Bajo el cielo de Nueva York: ¡Todo comenzó por un café!
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Jim
U n joven raterillo acababa de arrebatarle el bolso a una anciana en plena calle, mientras ella, asustada, apenas podía gritar:
—¡Al ladrón, me ha robado el bolso!
—¡Abran paso!
Al verlo aproximarse, algunas de las señoras que acompañaban a la mujer exclamaron emocionadas:
—¡Es el policía!
Entre risas, comenzaron a susurrar:
—¡Qué guapo! —exclamó una.
—Es el uniforme —bromeó otra.
Jim les dedicó una sonrisa cordial antes de inclinar levemente la cabeza y decir:
—Señoras.
Luego se dirigió directamente a la mujer afectada:
—¿Está usted bien?
Sin levantar la cabeza, ella respondió en voz baja mientras se esforzaba por limpiar su blusa:
—Sí, gracias.
Jim, manteniendo un tono amable y conciliador, agregó:
—Lamento lo ocurrido, no la vi venir.
Ella negó con un leve movimiento de cabeza, claramente avergonzada y todavía evitando mirarlo directamente:
—No, la culpa fue mía. Iba distraída… discúlpeme.
En ese momento levantó la mirada, sus ojos se cruzaron con los de Jim, y él quedó momentáneamente absorto.
No solo era una mujer joven, sino que su belleza natural tenía una dulzura cautivadora que lo desarmó por un instante.
Recuperando la compostura, Jim le dedicó una cálida sonrisa antes de decir con amabilidad:
—Me haré cargo de los gastos de la tintorería.
La mujer pareció sorprendida por su gesto y balbuceó:
—Muchísimas gracias… pero no es necesario. Está cumpliendo con su deber y estas cosas pueden pasar.
Jim agradeció su comprensión y, como buen observador, notó la plaquita con el nombre en su chaqueta: Lori Kiloha , seguido del logo de una reconocida agencia de viajes y turismo. Alrededor de ella, un grupo de personas con cámaras y mapas en las manos confirmaba su suposición: era guía turística.
Mientras hablaban, Jim no pudo evitar fijarse en Lori con más detalle, como le dictaba su entrenamiento.
Era de estatura media, con el cabello color miel oscuro recogido en un moño alto.
Sus ojos, de un azul intenso, eran llamativos, y su traje de pantalón azul marino, combinado con una blusa blanca, le daba un aire elegante y profesional.
Con educación, Jim se presentó al grupo que acompañaba a Lori.
—Soy el agente Jim O’Hara. Si necesitan cualquier cosa, no duden en buscarme. ¡Bienvenidos a Nueva York! Espero que estén disfrutando de la ciudad. Por curiosidad, ¿de dónde vienen?
El grupo respondió casi al unísono:
—¡De Canadá!
Jim sonrió ampliamente.
—¡Precioso país! Tengo muchas ganas de visitarlo algún día.
Uno de los pocos hombres del grupo comentó con entusiasmo:
—Pues cuando quieras, serás muy bien recibido, Jim.
El agente agradeció el gesto y, decidido, volvió a insistir a Lori sobre hacerse cargo del costo de la limpieza de su blusa.
—Por favor, ¡insisto! —dijo con firmeza.
Aunque ella trató de rechazar la oferta, finalmente le dio una sonrisa cómplice. Tras intercambiar palabras amistosas con el grupo, Jim se despidió con una inclinación de cabeza y una sonrisa, dejando a todos con una buena impresión.
Jim apenas había reparado en que había dejado «abandonada» a la anciana y se apresuró a regresar con el bolso en la mano.
Confiaba en que Dimitri estaría cuidando de ella.
Al llegar al coche patrulla, encontró a su compañero, quien, habiendo presenciado todo mientras regresaba con los cafés, ya estaba sentado en un banco cercano junto a la anciana, tranquilizándola con amabilidad mientras le tomaba los datos.
Cuando Jim finalmente apareció con el bolso en la mano, la mujer no pudo contener su gratitud. Aunque su cartera había sido robada, quiso recompensarlos de alguna manera, pero Jim le aseguró con determinación:
—¡De ninguna manera! Por favor, ¡no nos debe nada! Es parte de nuestro trabajo —dijo con firmeza. Luego, añadió decidido—: Encontraré a ese raterillo y recuperaré hasta el último centavo y toda la documentación, ¡aunque sea lo último que haga!
Tras conversar un poco más con la amable señora, la llevaron a la comisaría para completar los trámites legales necesarios.
Allí ofrecieron trasladarla a su domicilio.
Sin embargo, resultó que no hacía falta: la señora, una adinerada viuda, hizo una rápida llamada desde la comisaría y pronto apareció su chófer para recogerla.
El hombre había estado esperando en el estacionamiento de un centro comercial y se había alarmado al no recibir la llamada habitual desde el móvil de su ama.
Al escuchar lo ocurrido, suspiró aliviado al saber que ella estaba bien.
—Pierda cuidado, señora Farrell —al recogerle los datos supieron que así se llamaba: Agatha Farrell—, ¡recuperaremos lo robado! —le aseguró Dimitri con confianza.
La anciana, que insistía en que la llamaran Agatha, visiblemente agradecida, quiso compensar a Jim y Dimitri por su amabilidad y las molestias que habían asumido, pero ambos rechazaron cortésmente la oferta.
En lugar de aceptar, ellos le pidieron disculpas por el incidente que había ocurrido en su jurisdicción, sintiendo cierta culpa por no haber podido evitarlo.
Para Jim, la situación parecía tener un matiz personal.
La anciana de alguna manera le recordaba a su querida abuela materna, Leonora, una mujer que había sido una presencia cálida e inspiradora en su infancia.
Ese parecido le hizo sentir un afecto especial por la señora, intensificando su determinación de resolver el caso.
Al día siguiente, los trabajadores del servicio de recolección de basura descubrieron una cartera de mujer en uno de los contenedores.
Al inspeccionarla, encontraron documentación a nombre de una tal Sra.
Agatha Farrell, pero el dinero había desaparecido.
Siguiendo el protocolo, entregaron el hallazgo en la comisaría, donde los agentes, al reconocer el nombre, notificaron de inmediato a Jim y Dimitri, quienes estaban a cargo del caso.
Además, se procedió al análisis de las huellas dactilares encontradas en la cartera, con la esperanza de identificar al responsable del robo.
Sin embargo, el resultado fue infructuoso: el joven en cuestión no figuraba en la base de datos policial, lo que indicaba que no tenía antecedentes delictivos.
Jim y Dimitri, tras averiguar la dirección de la Sra. Farrell, decidieron entregarle personalmente la cartera. Al llegar a su hogar, se la devolvieron con una disculpa por no haber podido recuperar el dinero… ni su teléfono móvil, que aún seguía en paradero desconocido.
La anciana, lejos de molestarse, les agradeció profundamente el gesto y aceptó con resignación que recuperar el efectivo era, en la práctica, una causa perdida.
Para ella, el dinero no era lo más importante.
Lo que realmente le preocupaba era la cartera en sí, un objeto de gran valor sentimental, ya que había sido un regalo de su difunto esposo.
Además, contenía toda su documentación, lo que le habría supuesto un gran inconveniente de no haberla recuperado.
También le inquietaba el hecho de que aún no habían podido hallar su móvil, ya que en él guardaba datos personales y contactos familiares esenciales.
Agradecida por la amabilidad de los agentes, les ofreció un café o algo de beber, pero Jim y Dimitri, aunque tentados por la invitación, declinaron con cortesía.
Con una sonrisa, explicaron que estaban de servicio y no podían demorarse demasiado, aunque se marcharon con la satisfacción de haberle devuelto a la anciana algo más que una simple cartera.
No obstante, le prometieron que removerían cielo y tierra hasta encontrar su móvil.
Cuando Jim tenía veintiséis años y comenzaba su carrera como recluta novato, Dimitri Papadakis fue su instructor. En aquel entonces, Dimitri era conocido por ser estricto, pero justo, y se ganó el respeto de Jim con su experiencia y su forma directa de enseñar.
Más tarde, ya como agente de policía, Jim trabajó con diferentes compañeros, algunos excelentes y otros no tanto. Sin embargo, el destino quiso que volviera a coincidir con Dimitri, esta vez no como instructor, sino como compañero. Para entonces, Jim tenía treinta años y Dimitri cuarenta y seis.
Hoy en día, tras casi once años trabajando codo con codo, ambos se conocen a la perfección.
Forman un equipo sólido y eficiente, donde la confianza mutua y la compenetración son clave.
Además de ser grandes compañeros de trabajo, Dimitri y Jim son buenos amigos.
Dimitri, de lejano origen griego, siempre ha sido una figura de guía y apoyo para Jim, casi como un hermano mayor.
Fue él quien le enseñó gran parte de lo que sabe, no solo sobre ser un buen policía, sino también sobre la vida.
Dimitri está casado desde hace años y tiene una familia numerosa, que es su mayor orgullo y alegría. Frecuentemente le dice a Jim con una sonrisa:
—Deberías buscarte una buena chica, sentar la cabeza y formar una familia. No sabes lo que te estás perdiendo.
Pero Jim, de naturaleza tradicional y algo escéptico, siempre responde con un tono relajado:
—No quedan chicas decentes, Dimitri. Estoy mejor soltero, créeme.
A pesar de la insistencia de su compañero, Jim no tiene prisa por casarse.
Está feliz con su vida tal como es, centrado en su carrera y disfrutando de la libertad de su soltería.
Sin embargo, en el fondo, Jim simplemente está esperando a la mujer adecuada.
En realidad, es un hombre familiar y amoroso.
James O’Hara, conocido por todos como Jim, es el hijo mayor de Conor O’Hara, un bombero irlandés, y Selena Smith, una relaciones públicas londinense.
La historia de sus padres comenzó en una boda en Londres, donde Conor, mejor amigo del hermano del novio, conoció a Selena, una de las damas de honor.
Por aquel entonces, Conor tenía veinticinco años y Selena diecinueve.