Aunque sea mentira Capítulo 25
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Capítulo 25

Zak Prescott

—Entonces déjame ver si entendí esta mierda.

Edgar estaba tirado en el sofá, con el control del videojuego en la mano, mientras yo terminaba de guardar algunas cosas dentro de la bolsa de entrenamiento.

—Dudo que puedas, pero inténtalo.

Pausó el juego.

—Tu gran plan era acercarte a Hannah para hacer que Caleb perdiera la cabeza.

—Sigue siéndolo.

—Solo que ahora convenciste a la chica de estar contigo a escondidas.

—Todavía no la he convencido —dije, cerrando el cierre de la bolsa.

Edgar me observó durante unos segundos.

—¿Y cómo carajos funciona eso, genio? Porque, hasta donde entendí, para volver loco a Caleb, en algún momento tiene que descubrir que te estás acostando con su hermana.

—Todo está planeado —respondí, echándome la bolsa al hombro—. Hannah ya no quiere seguir peleando con Caleb. Así que le quito ese problema de encima.

—Qué caballeroso.

—Puedo serlo cuando quiero.

—No. No puedes.

—Ella está conmigo a escondidas. Caleb cree que lo rechazó, baja la guardia y deja de vigilar cada paso que da. —Me detuve cerca de la puerta y le mostré el dedo medio.

—No le veo la gracia —refunfuñó.

—No necesitas verla —respondí con una sonrisa burlona—. Después, cuando llegue el momento adecuado, se enterará.

Cerré la puerta de golpe antes de que pudiera hacer más preguntas.

El entrenamiento debería haber ocupado mi cabeza, normalmente lo hacía.

Sobre el hielo, todo lo demás desaparecía.

La universidad, mi padre, Ethan, cualquier mierda que estuviera ocurriendo fuera de allí perdía importancia en cuanto me ponía los patines, pero aquel día no, porque faltaban veinte minutos para que terminara cuando miré las gradas por tercera vez, estaban vacías.

Volví a la jugada. Recibí el disco, avancé, disparé y gol.

—¡Bien, Prescott! —gritó el entrenador.

Intenté concentrarme, no tenía ningún motivo para volver a mirar. Hannah no había dicho que iría a ver el entrenamiento. Yo había dicho que la vería después y eso era todo. Aun así, cinco minutos más tarde mis ojos volvieron a las gradas.

Mierda.

—La cabeza aquí, capitán —dijo Nolan al pasar junto a mí.

—Mi cabeza está aquí.

—Se nota —se burló.

—¿Quieres decir algo, Whitmore?

—No —respondió, pero la sonrisa del hijo de puta decía lo contrario.

—Entonces juega. —Lo empujé con el hombro al pasar.

El entrenamiento terminó casi cuarenta minutos después y Hannah no apareció.

Me quité el casco y me pasé una mano por el cabello mojado.

Perfecto, había decidido no venir y no debería importarme.

Ni siquiera le había preguntado si quería.

Solo le había avisado que nos veríamos después y me había marchado antes de que pudiera negarse porque ya sabía cuál sería la respuesta.

No, a Hannah le encantaba esa palabra y, al parecer, esta vez había decidido hacerla valer.

En el vestuario, tomé el celular y no había ningún mensaje. Lo lancé dentro de la bolsa, a la mierda, si no quería aparecer, era problema suyo, yo no iría detrás de ella, no le mandaría mensajes y mucho menos le preguntaría dónde estaba.

Terminé de cambiarme, escuché a Caleb hablando con dos tipos al otro lado del vestuario y tuve que recordarme que ese era exactamente el motivo de todo. Hannah era su punto débil y yo solo me estaba acercando porque necesitaba que confiara en mí, era sencillo.

Salí de la arena casi una hora después de lo habitual, empujé la puerta lateral y el viento frío me golpeó el rostro.

Di dos pasos antes de detenerme y allí estaba ella, apoyada contra una de las columnas del exterior, en una zona tan oscura que, si no hubiera estado buscando a alguien, no la habría visto.

Mi humor cambió demasiado rápido en cuanto Hannah levantó la mirada y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Por fin —dijo y no pude evitar sonreír.

—Viniste —me burlé.

—No empieces.

—Pero viniste.

—Si lo repites una vez más, me voy.

—Pensé que te habías arrepentido. —Bajé los dos escalones.

—Yo casi me arrepentí cuando pasaron veinte minutos.

—Perdón, el entrenamiento se alargó.

—Cuarenta y siete minutos.

—¿Los contaste? —Arqueé una ceja.

—Tengo reloj, idiota —replicó con una mueca de disgusto.

—Pero te quedaste esperándome cuarenta y siete minutos.

—Esta conversación me está haciendo reconsiderar todas las decisiones que me trajeron hasta aquí.

—Entonces cambiemos de tema. —Sonreí mientras me acercaba.

Y allí estaba otra cosa que había empezado a notar durante los últimos días. Hannah ya no me miraba todo el tiempo como si estuviera lista para una guerra, seguía insultándome, poniendo los ojos en blanco, pero había algo diferente y me gustaba aquel cambio más de lo que debería.

—Entonces —preguntó—, ¿cuál es el gran plan?

—Estás muy interesada.

—Pasaste toda la mañana diciendo que todavía no te había visto siendo romántico.

—Y te quedaste pensando en eso todo el día.

—No exageres.

—Ven. —La tomé de la mano y tiré de ella hacia el estacionamiento.

—¿Adónde?

—Confía en mí.

—Definitivamente no. —Soltó una risa.

—Confías, de lo contrario no estarías aquí conmigo ahora.

No llevé a Hannah a ninguno de los restaurantes a los que normalmente iría, si alguien nos veía en cualquiera de los lugares frecuentados por los estudiantes de Montlake, el secreto duraría aproximadamente siete minutos.

Así que conduje casi veinte minutos lejos del campus y Hannah no tardó en comentarlo.

—¿Me estás secuestrando?

—Si lo estuviera, ya estarías atada —bromeé.

—¿Adónde vamos?

—A comer.

—¿Está lejos porque nadie puede vernos? —preguntó después de unos segundos.

—Tú pediste que fuera secreto.

—Yo no lo pedí. Tú lo sugeriste.

—Y no te negaste.

—Tampoco acepté.

—Estás dentro de mi auto camino a un lugar al que no va nadie del campus.

—¿Ese es tu concepto de consentimiento? —Hannah me miró.

—No. Ese es mi concepto de que eres pésima manteniendo un no.

—Engreído.

Se giró hacia la ventana, pero vi la sonrisa reflejada en el cristal. Aquello se estaba volviendo demasiado fácil y no sabía si eso era bueno.

Había elegido una pequeña cafetería que Liam me había mostrado años atrás, en una época en la que todavía pasaba suficiente tiempo en casa como para hacer cosas normales conmigo.

No tenía nada sofisticado, solo mesas de madera, bancos de cuero ya gastados y una jukebox que probablemente existía desde antes de que yo naciera.

Hannah miró a su alrededor en cuanto entramos.

—¿Vienes aquí?

—A veces.

—No va contigo.

—¿Por qué? —pregunté mientras nos sentábamos en una mesa al fondo.

—No sé. —Se quitó el abrigo—. Imaginé que comías en lugares donde cobran cincuenta dólares por el agua.

—A veces cobran más.

—¿En serio? —Abrió mucho los ojos.

—Pero no te preocupes, no espero que pagues nada en nuestra cita. —Se quedó inmóvil.

—Esto no es una cita, todavía no acepté estar contigo.

—Sigues diciendo eso mientras estás sentada en una cita conmigo. —Me incliné sobre la mesa.

—Eres insoportable.

—Acepta ser mi novia y prometo ser insoportablemente insistente con todo lo que te haga sonreír.

Abrió la boca y la cerró. Pero volvió a sonreír aquella noche.

—Te ves bonita cuando te quedas sin argumentos.

—Vete a la mierda. —Terminó riéndose y durante unos minutos solo fue eso, comida y algunas provocaciones.

Me contó algo sobre una profesora que odiaba los trabajos en pareja y yo le pregunté por qué demonios seguía cursando demasiadas materias al mismo tiempo, Hannah habló de la beca, las calificaciones, las horas extracurriculares.

Conocía bien lo agotadora que era su rutina, pero la escuché sin utilizar nada de aquello en su contra.

—Acepto —dijo de repente.

—¿Aceptas qué? —Me quedé con el vaso a medio camino de la boca.

Hannah respiró hondo.

—Salir contigo, dejando lo nuestro entre nosotros por ahora.

—¿En serio voy a salir contigo a escondidas? —Me quedé mirándola durante unos segundos.

—Tú me propusiste eso —preguntó, frunciendo el ceño.

—Lo sé. —No pude impedir la sonrisa—. Está bien. —Me incliné sobre la mesa—. Quiero hacerlo. Entonces lo haremos así.

—Sin contárselo a nadie.

—Por ahora —respondí.

—Por ahora, ni siquiera a Caleb. —Entrecerró los ojos—. No conviertas esto en algo contra él.

—No lo estoy haciendo.

Mentira, el plan seguía existiendo. Sabía exactamente por qué había empezado todo aquello. Solo que, mirando a Hannah sentada frente a mí, diciéndome que aceptaba estar conmigo, Caleb fue la última persona en la que pensé.

Extendí la mano sobre la mesa.

—Entonces ¿trato hecho? —Extendí la mano sobre la mesa.

Miró mi mano antes de volver a mirarme.

—Esto parece un contrato.

—Puedo llamar a un abogado, si prefieres.

—Idiota —respondió con una sonrisa mientras ponía su mano sobre la mía. Mis dedos se cerraron alrededor de los suyos.

Todo me golpeó con una fuerza que no esperaba, pero Hannah había aceptado, estaba conmigo y todo estaba exactamente como lo había planeado. Era exactamente lo que quería.