Capítulo 21 Jamie #3
El equipo de seguridad ya ha terminado con un lado de la sala y ahora nos toca a nosotros.
Como estoy sentada al fondo, soy la última a la que llaman.
Solo queda un guardia con cara de aburrido para registrarme.
Le entrego mi mochila y lo observo mientras rebusca rápidamente entre mi ropa.
Creo que está a punto de devolvérmela cuando su mano se detiene un segundo, palpa algo y lo saca.
Como si fuera un trofeo de caza, levanta a la luz una bolsa transparente con una jeringuilla y un envoltorio de polvo marrón. Heroína.
Es como si el mundo dejara de girar mientras miro en estado de shock. Sin entender cómo demonios ha llegado eso a mi bolsa.
Presa del pánico, intento arrebatarle las drogas al guardia, con la absurda esperanza de que se olvide de que las ha visto. Solo consigo empeorar las cosas: me agarra del brazo y grita:
—¡Quieta ahí, señora!
Como si las cosas no fueran ya bastante malas, ahora toda la maldita sala nos mira mientras este drama se desarrolla como si fuera el último capítulo de su serie favorita.
Alcanzando nuevas cotas de estupidez, me aferro a la bolsa mientras él forcejea para quitarme las drogas.
Las deja sobre la mesa para que las vea hasta el apuntador.
Mark es el primero en hablar, ya en modo de control de daños.
—Mire, Ken, sé que esto no pinta bien, pero estoy seguro de que podemos llegar a algún acuerdo sin involucrar a la policía. Usted sabe que el objetivo de todo esto era buscar armas.
—Lo entiendo, señor. Pero también entiendo que las drogas son ilegales en esta parte del mundo. Aunque estoy seguro de que podríamos encontrar algún arreglo para resolver esto con la menor repercusión posible.
Por suerte para mí, el hombre tiene los escrúpulos de una comadreja, y está claro que acepta sobornos. Mark todavía no me ha mirado ni una sola vez. Es como si fuera invisible mientras sigue negociando:
—Quizá podríamos ir a un lugar más privado para hablar de esto.
—Por supuesto, señor, sígame.
Todo mi cuerpo tiembla y estoy a punto de vomitar mientras las drogas están ahí delante de mí, como si una luz brillante parpadeara sobre ellas. Mark se da la vuelta para irse, dándome la espalda. Desesperada, lo llamo:
—No son mis drogas, Mark. No sé cómo han llegado ahí. Tienes que creerme, Mark.
Le suplico con lágrimas corriéndome por la cara, pero solo obtengo una respuesta cortante:
—Ya hablaremos de esto después.
Con la agitación, me había olvidado de los demás. Miro alrededor de la sala. La mayoría no me mira, avergonzados por mí. Los que sí lo hacen me observan abiertamente con asco.
Solo hay una persona que destaca del resto.
Kai.
La rabia emana de él como vapores tóxicos. Ira. Odio. Repulsión. Traición. Todo está ahí, a raudales. Tiene todo el cuerpo en tensión por la furia. El rostro rojo de ira, la mandíbula apretada.
No puedo apartar la mirada. Es como si fuera una espectadora que contempla su propia caída mientras él se levanta despacio y avanza hacia mí como un verdugo que prepara la soga con la que me va a colgar.
Se detiene frente a mí, y soy más consciente que nunca de cómo me saca una cabeza. Para avivar las llamas de su furia, hago lo que siempre hago cuando me acorralan: soltar una broma estúpida, sellando así mi destino.
—Si te sirve de consuelo, menos mal que no ha mirado en mi otra bolsa.
No sé por qué no intento negarlo. Quizá porque todos dan por hecho que soy culpable. Siempre lo hacen.
—¿Qué coño te pasa, Jamie? —gruñe, con nada más que desprecio en los ojos.
—No son mías —susurro mientras una lágrima solitaria me resbala por la mejilla—. No sé cómo han llegado ahí.
Estoy perdiendo el tiempo; veo que ya se ha formado una opinión sobre mí. Ya ha pasado por esto antes y tiene las cicatrices mentales para demostrarlo. Siento que lo he perdido, que mi cuerpo percibe cómo se aleja físicamente.
—Sabía que eras un desastre anunciado —escupe las palabras con veneno, y cada una me atraviesa, me corta más hondo con cada sílaba. Por fin obtengo la verdad de lo que soy para él.
—Si yo era un error, ¿qué coño eras tú? —le escupo con amargura.
—Yo siempre fui la persona que iba a destruirte —su voz es suave y sus ojos brillan con arrepentimiento. Es la primera pizca de ternura que me muestra.
—No tienes el puto poder de destruirme, Kai. Solo yo tengo ese poder.
Contiene el aliento.
El dolor se filtra en sus ojos como veneno, me cierra las puertas, me reduce a nada.
Pero no he terminado. Ni una sola persona me ha apoyado en toda mi vida, y ahora la traición brota de mí como el agua de una tubería reventada.
—Necesitabas una excusa conveniente para librarte de mí, y aquí la tienes. Puedes pasarte la vida amando a un fantasma, porque un recuerdo puede ser lo que tú quieras.
El pecho me sube y me baja tan fuerte que me cuesta respirar.
Me da igual estar llorando a moco tendido porque todos han visto lo peor de mí.
Todos están aquí para presenciar mi humillación.
Kai da un paso atrás como si le hubiera clavado un cuchillo en el corazón y dice con repugnancia indisimulada:
—Lárgate de aquí. Estás despedida.
Recojo mi bolsa para irme, pero me detengo y lo miro una última vez:
—Prometiste que nunca dejarías que nadie volviera a hacerme daño, y te has convertido en la persona que más daño me ha hecho.
Me mira fijamente con nada más que fría indiferencia. Por fin le doy la espalda y me voy.
Mientras hago el paseo de la vergüenza hacia la puerta, veo a Trent agazapado en la esquina. Sus ojos teñidos de remordimiento.
Pero la emoción que predomina en él es la culpa.
Entonces todo encaja, y no me cabe duda de que esto es cosa suya. Pero ya no me quedan fuerzas para pelear, solo las justas para cerrarle la puerta en las narices y largarme para siempre.