Epílogo - Gianna
Un año después, un hombre subido a una escalera está atornillando mi nombre a la pared.
Está allá arriba, casi en lo alto del vestíbulo, por encima de la larga fila de camisetas enmarcadas, con un taladro en una mano y una letra de latón en la otra.
Lockwood y Maddox llevan ya tiempo ahí arriba, hechas del mismo latón de estilo antiguo de siempre, un poco deslustrado por tres años de polvo de Texas.
Las mías son nuevas del todo. Brillan tanto contra el ladrillo que casi parecen un error.
D. A. R.
Estoy en medio del viejo suelo de baldosas, con el café enfriándose en la mano, y veo subir una por una todas las letras.
—Está torcida —dice Roman a mi lado.
—Está perfecta.
—La segunda R está un dieciseisavo de pulgada más baja.
Alzo la vista hacia él. Lleva un traje gris marengo, el cuello de la camisa blanca abierto, sin corbata.
Casi siempre va así. Tiene más canas en las sienes que hace un año.
Dice que es culpa mía. Mira la pared con los ojos oscuros entornados.
Tiene una mano en el bolsillo del pantalón y la otra apoyada sobre el bolsillo de la camisa, encima del corazón. La deja ahí cien veces al día.
La lista sigue ahí dentro. Ya está tan gastada que apenas aguanta un pliegue. El punto siete está escrito con lápiz de ojos, borroso hasta casi desaparecer. Cada mañana la pasa a una camisa limpia y, cada mañana, yo finjo no verlo.
—Deja en paz a la R —digo.
—Yo no le he dicho nada a la R.
—Ibas a hacerlo.
Al otro lado, Dalton se ríe. Lleva vaqueros y una vieja sudadera gris de la TCU, el pelo castaño claro aún húmedo de la ducha y dos cafés en una bandeja de cartón en la mano.
Uno es solo. El otro tiene tantos sobres de azúcar que, según él, ya no cuenta como café.
Le da el solo a Roman, me pasa el otro y me quita el que se me ha quedado frío sin preguntar.
—Señor —grita hacia la escalera—. No le haga caso. Cree que todo está torcido. Nos hizo volver a colgar esa pared de camisetas tres veces.
El hombre de la escalera baja la mirada hacia los tres. Mira a Roman. A Dalton. A mí, en medio. Luego vuelve al taladro sin decir una palabra.
R. O. W.
—Darrow —lo lee despacio Dalton, letra a letra, a medida que van subiendo—. Lockwood Maddox Darrow. —Niega con la cabeza—. Suena a bufete de abogados.
—Los bufetes cobran por horas —dice Roman—. Nosotros cobramos por victorias.
—Es mi nombre —digo.
Ninguno de los dos contesta a eso. Dalton me pone la mano libre en la parte baja de la espalda. Roman no me toca en el vestíbulo, no con la recepcionista mirando desde su mesa, pero se acerca medio paso hasta que su manga me roza el hombro.
Un año.
Darius ha completado el primer año de su contrato récord y ha atrapado más balones que cualquier otro receptor de la liga.
Arcline va ya por la tercera combinación de colores de las Hold.
La nueva es de un dorado intenso con una lengüeta rojo ladrillo, y la letra de Miss Ruby aparece en todas las plantillas, desde aquí hasta Madrid.
Me llamó la semana pasada para contarme que un niño de su iglesia le había pedido que le firmara las zapatillas, y que ella le había dicho que ya se lo pensaría.
Everett Langston llegó a un acuerdo con los abogados de mi padre en primavera y se mudó a Connecticut.
Trevor Haines duró cuatro meses más en los Marshals, hasta que Rhett lo despidió y le dio el puesto a una mujer de mi antiguo equipo, la que yo misma habría contratado.
Rhett me llamó esa noche para contármelo.
No volvió a disculparse. Me preguntó a quién habría elegido yo y, cuando se lo dije, respondió:
—Esa es a la que he elegido yo.
Mi padre viene a cenar a casa de Dalton cada dos semanas más o menos, porque la parrilla de Dalton es más grande que la suya.
Él y Roman discuten de contratos durante toda la cena.
A los dos les gusta más de lo que admitirán jamás.
Hace unas semanas, Roman le ganó una negociación por un ala cerrada suplente y mi padre se sintió tan orgulloso que le compró una caja de puros.
Roman no fuma. Aun así, guarda la caja en la estantería del loft, justo al lado de los discos.
Darlene por fin recibió su llamada. Ahora Roman la llama todas las semanas. Ella manda una tarta de nueces pecanas desde Mabry, con el nombre de Dalton escrito en el papel de aluminio y el de Roman en la tarta.
Mi madre trae vino y nos observa a todos por encima de la copa. No ha hecho ni una sola pregunta. No le hace falta. Ella siempre lo sabe.
La cama de hierro blanco vive ahora en la casa de piedra caliza de Dalton, en el dormitorio grande del fondo, el de las ventanas que dan al lago. Dalton hizo venir a un hombre para que soldara el armazón en cuatro puntos. Roman lo pagó. Dice que es una inversión.
Nadia: Felicidades. Si alguien sugiere un rayo para el logo, despídelo.
Ese mensaje llegó al amanecer. Lo he leído cuatro veces.
La puerta principal se abre a nuestra espalda. Camille entra desde el sol con un traje rosa y otro pintalabios nuevo, color ciruela esta vez, y una bolsa de muestras de encaje colgada de un brazo. Se detiene a mi lado y echa la cabeza hacia atrás para mirar la pared.
—Ah —dice en voz baja. Luego mira a los dos, uno a cada lado de mí, y entorna los ojos al fijarse en Dalton.
—Vale —dice—. Pero ¿qué lleva puesto? ¿Eso es una sudadera? ¿El día del cartel?
—Es la de la suerte —dice Dalton.
—Tiene un agujero en el codo.
—Por ahí entra la suerte.
Camille pone los ojos en blanco con tanta fuerza que mueve toda la cabeza.
La recepcionista también se ha levantado de su mesa para mirar.
Camille levanta el móvil y hace una foto de la pared, y después otra de los tres debajo.
A nuestra espalda, al otro lado de los ventanales en arco, un coche toca el claxon en McKinney y el sol de la mañana cruza las baldosas en largas franjas doradas.
Roman aparta la mano del bolsillo de la camisa. No dice ni una palabra sobre la R. Sus ojos oscuros recorren la pared, letra a letra, hasta el final de mi nombre. Luego baja la mirada hacia mí.
—Te queda bien —dice.
Viniendo de Roman, eso es todo un discurso.
Dalton me rodea la cintura con el brazo por el otro lado y me aprieta contra él. Noto su calor a través de la sudadera vieja. Huele a jabón y al café que se le derramó en la manga en la camioneta. Me apoya la boca en la coronilla y la deja ahí.
—Estoy orgulloso de ti —dice contra mi pelo.
Me río y, al mismo tiempo, me escuecen los ojos.
Roman me pone la mano en la nuca, por debajo del pelo, cálida y pesada. Allí mismo, en el vestíbulo, con la recepcionista mirando, se inclina para besarme la sien. Dalton me besa la otra.
Camille baja el móvil.
—Vale —dice—. Me voy antes de que aquí alguien pida matrimonio.
Me da un beso en la mejilla y vuelve a salir al sol con sus muestras de encaje. La recepcionista se sienta a su mesa y de pronto se interesa muchísimo por su pantalla.
Dalton no aparta el brazo.
—Bueno —dice por encima de mi cabeza—, ¿a quién le toca esta noche?
—A mí —dice Roman.
—Anoche la tuviste tú.
—Tres horas. Tú la tuviste en Mabry todo el fin de semana.
—Mi madre la pidió —dice Dalton.
—Tu madre me pide a mí todas las semanas. Yo no me cojo un fin de semana entero.
Levanto la vista hacia los dos. Roman, con su traje gris carbón, las sienes ya canosas y la mandíbula tensa, igual que al otro lado de una mesa de negociación. Dalton, con la sudadera agujereada en el codo y el pelo rubio ceniza sobre los ojos, le sonríe a Roman desde arriba.
Doy dos golpecitos con las uñas en el antebrazo de Dalton.
Los dos se callan.
—Ninguno de los dos —digo—. Os llevo a casa a los dos.
Los ojos oscuros de Roman se oscurecen todavía más. La sonrisa de Dalton se ensancha despacio, perezosa.
—Si no es ni la hora de comer —dice Roman.
—Pues despeja tu agenda.
Saca el móvil del bolsillo sin apartar los ojos de mí y se lo lleva a la oreja.
—Cancélame todo lo de hoy —le dice a quien responda al otro lado—. No. Todo.
Cuelga.
Dalton ya está sacando las llaves de la camioneta del bolsillo de los vaqueros.
—A mi casa.
—Conduce rápido —digo.
Cojo la mano de Roman y luego la de Dalton. Los saco a los dos por la puerta principal, al sol, bajo mi nombre, con la segunda R todavía un dieciseisavo de pulgada más baja. No voy a dejar que nadie la corrija nunca.
Fin.
¡Gracias por leer!