Bajo el abanico Capítulo 16 – Cuando la música calla #3
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Capítulo 16 – Cuando la música calla #3

Nico respiró hondo, se acomodó en la silla y sonrió al doctor.

—Pues lo bailamos, doc. Si es maratón, hacemos maratón.

Si es pasito, pues paso. El doctor lo miró apenas, sin seguirle la broma.

Anotó en el expediente y extendió nuevas órdenes.

Alex buscó en su mirada un destello de optimismo.

Encontró apenas un “vamos a cuidarlo” dicho con tono de rutina.

De regreso a casa, el silencio en el auto fue distinto.

No era el silencio cómodo de los últimos días; era un silencio con filo, con esquinas.

Afuera, Monterrey bullía con camiones, cláxones y vendedores ambulantes.

Un señor vendía elote en vaso en la esquina, unos niños corrían con mochilas.

La ciudad seguía su ritmo indiferente mientras ellos cargaban la noticia.

Alex apretaba la mano de Nico, que seguía haciendo chistes malos: —Oye, ¿me vas a poner flores en el cuarto o en el escenario?

Alex no contestó. Miraba por la ventana, repitiendo en su cabeza las palabras del médico como si fueran letras que debía memorizar para una obra de teatro cruel.

En el departamento, Nico lo tomó de los hombros. —No me mires como funeral. Estoy aquí, ¿ves? Respirando. —Pero te cuesta —respondió Alex, con la voz rota. —Sí, pero respiro. Y mientras respire, te prometo que voy a reírme aunque sea un poquito.

Alex se quebró apenas. Se dejó caer en el sofá y escondió la cara entre las manos.

Nico se arrodilló a su lado, aun con el cansancio encima.

—Ey —dijo—. Soy yo el que debería estar dramático, y mírame.

El humor todavía me alcanza. —No puedo fingir que no me asusta —respondió Alex—.

No quiero perderte. —No me pierdes. Estoy aquí, con tos, con mareos, con todo.

Pero estoy. Y eso tiene que bastar, por ahora.

Esa noche, Alex sacó el abanico y lo abrió frente a él. Lo movió despacio, dándole aire. Nico cerró los ojos y levantó la mano, tocando la tela con la punta de los dedos. —Gracias —susurró—. Aunque sea aire inventado, me sirve. —No es inventado —corrigió Alex—. Es el aire que nos queda. Y es tuyo.

Se quedaron así unos minutos, uno dando aire y el otro recibiéndolo, como si hubieran descubierto un lenguaje secreto.

El abanico ya no era adorno ni truco: era puente, era pacto.

Alex lo sostuvo firme, como quien sostiene una promesa.

Nico lo acarició como si acariciara futuro.

Recordaron en silencio las veces que ese abanico había sido escudo en el bar, cómplice en un show, y ahora era simplemente vida compartida.

Los días siguientes fueron una danza rara. Alex intentaba llenar la casa de rutinas nuevas: cocinar, leer en voz alta, limpiar con exageración. Nico lo detenía, riendo. —Me estás cuidando como si fuera jarrón de museo. Y soy drag, cariño, estoy acostumbrado a romperme y pegarme con glitter.

Alex sonrió, pero por dentro sentía la grieta abrirse. A veces iba al baño solo para llorar sin que Nico lo viera. Después regresaba con cara lavada y sonrisa falsa, practicada como maquillaje.

Por las noches, el abanico se volvió ritual. Alex lo abría en silencio y lo movía sobre ambos, como quien bendice. Nico decía en broma: —Échame glitter bendito. Y Alex respondía: —Es aire regio certificado.

En ese juego, los dos encontraban calma.

Una tarde subieron a la azotea. El aire de Monterrey estaba tibio, con olor a tortillas recién hechas y humo de carne asada de las casas cercanas.

Desde ahí podían ver la Macroplaza iluminada y el rayo verde del Faro cortando el cielo.

Nico se recargó en la barda, cansado pero firme.

—¿Sabes qué pienso? —dijo—. Que la ciudad nos mira, aunque no queramos.

Y que ahora nos toca enseñarle que el silencio también brilla.

Alex lo abrazó por la espalda. —Yo sólo quiero que sigas aquí.

Conmigo. —Lo estaré —respondió Nico—. No sé cuánto ni cómo, pero aquí. Eso basta.

El viento movió la tela del abanico que Alex llevaba colgado del cinturón.

Lo abrió y el clack resonó suave contra las azoteas.

Nico rio. —Ese sonido me recuerda que todavía tenemos acto final.

Falta nuestra última ovación. Alex lo miró con lágrimas contenidas.

—Entonces ensayemos desde ahora. —Ensayemos el silencio —agregó Nico—.

Porque cuando vuelva la música, quiero que me encuentre listo.

Hablaron largo rato, mirando la ciudad como si fuera público lejano.

Recordaron shows pasados, anécdotas de camerino, rivales y aliados.

Rieron con historias viejas, se abrazaron con miedos nuevos.

Nico le pidió a Alex que no dejara de bailar, aunque él no pudiera.

—Si alguna vez me falta el aire, tú baila por los dos.

Alex lo prometió con un beso en la frente.

Monterrey respiraba con ellos. La noche, tibia y ancha, parecía dar permiso para llorar y reír en la misma exhalación.

Alex apretó la mano de Nico. Nico, con los ojos cerrados, se dejó sostener.

Y así, bajo un cielo que olía a humo y pan, aprendieron que incluso en el borde del miedo se podía bailar.

El teléfono sonó temprano, con esa vibración nerviosa que rompe el sueño.

Alex atendió antes del segundo timbrazo.

Era la clínica: la voz de la asistente sonaba como quien lee un guion aprendido.

“El médico sugiere iniciar tratamiento conservador, reposo prolongado, citas de control, ejercicios de respiración. Les esperamos hoy a las cinco.” No había veredicto teatral; había agenda.

Alex agradeció y colgó. Se quedó mirando el abanico en la repisa.

La tela, inmóvil, parecía contener el aire de la casa.

Nico entró a la cocina arrastrando pantuflas, cabello revuelto, la camiseta grande con una mancha de café de otra vida.

—¿Buenas noticias? —preguntó, preparando su sonrisa de guerrero.

—Noticias —dijo Alex—. Plan de batalla sin fuegos artificiales.

—Me encantan los números sin confeti —bromeó Nico, y se dejó caer en la silla.

Desayunaron en silencio. Alex cortó pan dulce en pedazos pequeños, como si el tamaño hiciera menos el miedo.

Nico bebió té con limón. La Pachuca mandó un audio con voz velada: “A las cinco estoy afuera con ustedes. Y no discutan”.

Paola envió un mensaje corto: “Cuentan conmigo para logística. No para fotos”.

Alex soltó el aire. La casa estaba llena de gente sin estarlo.

En la clínica, el médico habló sin adornos.

Dijo “controlar”, “fortalecer”, “observar”.

Evitó palabras monumentales. Entregó un folleto con dibujos de un cuerpo respirando y una tabla de ejercicios que se marcaba por tiempos.

Alex tomó notas como si estuviera armando una coreografía.

Nico escuchó con los ojos caídos, obediente y cansado.

—Puedo prometer disciplina —dijo—, pero no prometer paciencia.

—La paciencia no se promete —contestó el médico—. Se practica.

Regresaron con un espaciador, un aparato para medir respiraciones y una lista de citas.

La primera tarde con “el programa” pareció un ensayo de escuela: Alex contaba “uno, dos, tres, cuatro” y Nico seguía los movimientos delicados del pecho.

El abanico, a un lado, marcaba el compás cuando el aire se espesaba.

En el minuto seis, Nico se rió sin aire: —Quiero mi diploma por aguantar la clase de respiración de la maestra Alex.

—Se entrega con una concha y un beso —dijo Alex, y se lo dio.

La casa fue ajustándose a ese nuevo pulso.

Alex pegó en la pared de la sala un horario con marcadores de colores: ejercicios, comida, siesta, llamadas.

Cambió los focos por luz más cálida, guardó la mitad de los brillos en una caja, dejó fuera sólo el abanico.

La música casi no sonaba; de fondo apenas, y sólo a ratitos.

Nico caminaba despacio, contaba pasos sin querer.

El cuerpo, que había sido exageración y gesto, ahora era un animal que pedía cuidado.

La Pachuca instaló un servicio secreto de amor: una “rota” de comida.

Reinas, maquillistas, meseras, gente del bar: cada quien tomó un día.

Llegaban tuppers con caldos, arroz, frijoles, verduras, sopas que olían a casa de abuela.

En la tapa, notas rápidas: “con cariño”, “sin chile por si las moscas”, “receta de mi tía”.

Nadie pedía foto. Nadie subía historias.

Era una solidaridad sin alfombra roja. —No sabía que tenías tanta familia —dijo Nico, mirando el refrigerador lleno.

—La elegimos desde siempre —respondió Alex—.

Hoy nos tocó que nos llevaran de comer a nosotros.

Paola, práctica y concreta, se encargó del mundo exterior.

Envió correos a los bares, pospuso fechas, devolvió anticipos, explicó sin morbo.

“En pausa por salud. Gracias por entender.” Cuando alguien pidió entrevista, contestó con una línea: “No hay declaraciones.” Alex, leyendo, sintió una gratitud nueva por esa mujer que hablaba en números y, sin embargo, sabía cuándo callar.

Hubo días buenos. Nico completaba la serie de respiraciones sin marearse, comía con gusto, bromeaba con la Pachuca.

En uno de esos, Alex prendió el canal del Santa Lucía en la tele: tomas del canal reflejando el cielo, familias en bici, el cerro de fondo.

Parecía una postal de calma. Nico apoyó la cabeza en el hombro de Alex.

—Quiero volver a caminar ahí —murmuró. —Vamos a volver —prometió Alex.

No sabía cuándo. Sabía cómo: paso de hormiga, aire a aire.