Capítulo 15 – El regreso al escenario #2
Paola ya estaba, de pie en primera fila, cronómetro en mano, auriculares colgando del cuello.
—Hoy se prueba todo —anunció, con voz de productora de televisión—.
Música, luces, entradas, pausas. No hay público, pero sí ojos —señaló al personal, a los técnicos, y a La Pachuca, que fumaba en una esquina como si el humo también formara parte de la escenografía—.
Si funciona con ellos, funciona con cualquiera.
Alex tragó saliva. Caminó hasta el centro, probó la primera posición.
El escenario, vacío y silencioso, parecía mirarlo de vuelta.
Cerró los ojos y escuchó su propia respiración.
El cuerpo tembló, pero también reconoció la textura áspera del piso: el mismo piso que había recibido caídas, risas y lágrimas de tantas reinas antes que él.
Recordó su primera vez allí, cuando apenas se animó a abrir el abanico frente a un público reducido. El miedo era parecido, pero entonces lo salvó la sorpresa de descubrirse capaz. Ahora, en cambio, lo que lo sostenía era la memoria: ya había estado aquí, ya sabía que se podía sobrevivir al eco.
—Empieza cuando quieras —dijo Nico, bajando la voz como un director invisible.
La música arrancó. Los primeros pasos fueron torpes: un giro demasiado rápido, el abanico abriéndose antes de tiempo, la respiración desacompasada.
Paola levantó la ceja y apuntó algo en su libreta.
Alex sintió que todos lo miraban como si fueran jueces de concurso.
Tropezó en un lateral, casi cayó. Detuvo la pista de golpe, con un gesto de frustración.
—No es examen, es ensayo —dijo La Pachuca desde el fondo, con voz ronca—. Si no tropiezas hoy, tropiezas el sábado.
Alex volvió a empezar. Esta vez caminó más lento, hombros hacia atrás, cada pisada medida.
El abanico se abrió sin clack, sólo deslizando, como habían planeado.
El silencio en el bar se volvió expectante, aunque no hubiera público.
El clack llegó después, breve y fuerte, y rebotó en las paredes como un latido conocido.
Paola aplaudió una sola vez. —Ahí está. Eso es lo que necesitamos. Ahora con luces.
El técnico encendió un ámbar cálido que bañó a Alex en sudor inmediato.
Sintió cómo la luz lo envolvía y lo obligaba a mostrar la cicatriz del abanico.
Dio la vuelta al escenario, giró con la tela cortando el aire.
Al terminar, levantó el abanico hacia la lámpara: la cicatriz brilló como si tuviera voz propia.
—Otra vez —ordenó Paola—. Con entrada desde bambalinas, saludo, pausa de tres segundos, y ahora sí, música. Cronometrado.
Alex obedeció. Caminó desde la oscuridad hacia el centro, conteniendo el temblor en las rodillas.
Se inclinó apenas y esperó tres segundos que parecieron eternos.
El aire estaba tan quieto que se oía un ventilador detrás del bar.
Luego la música subió. Esta vez no se apuró: cada gesto salió como si hubiera estado escondido en su cuerpo esperando volver.
El abanico se abrió y la cicatriz quedó expuesta bajo la luz azul del segundo foco.
La Pachuca apagó el cigarro en una lata y aplaudió con las manos pesadas. —Ese clack ya no suena a defensa. Suena a casa.
Alex sintió que el pecho se le abría. Se llevó la mano al corazón como si verificara que todavía estaba allí.
Nico subió al escenario sin avisar y lo abrazó desde atrás, respirando con él.
El abrazo no fue parte del ensayo, pero sí del regreso.
Paola detuvo el cronómetro y sonrió por primera vez en días.
—Con esto, ya tenemos regreso. El sábado no van a ver chisme. Van a ver historia.
El ensayo continuó por horas. Alex tropezó en algunos giros, perdió el tiempo en una pausa, olvidó un gesto de mano.
Paola lo corrigió con paciencia férrea: “Demasiado pronto”, “espera un compás más”, “mira al horizonte, no al piso”.
Nico, en cambio, sólo lo miraba con calma y le hacía señas con los dedos, indicándole dónde respirar.
La Pachuca intervenía cada tanto con frases que parecían proverbios: —El escenario no cobra deudas, sólo las recuerda.
—No bailes para vengarte, baila para volver.
—Si tiembla tu rodilla, que tiemble en ritmo.
Al caer la tarde, hicieron la última corrida completa.
El bar estaba en penumbra, sólo los reflectores iluminaban el centro.
Alex se sintió por primera vez en semanas dueño de sus pasos.
El clack final resonó y el silencio posterior fue tan intenso que por un segundo creyó escuchar al público inexistente contener la respiración.
Paola cerró la libreta. —Suficiente. No desgastes. El sábado lo das todo. Hoy ya me diste lo que necesitaba ver.
Alex bajó del escenario con el corazón latiendo fuerte pero sereno. Se sentó en una silla de plástico y dejó que el abanico descansara sobre sus piernas. La cicatriz brillaba bajo la luz tenue, como un recordatorio de que lo roto también puede regresar.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Nico, agachándose frente a él. —Como si hubiera vuelto a abrir una puerta cerrada mucho tiempo —respondió Alex. —Pues no la cierres —dijo La Pachuca—. Que entre aire.
Esa noche, al salir del bar, Monterrey los recibió con un calor espeso, olor a gasolina y a tacos de la esquina.
Alex abrió el abanico por inercia y lo cerró con un clack decidido.
Sonó limpio, resonante. Nico lo miró de reojo.
Paola suspiró. La Pachuca sonrió apenas.
Era el sonido de alguien que, después de la caída, había decidido volver a bailar.
Caminaron juntos por la acera caliente, mientras los postes lanzaban sombras largas y las luces de neón de los bares se encendían una a una.
Alex sentía que cada paso lo acercaba al sábado, pero también que cada paso ya era parte del regreso.
Miró a Nico, que caminaba a su lado en silencio, y pensó que no estaba solo ni en el escenario ni en la vida.
Monterrey rugía alrededor, pero en ese instante todo lo que importaba era que el clack del abanico volvía a sonar verdadero.
El sábado amaneció con un ruido diferente, como si la ciudad respirara con metrónomo.
Alex despertó antes que la alarma. Puso los pies en el piso frío, caminó hasta la repisa y tomó el abanico.
La cicatriz, discreta pero firme, parecía una línea de vida.
Lo abrió una vez, sin clack, sólo para sentir el aire.
“Hoy,” se dijo, “se baila con lo que hay.”
Paola escribió a las ocho: “Llamado 17:00. Sonido a las 18:00. Puertas 20:00. Tú abres 22:00.” Adjuntó un check-list: hidratación, vendas para los dedos, dos cambios de camisa por el sudor, toalla negra.
Al final, un emoji de uña pintada. Alex sonrió.
Nico dejó café en la mesa y un sándwich envuelto en servilleta.
—No te me desmayes antes del clack —dijo, mitad broma, mitad rezo.
—Si me caigo, tú me levantas —respondió Alex. —Como siempre.
El día transcurrió en cámara lenta. Alex trató de dormir siesta; el cerebro no obedeció.
Se bañó con agua casi fría, repasó la coreografía sin música, contó los tiempos con los dedos.
En el espejo, quiso delinearse y se detuvo: ese primer número iba sin máscara.
Se peinó apenas, camisa blanca planchada, pantalón negro, tenis limpios.
El único brillo sería la cicatriz del abanico.
Camino al bar, Monterrey ardía. En los postes, carteles viejos de conciertos; en las esquinas, vendedores de botellas con agua y hielo.
Pasaron por la Macroplaza: el rayo verde del Faro del Comercio dormía aún.
Alex pensó en el teaser, en el clack del final, en la palabra “sábado” sin más promesas.
Sentía una gratitud rara: había gente que volvería a verlo no por morbo, sino por esa promesa pequeña.
Llegaron al bar a las cinco y media. Adentro, el personal montaba barras, limpiaba mesas, ajustaba consola.
La Pachuca ya esperaba en camerinos, afilando palabras como si fueran brochas.
—Hoy no eres mártir ni héroe —le dijo apenas lo vio—.
Hoy eres bailarín. Lo otro es ruido. —¿Y si gritan otra vez?
—Que griten. El aire pasa encima del grito. El abanico no se discute: se abre.
Paola entró con la carpeta como escudo. —Programa, manas: abres tú solo, pausa de dos minutos, luego número de calentamiento de la casa, después regresas con Nico.
Si algo se cae, el DJ sabe alargar o cortar.
No improvisen declaraciones. La frase ya la dijimos.
Hoy se baila. ¿Claro? —Claro —dijo Alex. —Clarísimo —repitió Nico.
Hicieron prueba de sonido. Alex caminó hasta el centro, probó el micrófono: “uno, dos”.
Lo dejó a un lado; no lo necesitaba. La pista sonó y el cuerpo respondió con memoria recién aceitada.
Los focos ámbar y azul lo siguieron obedientes.
La Pachuca, desde abajo, le marcó con la mano el momento exacto en que la cicatriz debía mirar al público.
Paola, cronómetro en alto, anotó tiempos.
Cuando cortaron, nadie aplaudió: no hacía falta.
Había una certeza silenciosa, como cuando la luz del escenario cae en el lugar correcto.
Las puertas se abrieron a las ocho y el bar se llenó de inmediato.
Alex, escondido en el camerino, escuchaba el rumor crecer: risas, vasos, tacones.
Le temblaron las manos. Nico le besó la frente.
—Respira conmigo —dijo, y sincronizaron el aire hasta que los hombros bajaron.
La Pachuca le puso un toque de polvo para quitar el brillo de la frente.
—Para que brille lo de adentro —explicó.
—¿Y si no brilla? —preguntó Alex. —Brilla. El cuerpo sabe.