuvo tiempo de analizarlo demasiado. De pronto, la radio crepitó con un aviso urgente: un atraco en un banco cercano. Sin dudarlo, Jim y Dimitri respondieron a la llamada y aceleraron hacia las escena.
Al llegar, las luces intermitentes de las patrullas teñían la calle de rojo y azul. Varios agentes ya estaban apostados en posición, con sus armas desenfundadas, listos para actuar. Desde la parte trasera del edificio, el equipo SWAT había entrado y prácticamente tenía la situación bajo control.
El atracador resultó ser un joven inexperto, apenas en sus veinte, que intentaba robar el banco como si fuera una escena de película.
Pero pronto descubrió que la realidad era muy distinta.
Lo redujeron sin resistencia, y la detención fue casi demasiado fácil.
Para sorpresa de todos, su arma no era más que una réplica de juguete, aunque a simple vista parecía real.
Dimitri, observando al muchacho esposado en el suelo, negó con la cabeza con frustración.
—Esta juventud ya no sabe qué hacer para llamar la atención.
¿Qué pretenden? ¿Qué los maten? —gruñó, cruzándose de brazos.
Su tono dejaba entrever su enojo, pero también su preocupación.
Después de todo, tenía un hijo de veintidós años y no podía evitar preguntarse qué pasaba por la cabeza de esa generación.
Pero la mente de Jim estaba en otra parte. Una sensación de angustia inexplicable lo inquietaba, como un presentimiento que no lograba descifrar del todo.
Las horas transcurrieron lentamente, mientras Dimitri y él seguían con su rutina. Alrededor de las seis y media de la tarde, sacó su teléfono y revisó la pantalla. Sabía que aún podría ser temprano para la llamada, pero la impaciencia lo llevó a comprobarlo de todos modos. La esperaba con ansias.
Nada.
Sobre las siete, volvió a mirar. Silencio absoluto. Ni llamada perdida, ni mensaje, ni rastro de Lori.
A las siete y media, la inquietud se instaló en su pecho con más peso, creciendo con cada minuto que pasaba. No era propio de ella retrasarse sin avisar. Incluso en los días más ajetreados, siempre encontraba un momento para enviarle un mensaje rápido, una confirmación de que todo estaba bien.
Intentó tranquilizarse. Quizás el vuelo se había retrasado o el desembarque había tomado más tiempo de lo previsto. Eran explicaciones lógicas, razonables, pero no lograban acallar la sensación de que algo no estaba bien.
Aquella llamada no era solo una rutina; era su punto de encuentro en medio de la distancia, un ancla que los mantenía unidos. Y ahora, el silencio prolongado empezaba a sentirse como algo más que una simple demora.
Mientras la noche caía por completo, Jim y Dimitri se detuvieron junto al coche de patrulla, cada uno con su vaso de café humeante entre las manos. El aire fresco traía consigo el aroma amargo de la bebida, aunque Jim apenas lo notaba.
Inquieto, dio otro sorbo, sin apenas saborearlo, mientras su mirada saltaba una y otra vez entre el reloj de su muñeca y la pantalla del teléfono, que seguía implacablemente en blanco. Ni un mensaje, ni una llamada, ni una señal de Lori. El silencio empezaba a convertirse en una carga insoportable.
—Los vuelos a veces se retrasan bastante —dijo Dimitri, con calma, tras notar que su amigo revisaba la hora a cada minuto.
—¿Pero tanto? —replicó, con voz tensa—. ¿Y si pasó algo? Lori nunca se retrasa sin avisar. ¿Y si en realidad...? —Guardó silencio, mordiéndose el labio, sin querer terminar la frase.
El peso en su pecho se hacía insoportable. A cada minuto que pasaba, la sensación de angustia se convertía en una sombra más densa, una advertencia silenciosa que no podía ignorar.
Pasadas las ocho, miró su reloj una vez más. Ni un mensaje, ni una llamada. Solo un silencio inquietante que se alargaba más de la cuenta. Algo no estaba bien. Lo sabía con una certeza inquietante. Muy en el fondo de su ser, en ese rincón donde rara vez se atreve a ir, lo sentía claramente.
Aún les quedaban un par de horas para finalizar su turno.
Sentados sobre el capó del coche de patrulla, observaban desde la distancia la cafetería donde minutos antes habían comprado sus cafés.
A través de los grandes ventanales de la cafetería, la pantalla de la televisión se iluminaba, aunque el sonido no llegaba hasta donde estaban.
Jim, distraído, dejó que su mirada recorriera la escena, y de repente algo en la pantalla le llamó la atención.
Un logotipo familiar, el de Hawaiian Airlines, brillaba en la pantalla.
En ese momento, un escalofrío recorrió su cuerpo.
—Eso… eso está relacionado con algo… —murmuró para sí mismo, su mente ya acelerada.
Sin pensarlo, se levantó y comenzó a caminar rápidamente hacia la cafetería, con Dimitri siguiéndolo intrigado.
Al entrar, Jim se acercó a la barra, casi corriendo, y le pidió al barman que subiera el volumen de la televisión. Dimitri observó, sin comprender del todo la urgencia de la situación, pero sabiendo que algo no estaba bien.
En la pantalla, el locutor de las noticias hablaba con un tono grave:
—Al parecer, el vuelo HA4925 de Hawaiian Airlines, que salió a las 11:30 de Nueva York con destino a Seattle, aún no ha llegado… Parece que hay algún problema a bordo…
El corazón de Jim dio un vuelco. No necesitaba escuchar más.
—¡Ese es el vuelo de Lori! —exclamó, la voz quebrada, incapaz de esconder el pánico que lo invadía.
Dimitri, sorprendido y sin saber qué hacer para calmarlo, se quedó en silencio. La noticia en la televisión continuaba, empeorando la situación a cada segundo.
—Aún no se sabe el problema, estamos a la espera de más detalles… Seguiremos informándoles… —decía el locutor, mientras las palabras caían como un peso insoportable sobre Jim.
Se quedó completamente paralizado, incapaz de moverse, su mente corriendo a mil por hora, pero su cuerpo pegado al suelo, como si el aire lo comprimiera.
La angustia lo envolvió como un manto frío e implacable.
Sabía que algo pasaba, esa inquietud, esa sensación extraña que lo había estado acosando durante todo el día… tenía una razón. ¡Lo había intuido!
La felicidad que había sentido esa mañana, al despedirse de Lori, se desvaneció en un instante, reemplazada por un terror palpable que lo invadió de manera imparable. Su mente gritaba que algo le había pasado a Lori, y no podía hacer nada para evitarlo.
Dimitri, viendo el rostro de Jim completamente descompuesto, puso una mano en su hombro, un gesto simple pero cargado de preocupación. Sin embargo, ni el gesto ni las palabras parecían capaces de calmar la tormenta de emociones que azotaba a su amigo.
—Jim, tranquilo, seguro que no es nada grave. Tal vez solo un contratiempo o un malentendido. Algunas turbulencias, quizás… —Dimitri trataba de ofrecerle algo de consuelo, pero su voz sonaba vacía frente a la creciente desesperación de Jim.
—Vuelo HA4925, descienda a 20 000 pies —ordenó la torre de control de Seattle, su voz clara.
—Recibido, control de tierra —respondió Cummings, sin apartar la vista del altímetro.
La cabina estaba en silencio, salvo por el suave zumbido de los motores y el constante pitido de los instrumentos.
—Nos queda poco combustible… —añadió Cummings, sin ocultar su preocupación, aunque aún había suficiente para continuar.
El indicador de combustible estaba al límite, pero por el momento todo parecía bajo control.
Sin embargo, Cummings no podía evitar sentir que cada segundo contaba.
Su mente estaba alerta, evaluando las opciones y preparando la cabina para cualquier eventualidad.
Ya habían superado la hora prevista de llegada por más de una hora debido al desvío y a las maniobras adicionales en el aire.
Además, tras haber pasado un tiempo volando en círculos, el combustible comenzaba a agotarse.
En la cabina de pasajeros, todo parecía estar en calma.
Nadie parecía sospechar que algo no iba del todo bien, salvo algunos viajeros más observadores que habían notado la ruta inusual y los giros repetidos.
Sin embargo, como el comandante ya había dado una explicación convincente por el comunicador, la mayoría se relajó, confiando en que todo estaba bajo control.
Los pasajeros permanecían con los cinturones de seguridad abrochados, tal como se les había indicado, aparentemente debido a posibles turbulencias. Y, en efecto, de vez en cuando el avión sufría alguna leve sacudida, lo que reforzaba la versión oficial.
Mientras tanto, en la cabina de mando, el descenso continuaba con precisión milimétrica.
—18 000 pies… —murmuró Monroe, atento al altímetro.
—15 000 pies… —repitió Cummings, que ya divisaba la pista a lo lejos, entre los bancos de nubes, aún distante pero cada vez más clara.