Capítulo 50
Zak Prescott
Leí el contrato dos veces, Liam preguntó si no lo estaba entendiendo, pero no era eso, en realidad, era jodidamente sencillo. Los Reapers y los Wolves harían una campaña conjunta antes del partido del próximo mes. Yo por Nueva York y Caleb por los Wolves.
—Esa cara no me gusta —dijo Liam y levanté los ojos de la tableta.
Estaba sentado al otro lado de la cocina, terminando de comer algo que había encontrado en mi refrigerador sin pedir permiso.
—¿Qué cara?
—Esa. —Me señaló con el tenedor—. Algo te está gustando.
—¿Y eso es raro?
—¿En ti? Bastante.
Volví a mirar el documento. Goals for Tomorrow , me gustaba la propuesta. No solo porque era una buena campaña, sino también porque, por primera vez en dos años, algo parecía empujarme directamente hacia una dirección que había pasado demasiado tiempo evitando.
—¿Vas a aceptar? —preguntó Liam.
—Ya acepté.
—¿Así de rápido? —Dejó de masticar.
—Es una campaña para niños.
—Claro.
—¿Qué? —Levanté la mirada.
—Nada.
—Habla.
—¿No te molesta? —Liam dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Los niños necesitados?
—Caleb.
—¿Por qué debería molestarme?
—¿Y Hannah? —Soltó una risa por la nariz.
—¿Qué pasa con ella? —Mi dedo se detuvo sobre la pantalla.
—Sabes perfectamente qué pasa.
—No. Explícamelo.
—Vas a estar en su ciudad, participarás en una campaña vinculada a la fundación donde trabaja y probablemente vas a encontrarte con Caleb unas cincuenta veces durante toda esta mierda.
—¿Y? —Me encogí de hombros.
—Y que llevas dos años fingiendo que ni siquiera sabes pronunciar el nombre de esa chica.
—Sé pronunciarlo perfectamente.
—Ya me di cuenta.
—No tengo ningún problema en ver a Hannah. —Bloqueé la tableta.
Mentira, el problema era precisamente que quería verla demasiado.
—Claro —respondió Liam.
—Y deja de decir «claro» de esa manera. —Hice comillas con los dedos.
—¿De qué manera?
—Con sarcasmo.
Solo soltó una carcajada.
—Nuestro padre va a odiar esto —añadió.
—Problema suyo.
—Antes no los quería cerca el uno del otro. Dudo que haya cambiado de opinión.
—Eso no es asunto suyo.
—¿De verdad quieres hacer esta campaña?
—Es por los niños necesitados.
—¿Desde cuándo te preocupan los niños necesitados? —Se rio más fuerte.
—Tengo corazón, para que lo sepas. —Me puse una mano sobre el pecho.
—¿Escondido dónde?
—Vete a la mierda. Sí me importan los niños.
—No lo sabía.
—Y te digo algo más. —Lo señalé—. Muy pronto voy a tener un niño.
—¿Qué? —Liam abrió mucho los ojos.
—No ahora, idiota. Algún día. —Me reí.
—Ah.
—Y hasta sé cómo se llamará.
—Eso sí quiero escucharlo.
Pensé durante unos segundos y, aunque no hacía falta, el nombre apareció de inmediato.
—Zayn.
—¿Zayn? —Liam frunció el ceño.
—Sí.
—¿De dónde sacaste ese nombre? —Empezó a reírse. Yo también, pero mi risa murió antes que la suya.
Hannah había estado acostada un día en mi cama, usando una camiseta mía demasiado grande para su cuerpo.
No recordaba cómo había empezado aquella conversación, probablemente una de las miles de tonterías que hablábamos cuando ninguno de los dos quería dormir.
Había dicho que le gustaba el nombre Zayn y, en algún momento, había añadido: Si algún día tuviéramos un niño, me gustaría llamarlo así.
En aquel momento yo la había provocado, dije que ningún hijo mío tendría un nombre elegido sin mi autorización. Ella había puesto los ojos en blanco y respondido que, en ese caso, podía tener al niño yo solo.
Todavía recordaba su sonrisa, la forma en que había pronunciado el nombre y aquella extraña sensación de imaginar algo que nunca había planeado querer.
—No sé. Debí de verlo en alguna parte. —Volví mi atención hacia Liam.
—Me pareció demasiado específico.
—Me gustó el nombre.
—Está bien. —Tomó el tenedor otra vez—. Pero, para tener un hijo, necesitas acostarte con una mujer y esa parte últimamente está bastante complicada.
—¿Ahora eres inspector de mi vida sexual? —Me giré despacio.
—No hace falta ser inspector. No llevas a nadie a la cama desde hace meses. En serio, Zak, si yo paso dos días sin follar, me vuelvo loco.
—Deberías ir al médico. Eso puede ser una enfermedad. —Liam soltó una carcajada.
—Hijo de puta —dijo.
—Solo estoy preocupado por tu salud.
—Muy amable.
—Siempre lo he sido.
Siguió riéndose mientras yo volvía a tomar la tableta, el contrato seguía abierto.
Podría haber tenido a cualquier mujer durante todo aquel tiempo, pero nunca a la que realmente quería. Esa era la parte que no le decía a nadie.
Había pasado dos años mirando fotos antiguas de Hannah en noches que jamás admitiría que habían existido. Podría haberlas borrado, pero nunca lo hice.
También podría haber llamado a su puerta, no sabía dónde estaba, pero si realmente hubiera querido, habría descubierto su dirección en una hora.
Podría haber aparecido con flores, chocolates o cualquier mierda romántica que aparentemente les gustaba a las mujeres.
Podría haber pedido perdón y decirle que ya no me importaba el motivo que la había llevado a aceptar estar conmigo, que, si al principio había sido por Caleb, que se jodiera.
Ella se había quedado y yo había sido feliz.
Tal vez aquello debería haber bastado, pero el orgullo era una enfermedad peor que cualquiera que Liam pudiera contraer por acostarse con demasiadas mujeres.
Yo no fui, ella tampoco volvió y fueron dos años enteros en los que ninguno de los dos dio el primer paso. Ahora estaba sentado en mi cocina, firmando un contrato que me pondría directamente en su camino.
Sin tener que llamar a su puerta.
Sin tener que enviarle un mensaje.
Sin tener que admitir que había esperado aquello mucho más de lo que me gustaría reconocer. Y sin pensarlo demasiado, firmé.
Volví a mirar el nombre de la campaña, la ciudad y una sonrisa apareció antes de que pudiera evitarlo. Después de dos años intentando olvidar a Hannah, el universo había decidido ponerla exactamente en mi camino, y esta vez no pensaba desperdiciar la oportunidad.