Azufre
© inepub.com
Prólogo
A nastasia tiene nueve años y duerme plácidamente en su habitación hasta que la despierta el sonido de cristales rotos.
Mueve su pequeño cuerpo en el interior de las sábanas para acomodarse de nuevo, pero hay un ruido persistente que no le deja retomar el sueño, un sonido que no sabría definir: entre el gemido y el balbuceo, acompañado de pequeños golpes.
Abre los ojos.
A pesar de ser una noche sin luna, hay más claridad de la que espera, como si durmiese en un campamento junto a una hoguera. El ambiente es cálido, acogedor.
Sale de su habitación y va descalza. Su rostro se ilumina y siente el calor desde sus mejillas hasta los deditos de los pies. En la planta baja, el salón está tan iluminado que la ciega. No comprende lo que pasa, y se frota los ojos hasta llegar a la habitación contigua, dormitorio de su mamá.
Horror.
Su mamá yace bocabajo sobre la cama. Parece dormida, está desnuda y su cabellera rubia le cae sobre el rostro.
No ve su cara, pero sabe que es su mamá del mismo modo en que sabe que el extraño que está de espaldas a ella, de pie y a los pies de la cama, no es su papá.
También está desnudo y lleva una botella de cristal en la mano.
La vuelca sobre la espalda de su madre y camina hacia atrás para formar un reguero de alcohol hasta la salida.
El líquido derramado sobre la cabeza apaga el dorado de sus cabellos.
El fuerte olor abofetea la nariz de la niña.
El extraño se agacha y enciende un mechero plateado.
Su brillo, reflejo de la luz de luna, consigue hipnotizarla hasta el punto de sentir un paréntesis sensitivo, como si todo sucediera a cámara lenta.
De la nada se alza una llama que recorre el camino hasta la cama que prende como una pira quemando los pelos y la carne de su mamá muerta.
El extraño se gira y ve a la niña pálida.
Anastasia retrocede, y él avanza. La niña da media vuelta y corre hasta las escaleras. Sabe que debe huir del peligro, pero, cuando desciende al salón, algo aún más aterrador la paraliza.
En el sillón hay una silueta sentada, completamente acomodada y envuelta en llamas.
Sus piernas, sus manos, su cabeza…, todo cuanto ve es de color negro y sin más forma que la de una sombra metida en el fuego, y a pesar de ello reconoce a su padre carbonizado.
El salón es una bola de fuego y ella siente el sofocante calor y ve la espesura de humo negro que pinta el techo.
Tose. Le cuesta respirar. El ambiente está cargado y los ojos le pican.
Unos pasos pesados hacen crujir cada escalón por encima del crepitar de las llamas. El extraño pirómano desciende como un demonio a las llamas del mismísimo infierno.
Su instinto le chilla que debe huir, correr, sin embargo, las llamas son cada vez más altas y están por todas partes. Respira menos y ve peor.
El extraño baja el último peldaño y se planta frente a ella, mirándola con el fulgor de Satán en sus negras pupilas.
La niña se encuentra entre el mal y el fuego.
Él sonríe, y retoma su lento caminar hacia ella.
Ella encara las llamas que le queman las pestañas, y de manera intermitente retrocede la vista para ver lo cerca que está el demonio de darle caza.
Todo arde. Su cuerpo se mueve nervioso, tenso, desesperado.
Con solo nueve años tiene que tomar una decisión trascendental: no sabe si saltar al fuego o dejarse coger.
Y a pesar de que las ascuas picotean en su piel, siente en la nuca el frío helado que produce saber que la garra de un monstruo se aproxima por su espalda para atraparla.