Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 39
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CAPÍTULO 39

Callum O’Brien

La detención de Denver Potter ocurrió tan rápido que no nos dio tiempo a avisar a la familia de Lotte.

Al día siguiente, las noticias hablaban de la detención del estafador en Australia.

El informativo relataba los delitos de Potter con todo detalle, incluida la estafa que le hizo a Luke.

La repercusión fue enorme: en todo el país, no se hablaba de otra cosa que del estafador y de la injusticia contra los Lins.

Un fiscal reabrió el caso de Luke, esta vez para exculparlo y demostrar que no merecía pagar los préstamos, que deberían ser deudas de Potter.

Esa fue la parte que más feliz hizo a Lotte.

Esta vez, su padre no necesitaba un abogado que lo defendiera, porque él era la víctima, y el fiscal estaba decidido.

Sabía que mi abuelo tenía algo que ver en aquello.

Él lo negaba, decía que no había hecho nada, que solo había llevado la verdad a un inocente.

La felicidad de los Lins era tal que organizaron un reencuentro para el fin de semana. Querían celebrar el fin de aquel tormento. La victoria de Luke era prácticamente segura. El fiscal del caso tenía fama de no perder jamás una causa.

Charlotte estaba emocionada por nuestro viaje del fin de semana, y yo solo podía pensar en que hoy vería a mi hermana volver con mi madre. Conducía hacia la mansión de Stanley, con mi novia a mi lado, mi madre en el asiento de atrás, nerviosa, apretándose los dedos, sin poder creérselo.

—Mamá, ¿nunca pensaste en pedirle ayuda a mi abuelo?

—Después del divorcio, tu abuelo no quería recibirme —frunció los labios—.

Creyó las palabras de Stanley, y no lo culpo; de verdad traicioné a tu padre —suspiró—.

Jeff me apartó por completo, y creí que estaba del lado de su hijo.

Nunca me imaginé que tu abuelo fuera el hombre que de verdad iba a ayudarnos.

—Culpa de Stanley —apreté el volante, viendo la mansión aparecer en el horizonte—. Nos alejó a propósito de mi abuelo, sabiendo que él podía cambiarlo todo.

—Estoy orgullosa de tu decisión, Callum —mi madre me apretó el hombro, y la vi sonreír por el retrovisor.

—Lo que importa es que Summer se quedará con vosotros a partir de hoy —Lotte sonrió, animada.

Tenía razón, nada importaba más que eso.

Conduje hasta tener que parar frente a la verja. El guardia nos dio paso, y avancé casi un kilómetro hasta aparcar delante de la casa. La puerta se abrió, y la empleada salió sujetando a mi hermana de la mano. Summer quiso correr al vernos, pero se lo impidieron.

—Esto no va a quedar así, Callum —advirtió Stanley, cruzando la puerta de madera recargada.

Caminé hacia él, subiendo los escalones, pasando junto a mi hermana y parándome frente a aquel maldito monstruo.

—Estás loco, ¿cómo pudiste pagar para que me rompieran las piernas?

—Hice solo lo necesario para tenerte donde yo quiero —se alisó el traje con pompa—. Nunca pensé que fueras tan débil como para pedirle ayuda a tu abuelo como un perro desesperado por la atención de su amo.

Stanley quería herirme, dar donde más dolía. Pero, al contrario de lo que él creía, pedirle ayuda a mi abuelo no había sido una debilidad, había sido una liberación. Stanley todavía no sabía lo que le esperaba.

—Amenazar a otros es un delito, y pagar para que apaleen a alguien es algo bastante grave, ¿lo sabías?

—No puedes probar nada.

—Tienes razón, pero no soy yo quien debería preocuparte —sonreí, guardándome el secreto para el momento oportuno.

Di un paso atrás, oyendo el sonido de las sirenas acercándose.

Stanley abrió los ojos de par en par, intentando entender qué hacía allí la policía.

Sonriendo, subí la escalinata, cogí a mi hermana en brazos, le besé la mejilla y la llevé con nuestra madre.

Raylla nos envolvió con los brazos, besando a Summer y a mí, queriendo colmarnos de cariño y amor.

Sonreí, aliviado de que aquello terminara.

—¿Qué se creen que están haciendo aquí? —protestó Stanley a los policías.

—Señor Stanley O’Brien, queda usted detenido —el hombre de traje mostró su placa del FBI [15] .

Abrí los ojos de par en par, dándome cuenta de que no eran simples policías. A Stanley lo detenían los federales.

—¿Y cuáles serían los cargos? —se burló Stanley.

—Intento de asesinato contra sus hermanos, amenazas a su hijo, retención ilegal de su hija, venta de información confidencial de la Casa Blanca —cogió las esposas, sujetándole las muñecas—. Filtración de datos confidenciales de atletas de la NCAA y desvío de fondos del grupo FUTURA.

Siempre me pareció interesante el nombre que mis antepasados le dieron al negocio familiar. Aspiraban a un futuro moderno, repleto de tecnología punta. ¿Se imaginarían alguna vez que uno de sus herederos haría eso con un legado de más de ciento cincuenta años?

Sonreí mientras veía a Stanley protestando e intentando resistirse a la detención, ordenando a la gobernanta que llamara a su abogado.

Nunca pensé que vería al desgraciado siendo detenido; lo había anhelado, lo había deseado.

Pero no era más que un sueño incompleto e imposible de cumplir…

hasta ese momento, cuando lo metieron a la fuerza en el coche de policía.

Detenido.

Stanley O’Brien por fin había caído, y la pesadilla llegaba a su fin.

Sonreí, emocionado, besé el cuello de Summer, disfrutando de ver su carita radiante.

Ella pasó a los brazos de nuestra madre, y atraje a Lotte para un abrazo conjunto, sosteniendo entre mis brazos a las mujeres más importantes de mi vida.

—¿Quién quiere pizza para celebrarlo? —pregunté.

—¡YO! —gritó Summer, emocionada.

—En este momento, solo con teneros a vosotros ya soy feliz —respondió mamá, llorosa.

—Estoy segura de que tus hijos nunca más se apartarán de tu lado —comentó Lotte.

—Tienes razón —asentí.

Mamá sonrió, emocionada, con los ojos enrojecidos.

Abrazando a Summer con un brazo y el otro alrededor de mí, sin poder creer que, después de años de sufrimiento, sus hijos por fin estaban reunidos entre sus brazos.

Sin necesidad de escondernos ni de hacer planes para poder estar juntos.

Los días de oscuridad por fin habían llegado a su fin.

Stanley estaba detenido; el contrato entre nosotros quedaba invalidado.

Había conseguido que me reclutara el equipo de mis sueños; mi hermana volvía a casa con nuestra madre.

Tenía a mi lado a una mujer perfecta, mi gran amor y la que había estado conmigo en todos los momentos difíciles del último año.

Besé la cabeza de Lotte, acercando la boca a su oído.

—Eres la mujer de mi vida —murmuré para ella, con una lágrima de pura felicidad y amor resbalando por la mejilla.

—Y tú eres el hombre de mi vida —sonrió, estirando la boca para besarme.

—Mamá, ¿ahora vamos a vivir juntas? —quiso saber Summer.

—Nunca más te vas a apartar de mí —respondió Raylla—. ¿Lista para irnos a casa?

—¡Sí! —gritó Summer, emocionada.

Me reí, disfrutando de aquello.

Fuimos hacia el coche de mi madre. Entramos, y Summer se acomodó en el regazo de nuestra madre, riendo al recibir caricias en el pelo. Aquella imagen era un verdadero sueño, un paraíso en la Tierra.

—Callum, tenemos que comprarte un coche —dijo mi madre.

—Luego, me gusta mi moto y ya tengo el coche de Lotte —miré a mi chica, que solo se rio, poniendo los ojos en blanco; sabía que me había apropiado amablemente de su coche.

—No puedes usarlo para siempre, ¿y cuándo ella lo necesite? Cuando terminen las clases y te mudes, vas a necesitar un coche.

—No voy a mudarme —me mantuve firme—. Lotte viene conmigo, y la dinámica va a seguir siendo la misma.

—¿Voy a ir? —preguntó Lotte, riendo.

—Claro que sí —le cogí la mano, besándole los dedos finos—. No existe ninguna posibilidad de que te deje lejos de mí.

—Callum, ¿vosotros os vais a casar? —preguntó Summer con inocencia.

Le sonreí a mi chica, guiñándole un ojo, y giré el rostro para mirar a mi hermana.

—Claro que sí, Lotte es la única a la que quiero llevar al altar.

El rostro de mi chica se iluminó al oír mis palabras.

No habíamos hablado de matrimonio, pero, si de algo estaba seguro, era precisamente ahora, después de ver a mi padre detenido, la amenaza llegando a su fin y el contrato con los Red Wings firmado.

Solo quedaba una cosa que deseara hacer en mi vida: ver a Lotte subiendo al altar, con un vestido blanco, sonriéndome enamorada.

Sin duda, había encontrado el camino hacia mi final feliz.

Charlotte Lins

Aterrizamos en San Francisco con una sonrisa enorme en la cara.

Callum estaba emocionado por la celebración, y yo, radiante, porque mi padre por fin tenía la oportunidad de librarse de las malditas deudas.

El fiscal incluso hablaba de una indemnización por parte del Estado, por haber fallado en el caso de mi padre.

Jensen nos esperaba junto a Craig, cerca de las escaleras. Corrí, lanzándome a los brazos de los dos. Reí a carcajadas de alegría, abrazando a mis hermanos, recibiendo su energía de felicidad, que me revitalizaba el alma. Apenas podía creer que por fin estuviéramos celebrando aquello.

—¿Dónde está Grant? —pregunté al soltarlos.

—Ha ido al baño —respondió Jensen—. Qué pasa, Callum —le tendió la mano, tocando la de Callum con gesto amistoso.

—Qué tal, tío —devolvió el saludo y se giró hacia Craig, estrechándole la mano—. ¿Qué tal todo?

—Todo bien —respondió Craig, amistoso.

Contuve el gritito de felicidad al verlos llevarse tan bien. Comparado con la última vez, habíamos dado un gran paso en esa relación.

Vi a Grant acercarse y fui hacia él, lanzándome a sus brazos, riendo mientras me hacía girar en el aire.

—Princesita, te he echado de menos —me besó el cuello.

—Yo también —sonreí, abrazándolo más fuerte.

Grant me dejó en el suelo, me pasó el brazo por los hombros, y caminamos hacia donde nos esperaban los otros tres. Le tendió la mano a Callum en ese saludo de tíos que solo a ellos les parecía guay. Era mucho mejor un abrazo y una sonrisa cálida.