Capítulo 2
Plantado en el umbral, pincel en mano, Étienne Prigent —pintor de padre a hijo desde hace seis generaciones— me clava unos ojos muy abiertos y enrojecidos.
Parece un conejo deslumbrado por los faros.
Alto, delgado, con el pelo castaño revuelto y las orejas de soplillo, no es mucho mayor que Alban.
Veintiocho... quizá treinta años. Lleva manchas de pintura de la cabeza a los pies.
—¿Os preparo un café? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Sería el cuarto expreso de la mañana, creo. Si no, más me valdría volver a la escuela para aprender a contar. Con una sonrisa tan blanca como su pintura, Étienne asiente. Una cabeza casi idéntica a la suya asoma detrás de él y hace lo mismo.
—De acuerdo. ¡Café! —suspiro.
Más rápidos que el relámpago que en ese momento surca el cielo con su formidable incandescencia, los dos pintores chapuceros se apresuran a sentarse. Saco dos tazas limpias del armario y las lleno con el café que guardo caliente en un termo.
—Nos gustaría un poco de azúcar... —empieza Étienne.
—Y unas galletas... —lo interrumpe su hermano menor, Lucien—. Las rellenas de chocolate.
Un trueno retumba a lo lejos y ahoga el gemido que se me escapa. ¡Estos dos van a volverme loca!
—Bueno, ¿cómo va la cosa? —suelto, después de servirles.
—Ya hemos terminado con el pasillo y el vestíbulo...
—Ya verás, Jade, no huele a nada...
—Es pintura inodora...
—Aunque todavía tenemos que dar una segunda mano...
—No sabemos si empezar con la cocina...
—No querríamos impedirte el paso...
—Se acerca la hora de comer...
—Y tendrás que preparar la comida...
En esta conversación que parece un partido de ping-pong, es imposible predecir dónde caerá la pelota.
Con los brazos cruzados, no intento interrumpirlos ni mostrar mi descontento.
Mientras no terminen su trabajo, seguiré haciendo de cocinera.
¡Llevo cuatro días así! Tendré que acostumbrarme. Pero estoy harta.
—¿Os parece bien filete con patatas fritas? —susurro, después de que un trueno más fuerte los haga callar.
Los dos hermanos dan un sorbo a su café y tuercen el gesto. Me veo obligada a añadir:
—Y habrá cerveza y postre.
—Mientras haya postre, por mí perfecto...
—A mí me encanta el far bretón de ciruelas...
—A mí también. Deberías ir a comprarlo al mercado cubierto, Jade. Los martes los tienen frescos...
Incapaz de meter baza, me limito a señalar la lluvia que cae a cántaros por las ventanas.
—¡Ay, estos parisinos! —se burla Lucien—. Una sola gota de agua y salen corriendo a refugiarse...
—Aunque yo conozco a un lugareño que le tiene miedo al agua.
Perfectamente sincronizados, echan un terrón de azúcar en su café y lo remueven con la cucharilla, sonrientes. Aprovecho este breve respiro para pensar en escabullirme.
—Bueno, os dejo que terminéis...
—Christine Morvan, ¿la conoces? —pregunta Étienne de repente, y frustra mi intento de fuga.
—Sí, yo...
—Es la cartera —añade Lucien mientras se da golpecitos en la mata de pelo castaño—. Es un poco como tú...
Su hermano lo imita, y yo me paso una mano por el pelo. Está encrespado, como siempre. Los dedos se me enredan.
—Deberías pasarte por lo de Maëlys —sugiere Étienne.
—Es la peluquera de Foisic...
—Su salón está en la calle del Viejo Lavadero...
—Podría arreglarte todo eso...
—No, gracias —suelto—. Nadie va a tocarme el pelo.
Los dos hermanos me miran con los ojos como platos, como si acabara de cometer una blasfemia.
—Maëlys trabaja muy bien —protesta Lucien.
—Yo diría que hace milagros...
—Menos con la Morvan...
—Esa lleva un nido de pájaros en la cabeza...
Los dos estallan en carcajadas. Suena el timbre, y es la excusa perfecta para dejarlos con su hilaridad.
Me apresuro hacia el vestíbulo. ¡Maldita sea!
Debería haberlo pensado dos veces antes de abrir la puerta de par en par.
Junto con una ráfaga de lluvia, irrumpe un individuo siniestro.
Es Gilles de Gourcuff, con un traje y corbata de corte impecable apenas mojado.
Con un descaro asombroso, cierra el paraguas sacudiéndolo y me empapa de arriba abajo. Tiene suerte de que Rimbaud no ande por aquí; si no, los bajos de sus pantalones no habrían escapado de sus fauces.
—¡Tiene usted mucha cara! —exclamo—. Nadie lo ha invitado a entrar.
Con una sonrisa comercial en los labios, me tiende la mano. La ignoro olímpicamente.
—Es usted demasiado educada para dejarme fuera con este tiempo tan horrible —responde mientras se alisa el pelo castaño ondulado.
Me lanza una mirada seductora que rechazo frunciendo el ceño.
—No hace falta que insista, señor de Gourcuff, no he cambiado de opinión desde la última vez: mi casa solariega no está en venta —le digo, señalando la puerta que sigue abierta de par en par—. No lo retengo.
En lugar de captar la indirecta, cierra la puerta a su espalda.
—He estado pensando en nuestro problema, señorita Beaumont, y creo que he encontrado la manera de hacerle cambiar de opinión.
Saca un folleto del bolsillo interior de su chaqueta y lo agita bajo mi nariz. Apenas le echo un vistazo, hirviendo de indignación. Pero ¿con qué derecho se presenta este hombre horrible en mi casa?
—¿Y bien? —suelto con altivez.
—Esta es su futura casa. Si acepta que gestione la venta de su mansión, ganará suficiente dinero para comprarla e incluso para viajar hasta el fin del mundo.
—¿En qué idioma debo explicarle que no pienso mudarme de aquí?
—Sería una pena dejar pasar una oportunidad de oro —declara, soltando su discurso comercial—.
La villa que le propongo es absolutamente preciosa.
Más grande que esta y, sobre todo, completamente nueva.
No tendrá que hacer ninguna reparación antes de mudarse.
Déjese tentar. No solo se instalará en un pueblo con vida, sino que también disfrutará de una playa para usted sola, con unas vistas impresionantes al mar.
—No me interesa.
—Al menos eche un vistazo al folleto…
—La señorita ha dicho que no quiere cambiar de casa, que le gusta estar aquí en Foisic. ¡Hay que escuchar! —la voz de Étienne a mi espalda me salva de una crisis nerviosa.
—¡Prigent, tú aquí! —rechina de Gourcuff.
—Mi hermano también está aquí. Vamos, Lucien, dile a este tipo lo que pensamos de él.
—Jade no te quiere —interviene Lucien.
—¡Así es! Déjala en paz.
Con aspecto amenazador, los pintores se plantan frente al agente inmobiliario de pacotilla.
Mi vestíbulo no está pensado para tanta gente.
Así que me apresuro a salir. Un momento después, la puerta se cierra de golpe.
No sé cómo se las han arreglado los Prigent, pero han conseguido deshacerse de mi visitante indeseado.
—¿Has visto? Nos deshicimos de él —exclama Étienne con orgullo—. Sabemos cómo hablarles a tipos como él.
—Le dimos un buen susto —se jacta Lucien.
—Sabemos hacernos respetar…
—A nosotros no nos pisa nadie…
—Y menos él…
—Si le dejáramos, vendería todas las casas de Foisic a parisinos… ¡sin ofender, Jade!
—Puedes darnos las gracias por intervenir…
—De lo contrario, no te habría dejado en paz…
—Eso me dio sed, ¿y a ti, Lucien?
—¡Sí! Me vendría bien otro café…
—Con galletas de chocolate…
Y dicho y hecho, se dirigen a la cocina. ¡Y vuelta a empezar!