EL MOMENTO
Mari soltó la mano de su hijo, era suficientemente mayor para apañárselas solo.
El joven movió los dedos con calma, primero masajeando la zona exterior, comprobando que el apurado del afeitado era exquisito.
Sus dedos ya pringados por la sustancia que su madre no paraba de expulsar hicieron el primer contacto con el clítoris.
La protuberancia dura, caliente y mojada le esperaba con ansia y cuando el joven la apretó, Mari siseó con los dientes debido al placer. Sergio no se detuvo, no lo haría ni aunque un genio le prometiera tres deseos, ya que ahora mismo estaba cumpliendo uno.
Volvió a apretar, esta vez con más fuerza, sumándole una leve rotación a modo de masaje que Mari sintió en el centro de su alma.
Apretó las piernas, atrapando la traviesa mano y suspirando sigilosamente.
La cosa que allí ya no había nada sigiloso, en el casi perfecto silencio que les envolvía, cualquier ruido era un grito, en este caso… de placer.
Abrió las piernas de nuevo, al tiempo que Sergio golpeaba otra vez el trasero de su madre con un miembro que suspiraba por salir. En el calzoncillo se le había formado una graciosa mancha de humedad que de haberla visto, Mari se habría derretido, tenía demasiado guardado.
Quiso poner en práctica todo lo aprendido en su vida, como si todas sus experiencias sexuales confluyeran en ese preciso instante.
Volvió a masajear el preciado clítoris y sintió en su propio pecho como el cuerpo de Mari temblaba como loco.
Pensó en miles de cosas, sobre todo en querer sacar su escopeta y empezar con el plato fuerte, sin embargo, lo mejor sería ir paso a paso.
Dejó el monte de venus que tan bien le había sentado tocar, para bajar con unos dedos mojados hasta la cavidad con la que una vez soñó. Lo iba a hacer, nada le iba a parar. Buscó la entrada con el dedo corazón, la encontró enseguida y por fin… aunque no de la forma que anhelaba… penetró a su madre.
—Mmm…
Salió de los labios de Mari llegando a los oídos de Sergio, ansioso por escuchar mucho más del placer que la mujer sentía. El dedo que se encontraba en el interior, se movió como una anguila, electrocutando cada pared de la madre.
Movía sus piernas con cierta inquietud, el placer era tal que ni siquiera se podía estar quieta, todo le molestaba, no sabía ni como ponerse para notar todo el gozo.
Mejor mantenerse quieta y que su hijo siguiera…
lo estaba haciendo tan bien. Eso sí, con manos ansiosas bajó hasta donde su ropa interior descansaba, la deslizó hasta sus muslos pudiendo abrir bien las piernas y dejando que su hijo introdujera su dedo corazón de forma más profunda.
La falange se comenzó a mover por todas las paredes, nadando en una piscina de líquidos de lo más placenteros.
Mari no quería materializar lo que pensaba, incluso mantenía los ojos cerrados sintiendo un placer sin igual.
Lo que había deseado por fin se estaba cumpliendo, iba a tener relaciones sexuales con Sergio…
no se dignaba a poner en su mente la palabra hijo.
Sergio sintió la tensión de los músculos de su madre, tanto en el interior del sexo, como en el resto de su cuerpo, la mujer se contraía.
Mari apretaba los dientes al tiempo que el joven aceleraba la marcha e introducía otro dedo en su interior.
El movimiento comenzó a ser veloz… como a ella le gustaba, incluso un sonido de chapoteo recorrió la habitación.
Separó las piernas todo lo que le permitió su nueva braga y puso su cara contra la almohada, no quería gritar, la daba vergüenza, INCREÍBLE.
Los dedos comenzaron a elevar tanto el ritmo que Mari no lo podía soportar.
Sintió el cielo y el infierno, el calor del sexo y el frío del pecado.
Le recorrieron un aluvión de sensaciones y abrió tanto los ojos como la boca de par en par, tensando su cuello contra la cama.
Salió todo lo que tenía que salir. Contra los dedos de su hijo cayeron años de sexo frustrante y días en los que Mari no se sentía ni siquiera apetecible.
Toda la resignación se fue con aquel orgasmo silencioso, tanto que solo las convulsiones del cuerpo de su madre avisaron a Sergio de que había llegado.
El chico sacó su mano para que su madre se relajara, escuchaba la respiración agitada e incluso el corazón acelerado de la mujer, lo podía sentir retumbando en su espalda.
Se quedó quieto, solo con el calor de su mano llena de un viscoso líquido que hubiera pagado por poder ver con claridad, mientras su madre se recuperaba del hermoso orgasmo.
“Joder… pero, ¿qué coño ha sido esto?” pensó la mujer al tiempo que no podía controlar el temblor de sus piernas. Su trasero le vibraba como loco mientras el pene de su hijo seguía atravesándola ambas nalgas.
No era tiempo para detenerse, era el momento de actuar, de coger al toro por los cuernos y disfrutar, el fuego de su interior no se había apagado, sino que rugía con más fuerza. Movió más sus piernas, quitándose de encima la braga que atrapó con su mano mientras Sergio seguía quieto a su lado.
La mujer no le dio tiempo de reaccionar.
Sus maltrechas piernas le dieron un respiro y sabiendo que estaba en la posición idónea, no perdió la oportunidad de subirse encima.
Una de sus manos se apoyó en la cama, sus piernas se pusieron una a cada lado del joven, justo dejando su sexo repleto de fluidos encima del miembro erecto.
La mano ansiosa por encontrar lo que buscaba bajó hasta el calzoncillo de su hijo. Introdujo sus dedos sin tanta parsimonia como había hecho anteriormente Sergio. El joven ayudó bajando levemente la tela hasta sus muslos, como su madre, escasos segundos atrás y… la bestia salió.
Mari la tenía tan cerca, que al salir aquel obelisco la golpeó en sus hinchados labios, dejándola un rastro de líquido preseminal que se unía a los fluidos salidos del orgasmo.
La mano rauda lo atrapó después de la colisión, agarrándolo con fuerza y haciendo que el joven se estremeciera de placer.
El sonido silbante que salió de los labios del hijo, a Mari… le encantó.
Dispuso aquel tremendo pene en su entrada, el sexo hambriento de la madre por fin iba a devorar lo que tanto había buscado. Aunque por una milésima, una duda a ambos amantes les pasó por la cabeza como un rayo destructor.
Sergio en toda la vorágine ardiente en la que estaba envuelto, justo cuando su madre rodeó el grosor de su miembro con la mano, sintió un leve contacto frío que no dudo de que se trataba.
Estaba claro que aquel trozo de plata que seguía con una temperatura templada, era la alianza de boda que su madre siempre llevaba encima.
A Mari quizá por el mismo contacto de su anillo con un pene que no era el de Dani, este le apareció como un fugaz recuerdo. Le iba a ser infiel por primera vez en su vida y no con un cualquiera, sino con su hijo.
Por aquella milésima de segundo en el que les pareció un siglo entero, todas las dudas y el remordimiento aparecieron. Incluso Sergio meditó la deslealtad a su padre, el máximo exponente de traición que iba a cometer.
Sin embargo, la moneda ya estaba en el aire y el destino… o el mismo demonio estaba con las riendas de sus vidas. El pene de Sergio rozó de nuevo uno de los labios de Mari, haciendo que aquella millonésima parte de segundo acabase y ambos volvieran a la casi perpetua oscuridad de la habitación.
La mujer no se detuvo, sino que pasó aquel tremendo miembro por su sexo, masajeándoselo para golpearlo en dos ocasiones contra su duro clítoris.
Un sonido rudo y acuoso recorrió las paredes de forma sabrosa.
Estaba poseída por un espíritu lujurioso que la instaba a seguir más y más, a sacar todos sus deseos aquella noche.
Al final lo que tenía suceder sucedió… la punta del pene de Sergio, se introdujo dentro de su madre.
De golpe, la mitad del miembro entró en Mari, que trató de aspirar todo el aire que pudo para soportar tanta presión dentro de ella. Un leve suspiro se acompasó con un generoso gemido de Sergio, que ya notaba como su glande era aprisionado por paredes calientes y mojadas.
La mujer pausadamente descendió su trasero, comenzando a engullir todo lo que su hijo tenía en la entrepierna. En menos de un minuto, sus nalgas hicieron contacto con las piernas del joven y ella se abrió totalmente para dar entrada a los últimos milímetros.
“Me cago en todo… ¡Si esto me puede partir en dos!” pensó únicamente en su cabeza, con cierto miedo a reproducirlo por su boca.
“Esta sensación… es lo mejor… mamá está ardiendo” Sergio con los ojos abiertos trataba de ver la sombra que comenzaba a cabalgarle con suma delicadeza, aunque era imposible.
Solo se podían observar las pequeñas siluetas que formaban en la oscuridad y…
los pechos que tras la tela se mecían a placer.
Mari sumida en un placer insano, con las manos apoyadas en el mullido colchón, empezó a mover su cadera de forma parsimoniosa.
Quería que su interior se acomodase a semejante monstruo, algo que por supuesto jamás había tenido dentro.
Encima de su hijo, la cabalgadura se comenzó a intensificar, ya que en su mente solo salían comentarios que necesitaba dar voz, pero que no podía.
“No me puedo creer… esto es tener una buena polla dentro…” su calentura iba maximizándose mientras una Mari más joven iba saliendo de su interior, una que dejó a un lado muchos años atrás.
Sus piernas se iban abriendo más y más, queriendo captar en su interior los últimos milímetros posibles, hasta el punto de que su propio ano contacto con los genitales de Sergio.
“¡Jesús, bendito! Estoy en la gloria… Síííí”.
El joven en cambio, apenas podía pensar en nada, se mantenía rígido y con las manos en las caderas de su madre. No quería tocar nada que pudiera romper aquel mágico momento y además… apenas podía soportar todo el placer que se concentraba en su entrepierna, de hacer algo, se correría.