Atracción salvaje Apareados
70%

Apareados

SIETE

Sasha

Aún sonrojada, ¡no me había dado cuenta de que él lo había sentido! ¿También oyó lo que estaba pensando? Madre mía, debería haber prestado más atención al vínculo de pareja. Cody no estaba en mi cabeza constantemente. Desde luego, no sabía cuándo me masturbaba.

Camino de un lado a otro por el porche, intentando calmarme. No soy de las que necesitan sexo constantemente. Lo mío es una vez por semana, y lo mismo con la masturbación. ¡Pero Cyrus y yo lo hicimos dos veces anoche! Dos veces. Tiene que ser porque somos pareja. Es la única explicación.

Cuando oigo un aullido familiar, me giro. Entro corriendo y cojo unos chándales grandes. Siempre tengo ropa de sobra aquí. Vivo en el borde del bosque, y si la gente no quiere ir desnuda, necesita alternativas. Pero no sé si ni siquiera mis chándales más grandes le valdrán a Cyrus.

Es grande... en todos los sentidos.

Vuelvo a sonrojarme. Salgo corriendo con un chándal gris para Cody y uno negro para Cyrus.

Cyrus llega primero. Se transforma y camina hacia mí, sin importarle ir desnudo. Me coge la cara entre las manos. —Sí, a todo lo que estabas pensando, cariño.

Su acento se vuelve más marcado cuando está excitado, lo que solo consigue excitarme a mí. Jadeo mientras lo miro. —Espero que este chándal te quede bien.

Se lo pone y me besa. Le acaricio las manos. —¿La reunión?

—Apenas recuerdo nada. Tu espectáculo fue mejor —dice—. Si hubiéramos tenido—

—¿Qué demonios está pasando? —grita Cody.

Me estremezco un poco y le paso el chándal. Se lo pone y señala a Cyrus. —Ha dicho que te vas con él. Que ya no soy tu alfa.

Miro a Cyrus. No parece arrepentido. Vuelve a llevar esa máscara estoica. Entrecierro los ojos. —¿Así se lo dijiste?

—Dijo que no acudiste cuando te llamé, pero que sí lo hiciste con él. Dejó muy claro cómo, Sasha. Y dejaste tu ropa, que yo... —empieza Cody.

Me vuelvo hacia él y le hago un gesto para que respire.

Lo hace. Me interpongo entre los dos, aunque veo que están listos para pelear.

Miro a Cody. —Tienes una compañera. No estoy enfadada porque la eligieras.

No pudiste resistirte. Lo entiendo —digo.

Me vuelvo hacia Cyrus—. Esa fue la peor forma posible de decírselo, y lo sabes.

—¿Te vas con tu clavo? —pregunta Cody—. ¿Es por Tabby? ¿Por sus amigas? Haré que te dejen en paz. Lo haré. Tienes que quedarte aquí. Eres valiosa para los guerreros.

Cyrus sigue observándome. Las emociones se reflejan en sus ojos. Espera que le diga a Cody lo que ya debería ser obvio. Respiro hondo y me vuelvo hacia Cody. Doy un paso atrás, hacia Cyrus.

—No es un clavo, Cody —digo con suavidad.

—¡Tiene que serlo! No lo conoces. No puedes irte. Soy el alfa de esta manada, y eso significa—

—No te pongas a patalear ni intentes imponer tu autoridad —digo, manteniendo la voz calmada—. Juraste que nunca harías eso conmigo.

Mira de Cyrus a mí y niega con la cabeza. —Quédate, Sasha. Eres mi mejor amiga. Confío en ti. Con todo el caos que viene tras un cambio de liderazgo, te necesito.

—Y yo necesito estar con mi pareja. Necesito que me respeten. Me lo merezco —digo—. Pase lo que pase, aquí nunca tendré respeto. Soy la más pequeña. Soy una panadera a la que pueden mangonear. Puede que en parte sea culpa mía por haber dejado que la gente me trate así, pero—

—No tienes pareja —dice Cody con brusquedad—. Si la tuvieras, habría sido yo. Abro y cierro la boca sin saber qué decir. El dolor en su rostro es real. Cyrus me acaricia el brazo y Cody gruñe. —No la toques. Ya has hecho bastante. Ni siquiera deberías estar aquí. Ya conseguiste lo que querías.

—No interrumpas a Sasha cuando habla. Está siendo mucho más amable de lo que yo querría —gruñe Cyrus mientras sigue acariciándome el brazo con suavidad, subiendo hasta el tirante de mi vestido de verano. Me lo coloca bien en el hombro, luego se inclina y me besa en la coronilla—. Adelante, cariño.

Cody está furioso. Flexiona las garras y luego me mira. —No estás apareada con él, seguro que no.

—Sí lo estoy —digo sin más—. Lo sellamos anoche.

—No tienes marca en el cuello —insiste Cody.

—Sabes que estaba distraído en la reunión y—

—¡No tienes marca en el cuello! —grita Cody.

Varias personas se vuelven a mirar. Veo que otros se acercan, entre ellos Colin. Me sonrojo. No quiero dar más pábulo a este drama. Retrocedo hasta apoyarme en Cyrus. Me rodea con el brazo pero me coloca a su lado.

—Mi marca está en el pecho —dice, y se lo toca.

Cody niega con la cabeza. —Porque estás apareado con otra persona, no—

—No pienso enseñar dónde tengo la marca delante de todos. No quiero público para esto. Yo—

«Tranquila. Si intenta obligarte, intervendré. Puede intentar darte una orden, y quedará claro». La voz de Cyrus me llena la cabeza.

Intenta luchar contra su necesidad de marcarme como suya, de ser posesivo, de exhibirlo. Quizás porque sabe que Cody está en negación. Quizás porque sabe lo incómoda que me siento.

—Entonces transfórmate —exige—. Transfórmate ahora, Sasha. Ahora.

La orden se siente como... palabras. Nada más. Parpadeo y lo miro, luego alzo la vista hacia Cyrus. Sonríe con suavidad, pero siento cómo tira de la falda de mi vestido.

—Es lo bastante larga si quieres hacerlo.

—¿Es decisión mía? ¿No le arrancarás los ojos? —pregunto.

Se encoge de hombros.

—Si tú lo eliges... esta vez.

—¡Transfórmate y muéstrame la marca! —brama Cody.

Me giro lentamente hacia Cody.

—No me gusta que me grites y montes una escena. Incluso en forma de lobo, no es apropiado que un hombre con pareja la vea.

—He visto cada centímetro de ti, Sasha —gruñe Cody.

Cyrus me sube la falda. La mirada de Cody desciende, y veo la mordida cicatrizada. Está justo en medio del muslo. No se me ven las bragas, pero aun así resulta íntimo. Cody se queda mirando la marca fijamente.

Le aparto la mano de la falda y le beso la palma.

—¿Podemos acabar con esto ya, por favor?

Cyrus ladea la cabeza y mira a Cody.

—Mi compañera se marchará conmigo en unos días, después de tu ceremonia formal con la tuya. Espero poder ver el contrato.

Cody se transforma y sale corriendo. Me vuelvo entre los brazos de Cyrus.

—Se me ha muerto la libido.

Me frota la nuca y me besa la frente.

—No es la única razón por la que he vuelto, cariño.

Entramos, y me pongo a trabajar en algunas piezas mientras él se ocupa de cosas en el móvil. Teclea rápido. Y no se cambia de ropa ni nada. Unos minutos después, Colin llama a la puerta. Le digo que pase y me tumbo boca abajo en el suelo para repasar algunos trazos.

—Eh, la gente ha preguntado por ti, Sasha. Por lo visto, la cena está paralizada sin ti —dice.

—No me quieren allí por eso. Tessa es una panadera excelente, y la cena no tiene por qué llevar pan —refunfuño, y luego modero el tono—. Perdona. Estoy un poco alterada.

—No te disculpes por ser directa, alfa —dice Colin con una inclinación de cabeza.

Cyrus sonríe, pero no aparta la vista del móvil.

—¿El contrato?

—Ahora mismo está en el aire. Por lo visto, Cody no está dispuesto a firmarlo con el repentino cambio de situación —informa Colin—. Enhorabuena, por cierto.

—Pensé que estaríamos aquí meses —suspira Cyrus. Noto su mirada sobre mí e intento controlar el rubor.

—No habrías esperado. Tienes obligaciones —murmuro.

—Sasha, habría inventado excusas para venir aquí con frecuencia, para conseguir tu número, para encargarte trabajo, lo que hiciera falta. Y aún lo haré —dice.

—Vaya, esto es nuevo. ¿Vosotros dos vais a bajar a cenar? —pregunta Colin.

—No —respondo.

—Esta noche cocino yo para los dos —informa Cyrus.

—Si quieres que esté contenta, deberías pedir comida a domicilio —refunfuña Colin antes de marcharse.

Arqueo una ceja mirando a mi compañero.

—Vaya advertencia más inquietante. Estamos demasiado metidos en el bosque para pedir nada.

—Te va a encantar Luisiana. Tenemos comida sureña... cuando no estamos en el pantano —dice.

Cuando termino de trabajar, encuentro a Cyrus en la cocina.

Está preparando bistec. Intento resistir el impulso de acercarme más a él.

No quiero cambiar por completo solo porque ahora tengo compañero.

Pero está muy guapo cocinando. Está guapo en general, pero hay algo especial en ver a un hombre enorme, más hecho para el combate que para cualquier otra cosa, trajinando en los fogones.

Aunque también podría ser porque no acabé antes.

Casi se le cae la sartén y suelta un jadeo brusco.

No tiene que decir nada. Simplemente abro mi mente y lo veo reviviendo lo que extrajo de mis pensamientos en el despacho.

Cómo tuvo que disimular que se excitaba con mis fantasías.

Ahora, imaginarse que estoy húmeda y ansiosa, esperando a que vuelva a casa y termine lo que empezó, amenaza con volverlo loco.

—¿Cuánto tiempo llevabas tú? —pregunto—. Antes de... anoche.

—Siete meses y medio —responde—. No me monto a cada mujer que conozco.

—Entonces tengo suerte.

—Estoy intentando cocinar, Sasha.

Controlar mis pensamientos es una batalla perdida, pero como él intenta cumplir su palabra —darme todo lo que pueda (lo cual es más sexy que casi cualquier otra cosa)—, empiezo a hacer las maletas. Tengo la sensación de que no vamos a quedarnos aquí mucho más, y no me da pena marcharme.