Arruinada Capítulo 27 Jamie
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Capítulo 27 Jamie

—Te voy a dar un ascenso —arrastra las palabras Evan con su marcado acento australiano.

—¿Qué más podrías querer que haga además de directora de entretenimiento, coctelera estrella y recogeplatos? —Apenas puedo verlo a través de la nube de repelente de mosquitos que me he echado. Anoche me comieron viva y no pienso arriesgarme.

—Quiero que actualices nuestra página de Facebook. Puedes subir los vídeos de tus actuaciones. Es una buena forma de atraer más parroquianos —se agacha detrás de la barra, saca un portátil y me lo pasa.

—¿Eso es lo que llamas un ascenso? Sabes que un ascenso normalmente implica más sueldo y un cargo rimbombante.

Abro la tapa del portátil, esperando a que el wifi chungo se digne a funcionar.

—Digamos que tu recompensa te espera en el cielo —me guiña un ojo con una sonrisa diabólica.

Resoplando, encuentro un rincón a la sombra con un ventilador que funciona y paso los vídeos del móvil de Evan al portátil.

Repaso los comentarios de publicaciones anteriores, hinchándome de orgullo al ver que son casi todos positivos.

Incluyo algunos de Marta trabajando detrás de la barra, cautivando a los clientes con su sensual acento español.

Ya casi he terminado cuando cierro la aplicación de Facebook.

He intentado evitar conectarme, sobre todo para no ver nada de Kai.

Pero ahora, parpadeando ante mí como una tentadora sirena, la página de inicio de Google nunca me había resultado tan irresistible.

Antes de que me dé cuenta de lo que hago, ya estoy tecleando Kai Reed en la barra de búsqueda.

Al instante me arrepiento. Una búsqueda lleva a otra, y cuando quieres darte cuenta, estás cayendo por un pozo sin fondo, devorando cualquier migaja de información que encuentres, como un alcohólico que recae, incapaz de controlar el impulso de seguir mirando.

Lo que más me jode es verlo saliendo de un gimnasio de boxeo con una tía mientras ella les hace una peineta a los paparazzi.

Me quema ver lo a gusto que están, riéndose juntos como si nada.

No debería dolerme, pero el dolor que he intentado enterrar con todas mis fuerzas saca su fea cabeza y me muerde con sus afilados dientes.

Masoquista como soy, sigo torturándome con un atracón de fotos suyas, cada una más impresionante que la anterior.

Me cabrea estar buscando razones para odiarlo, pero lo único que consigo es la dolorosa certeza de que lo echo muchísimo de menos.

Es interesante descubrir que la gira de Razor Shade está en pausa mientras Trent pasa por rehabilitación.

También mencionan que Kai fue arrestado y puesto en libertad sin cargos tras una pelea.

Me gustaría pensar que ya saben la verdad sobre las drogas en mi bolso.

Aun así, no cambia nada. Nada cambiará la crueldad con la que me descartó como si fuera un error.

Cabreada conmigo misma por mi falta de fuerza de voluntad, cierro de golpe la tapa del portátil e intento sacármelo de la cabeza. Es una mierda. Pero la vida es así la mayor parte del tiempo. Pasa página.

Según se acerca la hora de abrir, me alegro de tener algo que me distraiga de mi sesión de acoso cibernético.

Marta y yo nos ponemos manos a la obra para preparar la barra.

Seguimos nuestra rutina nocturna: revisar los barriles de cerveza, cortar limones y rellenar la máquina de hielo.

A las nueve en punto abrimos las puertas y empieza a llegar un goteo constante de clientes.

El local no se anima hasta cerca de las once, así que las primeras horas siempre son coser y cantar.

Esta noche me toca subir al escenario sobre las once.

Normalmente hago una hora de telonera antes de que entre el DJ a medianoche. Ahí es cuando el local se pone a tope.

Todavía me maravilla la vista impresionante de la playa desde nuestro puesto en la barra.

Resultó ser la mejor decisión, tirarme a la piscina y venir aquí.

Y he hecho dos amigos fantásticos, Marta y Evan.

Kai probablemente esperaba que me consumiera y muriera como una fan desconsolada suplicándole que volviera conmigo.

Eso no va a pasar jamás. Vale, ignoro el hecho de que acabo de acosarlo como una posesa, pero de eso culpo a internet.

El local está a reventar ahora que nos acercamos a las once.

Me dirijo al pequeño escenario ignorando los piropos guarros de tipos mayormente borrachos y salidos.

Las peticiones llueven esta noche. La canción de moda ahora mismo es «Bad Habit» de Steve Lacy.

A la mayoría de la gente le gusta corear, lo que me facilita un poco la vida porque no tengo que forzar tanto la voz.

La multitud que se desborda hacia la playa esta noche parece mucho mayor de lo habitual.

Se respira algo en el ambiente, una atmósfera eléctrica que algunas noches parecen generar.

Me queda justo tiempo para una petición más cuando Evan me pone un trozo de papel en la mano.

Normalmente los clientes me piden las canciones directamente, así que me sorprende recibirlo por escrito.

La nota dice simplemente: Billie Eilish Happier than Ever.

Un escalofrío gélido me recorre. Instintivamente barro la multitud con la mirada, una aprensión helada que me paraliza el corazón. Me siento ridícula y me reprendo a mí misma. Es una canción popular. No es una petición tan rara.

En cuanto mis dedos tocan los primeros acordes, vuelvo a estar en aquel antro de hotel, con la sangre empapada en vodka, más sola de lo que me he sentido en mi vida.

Estaba convencida de que ya no lo amaba, pero al volver a sentir ese dolor, es evidente que una parte de mí todavía lo ama.

La parte que recuerda cómo me miraba, como si yo fuera el centro de su mundo.

Quizás esa parte de mí siempre lo amará.

Decidida a terminar la canción sin echarme a llorar como una magdalena, aguanto hasta el final, aliviada cuando dejo la guitarra y hago una tímida reverencia antes de bajar del escenario.

Llámalo intuición femenina. Échale la culpa al ciclo lunar. Pero esta noche hay una energía extraña en el ambiente.

Confirmando mi corazonada, el tiempo se detiene de golpe con tanta violencia que siento los temblores destrozándome por dentro.

Sabía que algo no iba bien. Lo sentí toda la noche, algo que me desestabilizaba, mi subconsciente disparando la alarma.

Porque caminando hacia mí como una maldita aparición celestial viene Kai, el puto Reed. Con pinta de ser la fantasía de cualquier mujer, rezumando tanto estilo que me lo comería.

La intensidad de sus ojos azules, oscurecidos por un calor abrasador, me inmoviliza. Todo lo demás se desvanece.

Quiero odiarlo. Quiero decirle que se largue. Quiero fingir que no me importa y apartar la mirada. Pero es imposible cuando mi corazón late al compás que él marca.

Y entonces sonríe de esa manera pecaminosamente sexy que solo él sabe, y ya está, me rindo.

Me convierto en una idiota con la mirada perdida, incapaz de pensar o hablar de otra cosa que no sea él.

Lo que de verdad deseo es echarle los brazos al cuello, sentir su piel y sus labios sobre los míos.

Pero en lugar de eso, lo observo con frialdad, aferrada a mi dignidad gracias a la traición y la rabia.

—Si has venido a verme, estás perdiendo el tiempo.

He activado el modo arpía. Por desgracia, no le afecta en lo más mínimo. Esa maldita sonrisa capaz de movilizar ejércitos no flaquea ni por un milisegundo. Como si el muy cabrón supiera el poder que tiene.

—Jamie. De verdad eres tú.

Me acaricia los nuevos mechones rubios, y quiero apartarle la mano, pero el cosquilleo que me recorre la piel es más embriagador que la droga más adictiva.

Nos quedamos unos instantes con las miradas enredadas como dos tontos enamorados, hasta que recuerdo cómo me despidió como si fuera una empleada cualquiera.

Indignada, paso de largo dándole un empujón y me dirijo a la barra para terminar mi turno.

Imperturbable, me sigue y planta su magnífico trasero en un taburete de la barra, sin quitarme los ojos de encima ni un segundo.

No pasa mucho tiempo antes de que la gente empiece a reconocerlo.

Una chica tras otra se le acerca para pedirle una foto, y él las cautiva a todas, posando con paciencia para los selfies.

Mientras finjo que no me importa, una chica especialmente insistente con un bikini diminuto se cuela entre sus piernas, manoseándolo como si estuviera en un espectáculo de Magic Mike.

Algo que huele sospechosamente a celos se me retuerce en el pecho, empujándome hacia él, obligándome incluso a dirigirle la palabra.

—¿Te pongo algo de beber? —suelto con el mismo tono que si le ofreciera una endodoncia.

Con gesto divertido, se la quita de encima y me dedica toda su atención. No debería emocionarme. Pero vaya si lo hace.

—Una cerveza está bien, la que tengas.

Se lame los labios, dejando a la vista el piercing de la lengua, y al instante una oleada de calor me sacude el centro y me deja sin fuerzas.

Llevo un simple top de bikini, y mientras le sirvo la cerveza, sus ojos se detienen una fracción de segundo, lo justo para que se me endurezcan los pezones de puro deseo.

Ya hacía calor aquí dentro, pero ahora el ambiente es sofocante.

Lleva una camisa de algodón blanco suelta, casi toda desabotonada, que deja al descubierto su abdomen cincelado, su piel dorada resplandeciente contra el blanco. Mis ojos descarados no paran de desviarse hacia el muro tatuado de su pecho, perdiéndose allí, y los dedos me arden por tocarlo.

Con cuidado, coloco el vaso lleno delante de él. Antes de que retire la mano, la cubre con la suya y declara en voz baja, con tanta sinceridad que me destroza:

—He venido a pedirte perdón, Jamie. Por eso estoy aquí.

Nunca había visto al siempre seguro de sí mismo Kai mostrarse tan inseguro, y casi me convence. Casi.

—¿Has venido hasta aquí solo para decir que lo sientes?

No puedo negar que su confesión me ha dejado atónita.

—Bueno, no ha sido para decirte que pronto empieza una nueva temporada de Bachelor —dice con una sonrisa irónica.

—¿En serio? ¿Cuándo?

—¿En serio? ¿Eso es lo que te interesa? —dice.

Se parte de risa, y el sonido me atraviesa y se me pone la piel de gallina. Me quedo mirándolo embobada durante unos segundos incómodos mientras algo visceral flota en el aire entre nosotros. Si dejara de mirarme como si se me hubiera olvidado vestirme, quizá mi cerebro podría volver a funcionar.

—Dios, buscaos una habitación, ¿no? Aquí hay más tensión sexual que en una telenovela mexicana —dice Marta, chocando su trasero contra el mío y pronunciando la jota de «Jesús» como una hache aspirada con su encantador acento.

—No necesitamos ninguna habitación. ¿A qué viene eso de la habitación? —replico con mucho más ímpetu del necesario, como si fuera la idea más ridícula del mundo, mientras ella pone los ojos en blanco divertida.

Me sonrojo como una virgen mientras Kai sigue devorándome con la mirada como si estuviera a punto de clavarme los colmillos y dejarme seca. Intento ignorarlo como puedo mientras atiendo la avalancha de clientes impacientes. Estamos en plena hora punta y apenas tengo tiempo ni para pensar.

Hay una pausa en el caos y miro hacia el final de la barra. Se ha ido. El pánico me golpea durante un segundo, como un pez fuera del agua que lucha por respirar.

Es un momento de claridad reveladora: haría cualquier cosa ahora mismo con tal de que vuelva.

Orgullo. Indignación. Negación. Todo se desintegra en nada mientras mis ojos lo buscan aterrados.

La idea de que se vaya y no volver a verlo me revuelve el estómago, dejando al descubierto cuánto me sigue importando.

Estoy a punto de salir corriendo hacia la playa cuando aparece con una sonrisa de suficiencia.

—¿Me estabas buscando?

Irritada por su presunción, me pongo a cortar limones frenéticamente, imitando lo mejor que puedo a alguien que definitivamente no entró en pánico cuando creyó que se había largado.

Pasa un rato en el que evito mirarlo a los ojos, y finalmente se levanta con gesto abatido.

—Mira, Jamie, me voy ya a mi villa. Pero ¿quedarás conmigo mañana, al menos? Por favor, dame la oportunidad de explicártelo todo, y después no tendrás que volver a verme nunca. Te lo prometo.

No tiene ni idea de cuánto me mata esa posibilidad.

No sé qué hacer. Toda mi determinación de no volver a verlo ni hablar con él se evapora en cuanto levanto la vista y me encuentro con su mirada.

Nunca lo había visto mostrar sus sentimientos de forma tan transparente.

Parece que fuera a romperse si le digo que no.

—No te preocupes, te traeré de vuelta a tiempo para el trabajo —añade, como para convencerme.

Si supiera que ya le he dicho que sí mil veces en mi cabeza...

—Vale, quedamos en la playa a las nueve, Kai.

Me recompensa con otra sonrisa deslumbrante que me envuelve en su calidez.

Se acerca más a mí y me posa los dedos suavemente en la cintura. Un gesto tan simple me provoca una sobrecarga sensorial, embriagada por el más mínimo contacto.

—Hay otra cosa que he venido a decirte, Jamie.

—Ah, ¿sí? —trago saliva.

Se inclina hacia delante y pega los labios a mi oído. Su aliento me provoca un escalofrío que me recorre la espalda.

—Joder, te quiero más de lo que he querido a nadie en mi vida.

Tras soltar esa bomba, se da la vuelta y me deja plantada, como si no acabara de derretirme y convertirme en un charco.

Ahora tengo que esperar nueve horas para volver a verlo. Y yo que pensaba que aguantaría toda la vida sin él.