Aunque se acabe el mundo Capítulo 34
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Capítulo 34

No sabía ni dónde estábamos cuando oí el móvil. El que sonaba, amortiguado, en la bolsa impermeable. Es decir, mi móvil.

—Laia —murmuré, medio aletargada, aún sin entender que me había quedado dormida. Los nudillos me crujieron como descongelándose. Acurrucada bajo su chaqueta, Alma dormía sobre el colchón.

Me incorporé como pude.

El suelo se balanceó bajo mis pies, porque, para mi sorpresa, seguíamos a la deriva en una lancha motora.

La habían parado junto a una ristra de boyas rojas mientras el conductor y su hijo echaban una cabezada.

Amanecía. A lo lejos, creí ver una lona tendida sobre el mar de los colores más bonitos del mundo: la silueta azul de una playa.

Sorteé las piernas de los pasajeros dormidos. Llegué hasta el asiento del conductor siguiendo el murmullo del politono.

Mi piel estaba húmeda, cubierta de un rocío caliente y salado, y el móvil se me resbaló y se me perdió entre una colección de tarjetas de crédito cuando encontré la bolsa escondida bajo el volante.

—¿Laia? —jadeé al descolgar—. ¿Laia?

Del otro lado me llegó un borboteo de estática, de ruido inconexo, que también era mi propio pulso en los oídos. Una voz que se entrecorta y que grita.

—… ana. Diana. —Interferencias—. ¿… oyes? ¿Me oyes? Diana.

El corazón se me volcó.

—¿Papá?

Su emoción estalló y me espabiló de golpe, me encontró como el dedo de Nina sobre el mapa.

—¡Diana! —dijo mi padre—. ¡Diana! ¿Dón…? ¿… ás bien? ¿Me oyes? ¡Mi niña, Jose! Señor… ¡Trae a Cata! ¡Avisa a Cata! —le dijo a otra persona—. Di…na, ¿estás ahí? ¿Estás ahí? Diana.

—Estoy aquí —balbuceé, con las retinas empantanadas—. Estoy aquí, papi.

—¿Estás bien?

—Sí. Sí.

—¿Dónde estás? ¿Dón…e estás? Diana.

Yo miré a mi alrededor, como descubriendo el mar por primera vez.

—Estoy llegando a España. Vamos… Estoy con Alma cerca de España.

—¡Está con Alma! —anunció, y por un segundo estuve segura de que lo estaba soñando. En su lado del sueño, mi madre lloraba al fondo y se oían sirenas.

—¿Estáis bien? —le pregunté yo—. ¿Estáis todos?

—… ría. Dios, me… iana. Estamos…

—Se corta, papá. Se corta.

—… tamos en el polideportivo.

—¿Y Emma? —le pregunté desordenada—. ¿Y en casa? Me olvidé… Dejé todo en la residencia, papá. Las llaves de… Me dejé la cámara, pero se había roto.

—… mos un refugio en e… ortivo… Emma la están miran… dicos. Todos bien. La policía estamos… —Estática—. ¿Dónde estás? —insistió—. Diana, ¿dónde voy a por ti? ¿Me oyes? ¿Me oyes? ¡Ven! ¡Tu hermana! —exclamó mi padre entonces, y yo me sentí flotar hasta que aterricé en la mano de otra persona.

Solo tuve que oír su respiración y el pulgar que acarició el altavoz para oírme.

—¿D-ana?

Cerré los ojos. Las lágrimas me cayeron por las mejillas.

—Nico —susurré, para mí, aliviada—. Hola. Hola, Nico.

Si hubiese estado atenta a lo que ocurría, habría podido ver lo que pasaría luego: las sombrillas en la costa.

La gente despertándose en la cubierta por mi ruido.

Pero yo tenía los ojos llenos de un llanto que no conocía, que de repente se derramó de mí y me atravesó la garganta, y nunca he sabido llorar.

Es como si se me deshiciese el pecho cuando lloro.

Había aguantado dos meses sin hacerlo y ahora no podía parar, y cuando mi padre recuperó el teléfono lo único que existió fue decirle:

—Papá, ¿dónde está Laia? ¿Tenéis a Laia?

Interferencias. Zumbidos.

—… aia no…

—Papá, no se oye. Papá, ¿dónde está Laia? ¿Tienes a Laia?

—Laia…

Una mano apareció sobre mi hombro. Me arrebató el móvil y me empujó sobre la cubierta hasta que choqué contra la barandilla.

Me costó un instante asimilarlo, con los dedos agarrotados y el pulgar preparado para pulsar tu nombre: el conductor de la lancha, recién despertado, estaba frente a mí y me gritaba.

El tobillo se me quejó al tratar de ponerme en pie.

Me estaba exigiendo cosas en francés, pero yo solo pensaba que se había guardado tu destino en el bolsillo.

—No —jadeé—. The phone. I… I need the phone …

— Que crois-tu faire!? Retourne à ta place! Retourne chez toi avant que je te mette dehors!

— The phone —le pedí desesperada—. Please. No, no, please …

—¿Qué está pasando? —oí preguntar a Alma, que se acercó—. Diana. Diana, ¿qué…?

El hijo del capitán me atrapó los brazos. Intentó escoltarme a la fuerza a mi sitio mientras repetía su consigna:

— Sit down and silence! Sit down!

—¡Eh! —le gritó Alma—. ¡Tú no la toques! ¡Tío! ¡Ni la toques!

— Que crois-tu faire!? —seguía gritando el capitán—. Ce n’est pas une blague ! Sale pute!

La lancha entera pareció tambalearse.

El resto de los pasajeros se alejó de la refriega y Alma arrojó al chico contra el timón.

Mientras se advertían en tres idiomas, sin saber aún qué había ocurrido exactamente, yo continuaba absorta, reptando hacia el ruido; el politono que se reanudaba con cada llamada de mi padre.

Pero el rugido de las olas se habría comido todo eso, si no hubiese sido porque Alma trastrabilló y perdió el equilibrio.

Se apoyó en el claxon. Un bocinazo nos ensordeció a todos.

— Putain —susurró el capitán cuando hizo eco en la playa.

La anciana, perdida, comenzó a llorar. Uno de los hombres, más rápido que el resto, agarró rápidamente el único salvavidas. No eran sombrillas, las estacas rectas, clavadas en la arena, que llevaba viendo desde que había amanecido: era gente transformada, Laia.

Nos oyeron entonces y empezaron a venir.

Anduvieron hasta la orilla.

Se metieron en el agua.

— Putain —seguía el capitán, y corrió al volante a arrancar la lancha—. Nous n’avons pas rechargé! [16]

— On fait quoi? —le preguntó su hijo—. On fait quoi? [17]

— Jette- les! [18]

— Ici? [19]

— Jette-les! Laissez-les les suivre! [20]

El chico me agarró de la camiseta y me lanzó al agua.

Yo no pensé nada más hasta que me golpeó el frío.

El peso de la ropa, de dos botas que me había atado en Wurzburgo solo para ir a cenar tortilla.

De pronto, estaba en una oscuridad asfixiante, ácida, que me picaba en los ojos aún abiertos, y desperté del letargo de otra Diana que solo sabía buscar un móvil.

Los móviles no importan, Diana. Estás hundiéndote en el mar.

—¡Diana! —gritó Alma en la superficie.

La lancha arrancó. Rugió y luego se alejó como un terremoto, dejando un remolino de marea que me arrastró en círculos hasta que choqué con la boya.

Cuando me agarré a ella y cogí aire, vi sus cabezas yéndose, alejándose como un espejismo; las cabezas de Ellos, los que venían, que se acercaban nadando.

—¡Diana!

Alma estaba luchando entre las olas contra su chaqueta impermeable. Braceó como pudo, tragando agua, y desapareció. Yo me lancé a por ella y me costó encontrarla en la balsa de oscuridad.

El mar estaba borroso y la música de mi móvil desapareció, inundándose.

El mar se tragaba las autopistas, el fuego de Estrasburgo, mi monólogo de gasolinera sobre el muestrario de chicles.

Yo había predicho ese momento tantas veces, en el que ya no hay más que hacer y pienso que nunca estuve hecha para sobrevivir a esto, pero de repente estaba pasando algo que no había calculado: el mar se iba a tragar a Alma también.

—¡No puedo! —balbuceó sin aire—. ¡No puedo!

—¡Agárrame! —le ordené y me desbroché el mono para liberar las mangas. Le até una a la muñeca—. ¡No te alejes! ¡Alma!

—¡Me duele la mano! ¡No puedo con la mano!

—¡Agárrame!

—¡Vete tú, Diana!

Me até a Alma a la espalda y nos propulsé hacia la orilla. El sol estaba volviendo a nacer, pero el Mediterráneo era un charco bajo cero. Venían diez, quizá siete, porque algunos se empacharon de agua y dejamos de verlos a mitad de camino.

Esto es lo que yo sé de nadar: que aprendí a hacerlo contigo a los ocho años.

Que sabe sacar de mí algo de verdad, un impulso claro, impaciente, y ahora pienso que siempre fue miedo; una angustia instintiva por llenarme los pulmones.

Una corazonada engrasada y a punto de saltar; un aguante pulido justo para ese momento.

El brazo de Alma se reajustaba y me asfixiaba para agarrarse a mi cuello. Brazada, brazada, brazada, y la visión lejana de la arena amarilla.

Lo que sé de nadar es que hay que crear una música concreta con el cuerpo, que requiere de un silencio que tiene algo que ver conmigo.

Al nadar, busco un bordillo, siempre un bordillo.

Tu ruido compitiendo por alcanzarme sobre la mancha celeste de los azulejos.

El universo era una nada negra, estrepitosa, de estallidos y burbujas, de manos que nos rozaban el final de las piernas.

Me faltaba el aire y no sentía los dedos.

Estaba tragando sal y no veía. Los ojos me ardían del dolor, pero creí entender, durante un segundo, la sombra en la superficie de Inés Aplauso, y lo que sé de nadar es que soy disciplinada, obediente, invisible; que Alma no va a morir aquí si yo aún puedo y que no pienso dejar que todo esto se quede en nada.

«Lo que sabes de ti es que eres Diana —me decías—, y eres la más rápida de la carrera de natación».

Una corriente nos empujó y chocamos con las rocas.

Un golpe en la espalda.

Me giré y busqué a Alma, alarmada, a tientas. Encontré su cuerpo frío, flotando, e intenté arrastrarla a la superficie. Algo tiró de mis botas.

El hombre que nos había alcanzado tenía la cara despellejada, al rojo vivo, y los ojos abiertos, ciegos de arañazos de arena.

Moriría arrastrándonos al fondo del mar.

Me trepó por las piernas, hambriento y desesperado.

Me faltaba el aire y me había abierto algo contra las rocas.

El cielo quedaba cada vez más lejos y más lejos, y yo no entendía nada que no fuese agua.

Lo que sé de nadar

es que es negro.