Epílogo | Lissa
Un año después…
—Oh, Dios.
Oliver emite un sonido ahogado de aprobación entre mis piernas mientras termino de despertarme y descubro que tiene la lengua dentro de mí y que sus manos me arrastran hacia abajo por el colchón.
—Joder, Oliver, aún no son ni las seis.
—Mmm —dice, chupándome el clítoris y haciendo que todo mi cuerpo se sacuda—. Hoy tenemos la agenda muy apretada.
Introduce un dedo en mi interior mientras vuelvo a desplomarme sobre el colchón.
—Y hablando de cosas apretadas, será mejor que vuelva a lo mío.
Gimo tan fuerte como me atrevo, consciente de que Henry está al fondo del pasillo. Si conozco bien a mi hijo, ya estará despierto, esperando cualquier ruido procedente de nuestra habitación para poder entrar y decirnos que hoy es su primer día en el colegio nuevo.
Oliver alarga el brazo hasta el borde de la cama y acerca algo hacia él. Es plateado, brillante, y no lo había visto nunca.
Sus ojos oscuros me miran mientras lo coloca entre mis piernas, con una sonrisa perversa en los labios, y lo introduce en mi interior.
—Jesús —gimo, separando más las piernas mientras empujo contra él—. ¿Qué me estás haciendo?
—Cosas muy traviesas —murmura.
Aparta la mano de mi cuerpo después de empujar el juguete hasta el fondo y empieza a buscar algo entre las sábanas.
—¿Qué estás…? Cristo.
Las vibraciones me golpean con una sacudida palpitante que me recorre el cuerpo mientras Oliver se sienta sobre los talones y me observa.
Jadeo, aferrada a la sábana bajo mi cuerpo, mientras mis caderas se alzan.
La sensación del juguete es insoportablemente placentera y Oliver me contempla retorcerme debajo de él.
Atrapa mi mirada, levanta el mando a distancia del juguete y aumenta la intensidad al máximo.
Me doy la vuelta, sacudiéndome y retorciéndome sobre la cama, y empujo el cuerpo hacia atrás, contra él, suplicándole que me la meta mientras él gime.
—Por favor —jadeo.
—Mmm. ¿Ya? Tenía planes para esto…
—Te necesito. Ahora.
Apenas soy capaz de articular palabra cuando gruñe detrás de mí y mete los dedos para sacar el juguete mientras me apoyo sobre los brazos. Se coloca enseguida y me clava la polla con una embestida brutal que hace que me desmorone de inmediato.
Gimo cuando entra hasta el fondo y me da una suave palmada en el culo.
—Estás jodidamente preciosa así —dice, apretando el pecho contra mi espalda—. Me encanta cuando estás desesperada por mí.
Embestida tras embestida, tengo que hundir la cara entre las sábanas para evitar gemir demasiado fuerte.
—Ojalá tuviéramos más tiempo esta mañana —dice en voz baja mientras me folla contra el colchón—. Quiero volver a usar ese juguete. Puede que te lo meta cuando vayamos a cenar el sábado y suba la intensidad al máximo solo para torturarte hasta que te folle en mi coche.
—Dios mío —gimo desesperada mientras sigue penetrándome con fuerza.
Me corro sin previo aviso. Oliver apoya una mano sobre mi hombro y me embiste unas cuantas veces más antes de correrse también, estremeciéndose mientras se desploma encima de mí.
Permanezco tumbada durante un minuto, consciente de que pronto tendré que levantarme, pero no quiero moverme. Su peso me resulta muy agradable, un refugio familiar y reconfortante que he aprovechado tan a menudo como he podido desde que me mudé con él.
Al cabo de unos cinco minutos, oímos unos pasitos al otro lado de la puerta. Oliver sale de mí con cuidado y un gruñido, y tira del edredón para cubrirnos y ocultar cualquier cosa que Henry no deba ver justo cuando mi hijo irrumpe en la habitación, vestido ya con el uniforme del colegio.
—Mamá, ¿podemos desayunar tortitas? —pregunta mientras corre hasta mi lado de la cama y Truman salta sobre el edredón para saludarnos.
—Supongo que sí, ya que es un día tan importante —respondo, revolviéndole el pelo con la mano.
Oliver ya está de pie y se pone la bata mientras se inclina para besarme el cuello.
—Vamos, Hen. Yo empezaré a hacerlas y, si nos damos prisa, podremos echarles pepitas de chocolate antes de que tu madre se dé cuenta.
Me río cuando me lanza una almohada y sonrío al verlo coger a Henry en brazos y llevárselo de la habitación.
Es un hombre completamente distinto del que conocí hace más de un año. Aquella criatura silenciosa y taciturna con la que me encontré la primera vez ha desaparecido casi por completo.
Eso no quiere decir, por supuesto, que durante el último año no hayamos tenido algún que otro bache.
El tratamiento contra el cáncer de Henry fue brutalmente duro, y hubo días en los que pensé que no conseguiría superarlo. Ver a mi hijo tan enfermo y sentirme impotente para ayudarlo fue horrible. No habría podido soportarlo sin la ayuda de Oliver, Bethany y Anne.
Pero lo conseguimos. Y si alguna vez tuve dudas sobre la fortaleza de mi hijo, la forma en que se enfrentó a todo las ha borrado por completo. Fue todo un campeón…
Por supuesto, James también sigue formando parte de nuestras vidas, pero la presencia de Oliver ha cambiado por completo mi relación con él.
Casi nunca lo veo. Si tengo que hablar con mi exmarido, Oliver siempre me acompaña, y James se muestra visiblemente intimidado por su presencia. Debo admitir que me encanta un poco…
Cada día que pasa afloja un poco más el control asfixiante que James tenía sobre mi vida, y ahora hay ocasiones en las que me doy cuenta de que han transcurrido días enteros sin que haya pensado en él.
El apoyo incansable de Oliver en ese sentido ha sido increíble, incluso cuando él tenía sus propios problemas de los que ocuparse.
Después de abandonar AGS, Oliver atravesó una etapa de incertidumbre, sin saber qué hacer a continuación.
Esperó casi seis meses y pasó la mayor parte del tiempo con Henry y conmigo.
Pero, al final, sintió la necesidad de retomar su carrera y ha estado trabajando sin descanso para montar su propio bufete, un proceso que ha resultado más complicado de lo que cualquiera de los dos habría imaginado.
Por suerte, hemos recibido mucha ayuda por el camino.
En cuanto Oliver dejó AGS, Adelaide también dimitió, insistiendo en que le resultaría imposible apañárselas sin ella.
Aquella predicción resultó ser correcta.
Ha sido nuestro pilar, ayudándonos a poner en marcha el bufete y ocupándose de que todo siga funcionando.
Es la mejor, y no sé qué habríamos hecho sin ella.
A Oliver no le sorprendió demasiado descubrir que Noah había sido quien informó a los socios directores de que él y yo nos acostábamos juntos. Oliver se cabreó muchísimo durante un buen rato, pero terminó superándolo.
Vuelvo a mirar el reloj y salgo de mis pensamientos al darme cuenta de que de verdad tengo que levantarme. Hoy toda mi atención está puesta en el primer día de Henry en su nuevo colegio, la guinda de un año duro pero lleno de éxitos.
Asistirá al mejor colegio privado de Nueva York, y no podría estar más contenta. Desde su diagnóstico, la educación de Henry ha sido irregular en el mejor de los casos, y no me cabe duda de que todo cambiará ahora que puede concentrarse en aprender sin tener que soportar más la enfermedad.
Está libre de cáncer. Todavía no consigo asimilarlo, pero los médicos me han asegurado que está estupendamente y que, con una dieta adecuada y un estilo de vida activo, seguirá así.
Y hablando de eso, tengo que impedir que echen pepitas de chocolate a las tortitas.
Sin embargo, es un esfuerzo inútil. Cuando entro en la cocina, encuentro tanto chocolate en la masa que me sorprende ser capaz de distinguir siquiera la mezcla de las tortitas.
Le lanzo a Oliver una mirada de advertencia, pero él se limita a sonreírme alegremente mientras va echando cucharadas de masa en la sartén, y no tengo valor para enfadarme con él.
Nos sentamos todos juntos a la mesa para desayunar y comemos tortitas mientras Henry parlotea entusiasmado sobre el colegio.
—¿Traerás a Truman cuando vengas a recogerme? —pregunta con entusiasmo—. Quiero enseñarle mi colegio nuevo.
Oliver asiente mientras Truman, al oír su nombre, salta al taburete que hay junto a Henry y jadea contento.
—No puedes sentarte a la mesa mientras comemos —le dice Oliver con severidad.
Eso nunca falla: Henry siempre se echa a reír porque Truman ignora a Oliver cada vez que usa su voz de tipo duro. Me río entre dientes al verlos mientras Oliver le recuerda a Henry que no debe darle chocolate al perro.
Para cuando salimos de casa, Henry está un poco más callado y concentrado en el camino al colegio.
Oliver le ha explicado que, cuando sea mayor, podrá ir andando él solo.
Observo al pequeño monstruo morado de su mochila balancearse mientras camina delante de mí, y una sonrisa se extiende por mi rostro.
Recorremos las calles mientras las hojas caen de los árboles a nuestro alrededor y Truman tira de la correa, tratando de alcanzar a las palomas. Oliver busca mi mano y entrelaza sus dedos con los míos.
Nunca supe que se pudiera ser tan feliz. Ni siquiera durante los buenos momentos con James llegué a sentir nada parecido.
—¿A qué hora tienes clase hoy? —pregunta Oliver cuando nos acercamos al colegio, y yo consulto el reloj.
—A las once y media, pero terminaré a la una, así que puedo venir a recoger a Hen si Adelaide y tú necesitáis quedaros más tiempo en el edificio nuevo.
—No, no. No pienso perderme la primera salida de Henry —dice, con un tono un poco dolido porque ni siquiera lo haya sugerido.
—De acuerdo. Entonces nos vemos junto a las puertas del colegio sobre las tres.
—Perfecto.
Poco después de que me mudara con Oliver, sacó a relucir el tema de mis estudios. Siempre había querido retomar la carrera de Derecho, aunque esperaba que no fuera demasiado tarde.
Hablamos mucho sobre ello y decidimos que lo intentaría.
Volver a estudiar ha sido la mayor alegría de mi vida, aparte de mi familia, y estoy encantada de haberme atrevido a dar el paso. Por supuesto, ayuda tener en casa a un abogado brillante —y tremendamente sexy— con quien debatir.
—¡Ese es Ruben! —dice Henry, agitando la mano como un loco hacia un niño que está al otro lado del patio del colegio.
—¿Ya conoces a alguien? —pregunto asombrada.
Él se vuelve y me abraza, luego abraza a Oliver, acaricia a Truman y corre hacia su nuevo amigo. Se me encoge un poco el corazón mientras lo observo.
¿Ya está? ¿No necesita a su madre un poquito más?
Oliver me rodea los hombros con un brazo.
—Va a estar bien.
—Lo sé —digo, secándome las lágrimas que han acudido a mis ojos—. ¿Cuándo se ha hecho tan mayor? Ayer mismo era un bebé.
—Creo que tenemos que dejar de darle tantas tortitas.
—¡Estoy de acuerdo! —digo—. Tú tienes que dejar de ponerle chocolate en el desayuno.
—No ha sido culpa mía. Henry ha insistido.
—Henry tiene siete años.
Oliver arquea una ceja y se encoge de hombros, sin apartar los ojos de mi rostro.
—Dios, cómo te quiero.
—No intentes salirte con la tuya engatusándome —digo con fingida irritación mientras me besa.
Pero uno de los alumnos mayores estropea el momento al lanzarnos un silbido desde cerca, y Oliver me suelta.
Observamos a Henry jugar con los demás niños, como si ya estuviera en su elemento, y suspiro feliz.
—Va a estar bien —repite Oliver, y yo asiento.
—Sí. Y va a ser un hermano mayor increíble.
—Exacto —dice Oliver—. Prácticamente ya es…
Se interrumpe y se queda completamente inmóvil a mi lado. Entonces se vuelve hacia mí con la boca abierta.
—¿Un qué? —pregunta, inclinándose para mirarme a los ojos mientras me agarra—. ¿Va a ser qué?
No puedo contener la sonrisa al ver la emoción en sus ojos.
—Ah, ¿se me ha olvidado mencionarlo? Va a ser un hermano mayor estupendo dentro de unos… yo diría que siete meses, más o menos.
—Dios mío.
Oliver me levanta y empieza a dar vueltas conmigo, olvidándose del pobre Truman, que se ve arrastrado por la correa mientras nosotros giramos en el mismo sitio. Cuando Oliver vuelve a dejarme en el suelo, desenreda apresuradamente al perro y lo acaricia a modo de disculpa.
—Lo siento, Truman. Me he emocionado demasiado.
Le brillan los ojos, y ver esa felicidad ya tan familiar extendiéndose por su rostro hace que me duela el pecho.
—Te quiero —dice con la voz ronca por la emoción—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
—Yo también te quiero —respondo, poniéndome de puntillas para besarlo—. Y estoy deseando tener un bebé contigo.
—Yo también —murmura contra mis labios—. ¿Henry ya lo sabe?
—No. Pensé que podríamos decírselo juntos.
Los dos volvemos la mirada hacia el colegio y observamos a Henry correr a toda velocidad por el patio, perseguido de cerca por sus nuevos amigos. Oliver me rodea los hombros con un brazo, y su cuerpo se siente firme y cálido junto al mío.
Cierro los ojos y aspiro el aroma de la hierba recién cortada que transporta el viento. Siento la vida fluir por mis venas y la felicidad en mi corazón mientras el sol asoma por detrás de una nube y lo baña todo con una luz cálida y dorada.