Asumiendo el Riesgo (Los reyes del hielo 1) CAPÍTULO 21
49%

CAPÍTULO 21

Callum O’Brien

Me desperté con el sonido molesto de un móvil; sabía que no era el mío.

Gemí, frunciendo el ceño. El cielo seguía oscuro, el cuarto cubierto de negrura.

Lotte dormía tranquila, como si el ruido infernal no afectara su sueño profundo.

No me extrañaba ver su cansancio: la hice correrse dos veces más antes de dejarla caer agotada en mi cama.

Con el culo hacia arriba, el edredón cubriéndole los muslos, Lotte era una visión preciosa para admirar.

Suspiró hondo, girándose en la cama, mostrando los pechos rosados con marcas de mis mordiscos.

Me lamí los labios, excitándome. El maldito móvil seguía sonando; me levanté irritado, buscando dónde estaba el aparato.

Lo encontré tirado en mi silla, ni sabía cómo había llegado ahí.

Y la curiosidad por conocer a sus hermanos me impulsó a deslizar el dedo por la pantalla, contestando la llamada.

—Por fin contestas —dijo la voz grave de un hombre al otro lado de la línea.

—Buenas noches —respondí—. Soy…

—¿Dónde está mi hermana? Si le has hecho algo, te mato, ¡hijo de puta!

—Tranquilo, tío, no hace falta que insultes a mi madre —apreté el móvil, irritado—. Tu hermana está durmiendo.

—¿Por qué has contestado su móvil? ¿Quién eres? ¡Te voy a matar, desgraciado!

—Soy su novio —y Charlotte estaba durmiendo después de que la follara bien toda la noche. Menudo bombazo.

Controlé la lengua en el último segundo, sin poder frenar el pensamiento. Charlotte me va a matar si se entera de que estoy hablando con su hermano a escondidas, y ahora me di cuenta de que no había sido buena idea contestar ese móvil.

—Eres el imbécil que sale con mi hermana, tío, ¡te mato!

Sentí alivio al saber que Charlotte le había contado a su familia sobre mí.

En cierto modo, tuve miedo de contestar el móvil y que el hermano no supiera quién era yo, demostrando que mi chica estaba ocultando nuestra relación a su familia.

Yo estaba deseando presentársela a mi madre y a mi abuela.

Aunque me estuviera amenazando de muerte, sonreí; Charlotte ya me había avisado del temperamento de sus hermanos, aquello no me sorprendía.

—Cuñadito, no me vas a matar, tengo ganas de conocerte en persona.

—No te he dado permiso para llamarme cuñadito, no pienses que puedes tener confianza conmigo —a pesar de la amenaza, noté que su tono se calmaba—. Despierta a mi hermana, necesito hablar con ella.

—¿Y no podía esperar a que amaneciera?

—Si pudiera esperar, no habría llamado.

—Así no vamos a llegar a ningún lado… —Quería llamarlo por su nombre, pero recordé que Lotte nunca llamaba a sus hermanos por sus nombres, solo por motes de broma—. Puedes dejar el recado; se lo doy por la mañana.

El silencio cayó entre nosotros mientras él pensaba qué hacer.

Yo no iba a despertar a Lotte, y cada vez sentía más curiosidad por el motivo de la llamada.

Mi cuñado parecía un hombre acostumbrado a mandar y ser obedecido, y no me gustaba esa clase de gente.

Me recordaba a mi padre, el gran hijo de puta.

—Es sobre nuestra abuela, ha pasado algo. Llama a Charlotte —pidió, más calmado.

—Ella comentó que la abuela estaba enferma, necesitaba una operación —miré a mi chica con menos ganas de despertarla, si era para darle una mala noticia.

—¡Llámala! —casi gruñó.

Apreté los dientes, sintiendo, en el fondo de mi alma, que esa llamada no iba a terminar bien. Suspiré, volví a la cama, aparté el móvil de la oreja, toqué el hombro de Lotte con delicadeza, bajé el torso y le besé el hombro suave.

—¿Lotte? —la llamé bajito.

Suspiró, moviéndose, girando la cara hacia el otro lado. Le besé la mejilla, sacudiéndola suavemente, solo lo necesario para despertarla. Lotte parpadeó con los párpados pesados, los ojos rojos de sueño. Gimió en forma de pregunta.

—Tu hermano —le mostré el móvil—. Necesita hablar contigo.

Vi cómo la sangre le abandonaba la cara; Lotte abrió mucho los ojos verdes, mirándome con espanto. Levantó el torso, cogió el móvil de mi mano y se lo llevó a la oreja. Su mirada seguía analizándome, como si buscara algo. Estiré los dedos, tocándole el pelo suave.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó al hermano—. Puedes decírmelo —tragó saliva.

Lotte parecía querer huir lejos o esconderse; no logré identificar con precisión cuál era su deseo en ese momento.

Su hermano hablaba algo largo y, cuanto más pasaban los minutos, veía a mi chica palideciendo, casi desmayándose de preocupación. Me acerqué, tocándole el codo, queriendo atraerla a mi regazo. Lotte negó con la cabeza, se puso de pie y tropezó en dirección al baño.

Tuve miedo de que se pusiera mal, pero entendí que quería hablar a solas con su hermano.

Quizás algo malo le había pasado a su abuela y ella necesitaba tiempo antes de contármelo.

Me levanté, me puse el calzoncillo, tiré del edredón, viendo una mancha roja en la sábana de la cama.

Sonreí, orgulloso al saber que se trataba de la virginidad de mi chica.

Lotte siguió en el baño hablando bajito con su hermano, mientras yo cambiaba la sábana de la cama para evitar que ella lo viera.

Me senté en la cama arreglada, sujetando mi camisa. La puerta del baño se abrió y Lotte salió, con cara de náuseas. Se sentó en la cama, dejando el móvil entre nosotros. Le tendí mi camisa; sonrió, la cogió y se la puso, viniendo a acurrucarse entre mis brazos.

—¿Le ha pasado algo a tu abuela?

—Un pequeño error en la cirugía —sollozó, temblando.

Me tumbé, llevándomela conmigo, cubriéndonos con el edredón—.

El anestesista era un residente, cambió la medicación que debía controlar la presión, y la abuela se puso muy mal, sufrió un infarto en la mesa de operaciones —me apretó los dedos contra el pecho—.

Está bien, consiguieron reanimarla y terminar la cirugía de la mejor forma posible.

Está ingresada y mi abuelo se quedó como su acompañante.

La situación con su abuela no era buena, pero, por algún motivo extraño, sentí que Lotte me ocultaba algo.

Seguía pálida; sus ojos buscaban los míos, parecían buscar algo, ¿seguridad, tal vez?

No sabría decirlo. Mi chica estaba conmocionada y no quise molestarla con preguntas, exponiendo mi incertidumbre sobre un secreto flotando entre nosotros.

—Se va a poner bien —le aseguré.

Tumbados uno frente al otro, la abracé, besándole los labios.

Lotte se aferró a mí, correspondiendo el beso, con sentimientos invadiendo mi cuerpo.

No sabía qué ocultaba, pero tenía la certeza de la pureza de sus sentimientos y de lo enamorada que estaba Lotte, queriéndome a su lado, abrazándome, oliéndome, sintiendo nuestra conexión especial.

Tardé un poco, pero conseguí que se durmiera.

Yo me apagué pocos minutos después, aspirando su olor delicioso, sintiendo el calor de su cuerpo y quedándome en paz.

No importaba lo que Lotte ocultara; sentía que tenía que ver con su familia.

Se quedó así después de la llamada de su hermano; tal vez fuera algo relacionado con dinero, al fin y al cabo, hubo una complicación en la cirugía.

La ayudaría con lo que hiciera falta y haría que Lotte se diera cuenta de que podía contar conmigo para todo, sin sentir vergüenza de pedirme algo.

Me desperté con el sonido de mi despertador. Lotte gimió, acurrucándose contra mi pecho. Deslicé el dedo por el reloj, apagándolo, besando a mi chica para despertarla.

—Buenos días, ratita.

—Buenos días, mierda de hormiga.

Solté una carcajada; ya tardaba en volver el contraataque de los motes. Le besé la mejilla hasta verla sonrojarse, mirándome con una sonrisa.

—¿Sabes?, me encanta el sexo matutino —avisé, levantándole la pierna alrededor de mi cadera.

—Callum, estoy toda dolorida —suspiró triste, agarrándome del pecho—. ¿Podemos dejar el sexo para la noche?

—¿Mi polla enorme te ha hecho daño en tu coñito apretado, ratita?

—Tu polla de caballo me va a dejar sin poder andar bien, bestia infernal.

—21 centímetros hay que usarlos bien. —Lotte me dio un golpe en el hombro.

Solté una carcajada, hundiendo la cara en el cuello de Lotte, mordisqueándole la piel hasta oírla reírse conmigo.

Era la primera vez que me quedaba haciendo mimos con una chica después del sexo.

A veces me dormía al lado de una y me acostaba con otra al día siguiente.

Pero nunca así, con esa ligereza y esos sentimientos estallando en mi pecho.

Lotte me hacía feliz de una forma que nunca había sentido antes.

Cuando estaba con ella, las preocupaciones desaparecían.

El aire se llenaba de ligereza y felicidad.

Lotte alcanzó mi boca en un beso apasionado, haciendo que mis entrañas se contrajeran de felicidad.

Giré, quedando encima de ella, oyendo sus grititos queriendo escapar de mí.

Riendo, dejé que se fuera al baño; salté de la cama persiguiéndola.

—¿Adónde crees que vas? —entré en el baño y la vi sentada.

—¡Sal! ¡Estoy haciendo pis, Callum! —se puso roja como un tomate.

—Abre las piernas, voy a mear también.

Lotte gritó; solté una carcajada imaginando la escena grotesca.

Lotte sentada en el váter y yo meando por el espacio entre sus piernas.

Me reí tanto que se me encogió el cuerpo.

Ella se rio a carcajadas, horrorizada. Mi chica se levantó, tiró de la cadena y se metió en la ducha, quitándose mi camiseta.

Me tragué la risa, llenándome de deseo, mientras Lotte corría la cortina para ducharse.

Sacudí la cabeza, recordando lo que había dicho sobre estar dolorida.

Después de mear, fui a cepillarme los dientes, dejándole un cepillo nuevo a Lotte en el lavabo. Sabía que, si me metía debajo de esa ducha, no me iba a controlar. Esperé a que se duchara y, después, fui a ducharme yo. El agua caliente no ayudó nada a bajar mi calentura.

—Callum —oí su voz a través de la cortina. Corrí el plástico y la vi cepillándose los dientes, envuelta en una toalla—. ¿Contra quién juegas hoy?

—Los amistosos están siendo una mierda este año —me quejé—.

Deberíamos haber jugado contra los Dnort hace dos semanas, pero los desgraciados no pudieron venir a enfrentarnos.

Después de mucho negociar, se decidió que iríamos allí, pero también salió mal, y hoy deberían venir ellos para jugar el último amistoso antes de la temporada.

Hasta ayer, el entrenador todavía no sabía si podríamos jugar.

Parece que su autobús tuvo problemas en la carretera.

—¿Cuándo se decidirá si van a jugar? —frunció el ceño, algo tensa.

—Voy directo al entrenamiento, hoy no voy a clase; el entrenador nos contará cómo está la situación.

—¿Estás… animado por el partido?

Me pareció extraña la vacilación en su voz.

—Los trillizos demoníacos son mis mayores rivales, sobre todo el canalla de Jensen.

Creé una estrategia para jugar contra ellos y quiero ponerla en práctica antes de nuestro partido en la fase de temporada o en los playoffs.

No estoy animado, estoy nervioso, para ser sincero —cerré la ducha, cogí la toalla, me la enrollé en la cintura, saliendo de la bañera—.

Y quiero que lleves mi camiseta, animándome a gritos, esta noche, si el partido se celebra.

Lotte giró el torso, escupió la pasta en el lavabo, se enjuagó la boca y noté cómo le temblaba la mano. Todavía estaba afectada por el estado de su abuela. Caminé, le sujeté la cintura con ternura, le toqué la barbilla fina, conectando nuestras miradas.

—¿Vas a animarme?

—Soy la única que puede hacerte ganar —sonrió, pero noté una sombra en sus ojos—. ¿Cuál es tu estrategia para hoy?

—Observando los partidos de los trillizos, me di cuenta de que se comunican durante el juego, sin usar palabras ni hacer gestos. Todavía no sé cómo lo hacen, pero pretendo romper esa conexión entre ellos.

—¿Vas a dejarlos confundidos?

—Sí, pero solo con eso no basta.

Lotte se mordió el labio, levantó los brazos rodeándome el cuello, poniéndose de puntillas, intentando alcanzar mi boca. Sonreí, bajando el torso y besándola con cariño.

—Vas a ganar —me encantó lo segura que estaba de eso—. Y esta noche lo celebramos de la mejor manera.

Sonreí más, pensando en el delicioso sexo de victoria. Lotte sonrió, los ojos brillantes. La besé llena de pasión, sabiendo que mi ratita estaría animándome.

No iba a perder ese partido por nada del mundo.