AVENTURAS EN PATA DE GATO. LA HISTORIA DE DANTE Y MORITA. VALDILLUVIA Epílogo
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Epílogo

Las maletas volvieron a su lugar.

La manta gris regresó al respaldo del sofá.

Los juguetes aparecieron otra vez debajo de los muebles, como si nunca hubieran salido de casa.

Y, poco a poco, la rutina volvió a instalarse entre las ventanas, los ronroneos y los rayos de sol que cruzaban el salón.

Morita siguió siendo la misma exploradora incansable.

Todavía corría detrás de una hoja que entraba por el balcón.

Todavía investigaba cajas, bolsos y puertas entreabiertas.

Todavía creía que cada rincón escondía una aventura.

Dante...

Bueno.

Él seguía prefiriendo las mantas tibias, los lugares tranquilos y las siestas largas.

Ya no corría tanto como antes.

Ya no llegaba primero a todos lados.

Pero había descubierto algo que Morita apenas comenzaba a comprender.

Que las mejores aventuras no siempre son las que se viven más rápido.

Son las que se viven con quien camina a tu lado.

Mucho tiempo después, cuando Morita recordara aquel bosque, el puente, la lluvia y los lobos marinos, quizás no podría decir exactamente cuántos árboles había visto o cuántos charcos había saltado.

Pero jamás olvidaría que, incluso cuando las patas de Dante ya no podían seguir todos sus saltos, él nunca dejó de acompañarla.

Y ella, sin darse cuenta, aprendió algo que solo los hermanos mayores saben enseñar.

Que el amor también cambia de paso.

A veces corre.

A veces espera.

Y a veces simplemente camina más despacio...

...para que el otro nunca deje de sentirse acompañado.

Porque las aventuras terminan.

Los viajes también.

Pero hay compañeros que permanecen con nosotros mucho después de haber regresado a casa.