Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

Terminé de guardar las compras. Summer gritaba por toda la casa, canturreando con Lotte. Me reí del jaleo que debían de estar montando en la planta de arriba.

—Parece una chica maravillosa —comentó mamá.

—Y lo es —sonreí, mirándola.

Quería contarle a mi madre lo del contrato con los Red Wings, pero no podía.

Mi tío me advirtió; tenía que mantenerlo en secreto.

No sabíamos cómo iba a reaccionar el hijo de puta, y no quería darle esperanzas a mi madre.

Existía la posibilidad de perder, lo sabía.

Los trillizos no eran el único equipo fuerte de la temporada; tenía que seguir alerta a los demás, siempre preparado.

Le pedí a Lotte que guardara el secreto, evitando decepcionar a mi madre y a Summer si el peor de los escenarios se hacía realidad.

Las dos bajaron las escaleras corriendo, con los patines en las manos.

Summer fue directa hacia la puerta mientras gritaba, llamándome.

Mamá soltó una carcajada al ver la felicidad de la pequeña.

Lotte perseguía a mi hermana con los brazos estirados, queriendo atrapar a la fierecilla.

Le besé la cabeza a mi madre y salí con las chicas.

—¡Uf, qué frío! —protesté, volviendo a por mi abrigo.

—¡Callum, no puedes salir sin abrigo! —protestó Summer cuando volví.

—Se me olvidó, ni me había dado cuenta de que no lo llevaba —fui a cogerlo.

—Tus patines —Lotte me los entregó cuando volví.

—Nos los ponemos cerca del lago, para no dañar la cuchilla —les avisé a las dos.

Entrelacé los dedos con los de Lotte mientras Summer caminaba dando saltitos delante de nosotros.

Vi a los guardias dentro del coche, encogidos y muertos de frío.

Si fueran personas más agradables y menos leales, no tendrían que pasar ese frío, celebrando la Navidad lejos de su familia.

No me importaría que desaparecieran unas horas.

—Pobrecitos —murmuró Lotte—. Solo están cumpliendo órdenes.

—Que sufran un poco más, hasta que les haga una propuesta que no podrán rechazar —le guiñé un ojo, travieso.

Lotte se rio, cómplice. Summer gritó, llamándonos, pidiéndonos que nos diéramos prisa.

Cuando la vi cerca del lago, corrí, con miedo de que se cayera y el agua no estuviera del todo congelada.

La cogí por la cintura, poniendo a mi hermana sobre mi hombro.

Lotte me agarró la cintura mientras caminábamos.

Me paré frente al embarcadero de madera cubierto de nieve, bajé a Summer, caminé por el embarcadero hasta comprobar el estado del lago.

—Completamente congelado.

—Es verdad —coincidió Lotte conmigo—. ¡Vamos a patinar!

—¡Bien! —Summer saltó, animada.

Aparté la nieve con el pie, limpié la madera; las chicas se sentaron y yo salté al lago para probar el hielo.

Cogí los patines de Summer y se los puse en sus pies pequeños.

Ayudé a Lotte con los suyos y coloqué a las dos sobre el hielo, con cuidado de no resbalar.

Subí al embarcadero a ponerme mis patines.

Me esperaron a que terminara y me pusiera a su lado para empezar a patinar. Puse a Summer entre nosotros, sujetando una mano y Lotte la otra. Mi hermana sonreía, pidiéndonos que fuéramos rápido.

—No vas a poder seguirme el ritmo, enana —le piqué.

—¡Sí que puedo, soy más rápida que tú! —se cruzó de brazos, irritada.

Me reí a carcajadas. Miré alrededor del lago, viendo las casas de los vecinos repartidas por la enorme orilla.

El blanco cubría los árboles, el hielo reflejaba el sol, el frío se colaba a través del abrigo y Summer, con las mejillas coloradas, seguía desafiándome.

Vi a lo lejos a algunas personas patinando; oí el sonido de niños riendo, sabiendo que mi hermana pronto lo notaría y pediría jugar con ellos.

—Te gano con facilidad —provoqué. Summer apretó sus manitas con fuerza y empezó a patinar.

—No te aguanto provocando a una niña —Lotte se rio, negando con indignación.

—Hago lo que puedo para tenerla entretenida —me reí a carcajadas—. Venga, ratita, más te vale patinar o te atrapo.

Lotte gritó, uniéndose al juego.

—¡Socorro, el tigrecito tiene hambre! —patinó, alcanzando a mi hermana—. Vamos, Summer, ¡tenemos que ser rápidas!

Las dejé patinar lejos, dándoles una gran ventaja, pero cuando arranqué fui con todo, impulsándome con fuerza, patinando veloz como hacía en la pista.

Las alcancé a las dos en pocos minutos, cogí a Summer por la cintura y me la puse en el hombro.

Mi hermana chilló del susto y, al darse cuenta de lo que hacía, empezó a reírse a carcajadas.

Lotte dio la vuelta, patinando lejos; la perseguí, gritando que no podía escapar de mí.

Pasamos buenas horas en el lago patinando.

Cuando Summer encontró a otros niños, pidió jugar con ellos, y la dejé.

Me quedé patinando con mi novia, de la mano e intercambiando besos robados.

El hambre apretó, y Summer pidió volver a casa a comer.

Acepté, cansado del juego. Al volver, vi a los guardias encogidos en los asientos, comiendo una barrita de cereales.

Sabía que era el momento de mi golpe de gracia.

—Id delante —les pedí a las chicas.

Lotte cogió la mano de Summer, llevándosela, mientras yo iba a hablar con los guardias. Primero, di conversación, fingiendo que no quería nada más que matarlos de frío por tener que tener la ventanilla del coche abierta. Cuando a los hombres les castañeteaban los labios, decidí atacar.

—Sabéis que no me llevo bien con mi padre —empecé, con aire un poco chulesco—. Y os vais a congelar con este frío hasta medianoche.

—Señor, si pudiéramos entrar, prometemos quedarnos en un rincón, sin molestar —pidió el conductor.

—No os quiero en casa de mis abuelos, pero si dais la vuelta y os vais a casa ahora mismo, os garantizo que mi padre no se va a enterar de nada.

—El coche tiene GPS, se va a enterar —respondió el otro.

—Y los que se llevaron a la niñera no van a volver —protestó el conductor.

—Podéis usar mi coche, pasad la Navidad con vuestras familias y volved solo mañana a buscar a mi hermana.

Los dos se miraron, pensando en la propuesta.

Una brisa fría entró en el coche, arrastrando copos de nieve.

Temblaron y, sin decir nada, salieron del coche.

Sonreí, victorioso. Cogí las llaves del coche de Lotte —lo usaba tanto que ya lo sentía como mío y sabía que mi novia no se quejaría.

Saqué el vehículo del garaje y, al entregárselo a los guardias, les avisé de que debían devolverlo con el depósito lleno, para no pasar apuros en la carretera de vuelta.

Por suerte, el frío ayudó a mi plan. Cuando los vi marcharse, entré en casa.

—¡Abrid las cortinas, gente, estamos solos! —grité, animado.

Les expliqué mi plan, y se rieron sin creerse que hubiera conseguido esa hazaña. Orgulloso de mi esfuerzo, abrí las cortinas, dejando entrar el verdadero espíritu navideño. La casa estaba decorada para Navidad; les pedí a mis abuelos que prepararan todo lo que necesitaríamos, y no fallaron.

Pero el mejor momento de aquel día fue poder salir por la tarde y ver a mi madre sonriendo mientras patinaba con Summer, sin miedo a que las separaran.

—Tigrecito, ¿estás llorando? —preguntó Lotte, parándose a mi lado.

—Es mucha emoción ver a las dos así —sorbí por la nariz.

—Esto es solo el principio, Callum; pronto tu familia estará unida para siempre.

Abracé a Lotte, agradeciendo su apoyo en ese momento. Le besé el cuello, soñando con el día en que seríamos libres.

Y, por primera vez, sentí de verdad miedo de perder la temporada, porque sabía lo que pasaría. Días como aquel nunca se repetirían.

—Vamos, quiero disfrutar de la Navidad en familia —entrelacé nuestros dedos, ahuyentando la melancolía y patinando hacia las dos.

—La próxima Navidad, vamos a reunir a las familias; va a ser maravilloso.

—Si tus hermanos no deciden hacerme puré.

Lotte soltó una carcajada, mientras mi vista se llenaba de ese dulce sueño. Una Navidad con su familia y la mía solo sería posible si ganaba. No había espacio para dudar; tenía que mantenerme firme y seguir adelante.

No importaba la dificultad: iba a ganar.

Me convencía de ello, apartando el miedo que quería ganar terreno en mi corazón. Si dudaba, aunque fuera un segundo, lo perdería todo.