Capítulo 19 Jamie #2
—Tengo dos entradas para ver Chicago en el West End hoy. ¿Quieres ir? —Lo dice con tanta naturalidad como si me estuviera ofreciendo llevarme al supermercado.
—¿Te refieres a Chicago, el musical? —pregunto incrédula.
Frunce el ceño, un poco inseguro de si estoy contenta. —¿Te gustan los musicales, verdad? Pensé que era lo tuyo.
Estoy asombrada. Puede que sea lo más dulce que alguien haya hecho por mí. Y ahí va mi corazón, que late sin descanso y eleva sus esperanzas a una altura inalcanzable.
—Es mi musical favorito. —Mi voz sale queda, pero no puedo borrar la sonrisa bobalicona de la cara, y sus hombros se relajan aliviados, feliz de haberme complacido.
—No me imagino que los musicales sean lo tuyo, ¿no? —añado.
—No, no lo son, pero estar contigo sí.
Joder, ¿cómo puede decir eso con tanta calma? ¿Alguien le ha dado a este tío el manual de cómo destruir a Jamie de un millón de formas?
—Necesito pasar primero por el hotel para cambiarme si vamos al teatro. Y luego está el pequeño detalle de que no tengo ni idea de dónde estoy ni de cómo volver.
—Te llevo. Solo estamos a quince minutos. ¿Qué pensabas, que te iba a dejar ir andando? Tu opinión de mí es mucho peor de lo que imaginaba.
—Bueno, siendo sincera, mi opinión ha cambiado bastante. O sea, antes eras un imbécil, pero ahora eres tolerable. —Me río suavemente mientras me agarra de la cintura y me atrae hacia él.
—¿Era tolerable cuando me cabalgabas la polla con fuerza? —Susurra las palabras mientras me acaricia el cuello con la nariz, y ahora solo puedo pensar en lo mucho que quiero repetirlo todo. Por suerte, se aparta; de lo contrario, no saldríamos nunca de casa.
—Voy a cambiarme. Luego nos vamos, ¿vale? —Desaparece escaleras arriba y me quedo sentada en la sala de estar, a la espera, preguntándome por qué habrá quitado las fotos de él y Jada.
¿Lo habrá hecho para no molestarme, o porque no quería que viera esa parte tan personal de su vida? Supongo que nunca lo sabré.
Vuelve con un aspecto y un olor divinos. Pensándolo bien, no tuve ninguna oportunidad de resistirme a él. Todo en él es magnético, diseñado para atraerte. Coge unas llaves del aparador, las hace girar entre los dedos y sonríe de esa manera diabólica que me derrite las entrañas.
—Vamos. Tu carroza te espera.
—Oh, qué educado ahora. ¿Qué pasó con cabalgarme la polla con fuerza? —Imito su voz varonil y me recompensa con la visión en alta definición de su sonrisa irresistible, esa que me hace desmayarme como una duquesa en un drama de época.
—No te preocupes. Habrá mucho más de eso. —Y una vez más me sonrojo, aliviada cuando abre la puerta principal y se hace a un lado para dejarme salir.
Dejamos el lujo de su casa para salir a una hermosa calle arbolada con altas casas georgianas adosadas.
Hay una pequeña zona verde en el centro con jardines preciosos y bancos de madera.
Los coches aparcados a lo largo de la calle valen por sí solos decenas de millones de dólares.
Me lleva hasta un Dodge Challenger Demon negro, cuyas luces parpadean cuando nos acercamos.
Abre la puerta, me deslizo dentro y paso la mano por el interior de cuero rojo.
—Es como si nadie hubiera entrado nunca en este coche. Está impecable.
—Es mi niña. Cuido bien las cosas que quiero. —Solo para fastidiarme, me guiña un ojo, acelera el motor tan fuerte que me tapo los oídos y sale disparado por la calle como si estuviéramos en una persecución a toda velocidad.
—Apuesto a que tus vecinos te adoran —digo con tono inexpresivo.
—No paso aquí el tiempo suficiente como para que les importe. La mayoría de los que viven aquí son príncipes árabes u oligarcas rusos. Casi nunca están. Solo tengo piso aquí porque mis padres viven en Londres.
Me intriga. Es el primer dato personal que me cuenta. Noto que suele ser muy reservado.
—Entonces, ¿viven cerca?
—Ojalá, pero insisten en quedarse en la casa donde crecí. Quiero comprarles algo mejor, pero no me dejan. —No me sorprende que sus padres sean orgullosos. Se nota que de tal palo, tal astilla.
Gracias a que casi bate el récord de velocidad terrestre, enseguida llegamos al hotel en Mayfair, la zona más exclusiva de Londres, donde él también vive. El personal del hotel abre diligentemente las puertas del coche mientras Kai le lanza las llaves al aparcacoches.
Al entrar en la recepción principal, la primera persona con la que nos cruzamos es Shauna, que observa nuestra llegada juntos con una sonrisita de suficiencia. La verdad es que no parece sorprendida de vernos juntos.
—Jamie. Kai, ¿vais a algún sitio? —Intenta sonar casual, aunque parece a punto de explotar.
—Acabamos de llegar, Shauna —Kai esquiva la pregunta como un profesional.
—Sí, ya lo sé, sabes a qué me refiero. —Desconcertada, se vuelve hacia mí esperando sacarme algo más, pero me quedo callada, sin saber qué decir.
Shauna me clava la mirada y golpetea el suelo con el pie, impaciente, mientras yo sigo muda durante unos segundos incómodos.
Totalmente imperturbable, Kai es el primero en romper el silencio:
—Jamie, ve a cambiarte. Necesito hablar con Trent.
No tenemos mucho tiempo antes de que empiece el espectáculo, así que vuelve cuanto antes.
—Antes de irse, me da un beso suave en los labios, y a Shauna se le descuelga la mandíbula.
Mientras él dobla la esquina silbando, ella me agarra del brazo y me arrastra hacia el ascensor.
—Tienes que darme algunas explicaciones, jovencita. —Espero hasta que estemos a salvo en el ascensor para responder:
—¿Estoy metida en un lío? —Espero una reacción similar a la de Jason, pero me sorprende cuando aplaude alegremente.
—Joder, lo sabía.
—Pensé que no lo aprobarías; o sea, conozco la reputación de Kai.
Se queda callada un momento, pensativa.
—Conozco muy bien a Kai; prácticamente crecimos juntos.
Y no quiero hablar por él ni decir algo que no me corresponde, pero se nota que le gustas.
Tiene esa mirada feroz cuando está contigo, como si fuera a arrancarle la cabeza a cualquiera que te haga daño.
La mayor parte del tiempo, no puede quitarte los ojos de encima.
No lo había visto así desde... —duda, y yo termino la frase:
—Jada.
Asiente en silencio, con los ojos llorosos.
—Perdona, no sé por qué me emociono así.
Es que fue muy difícil cuando pasó. Todos éramos muy cercanos.
Y Kai tuvo que identificar el cuerpo, y creo que eso lo destrozó.
Cargaba con una culpa enorme. Se habían ido distanciando; creo que Jada estaba dolida porque él no le prestaba tanta atención.
Iban a fiestas, ella desaparecía, y él la encontraba colocada, tirada en algún rincón.
Todos intentamos hacerla entrar en razón, pero prometía cambiar y eran solo palabras vacías.
Dios, ni siquiera sé si debería contarte todo esto. No me corresponde a mí contarlo.
Le cojo la mano. —Bueno, tiene suerte de tener amigos como tú.
Se seca los ojos con la punta del pulgar y sonríe con tristeza.
—Míranos, hechas un mar de lágrimas. Escucha, lo único que puedes hacer es seguir a tu corazón. Ir siempre a lo seguro te lleva a una vida llena de arrepentimientos. Tienes que ir a por lo que quieres, y si acaba siendo un desastre, pues que así sea. Mejor eso que quedarte con el «y si...».
—¿Sabes qué, Shauna? Tienes toda la razón.
El despertador de la mesita pita en punto y doy un respingo, al darme cuenta de que he pasado la mitad del tiempo hablando en vez de prepararme.
—Mierda, tengo que cambiarme. Nos vamos enseguida.
—Salto de la cama, corro al armario y rebusco hasta encontrar algo adecuado.
Me decido por un vestido negro de seda cruzado con unos tacones de aguja de charol negro que quitan el hipo.
Es mucho más sofisticado que mi estilo habitual, pero Mark insistió en que tuviera conjuntos elegantes en mi repertorio porque, en sus palabras, no las mías: «no siempre puedes vestirte como si acabaras de recoger la ropa del suelo». Es un payaso.
Shauna me recoge el pelo en un elegante moño y me pongo unos pendientes de bisutería y un colgante de corazón. Doy una vuelta para que Shauna me vea bien; me siento supersexy con estos tacones.
—No va a poder quitarte las manos de encima. Ay, Dios mío, me siento como una madre orgullosa. Ve y pásatelo bien. Te lo mereces.
Cojo el bolso, me despido de Shauna con la mano y me dirijo al ascensor con la adrenalina a tope. Estoy nerviosa y emocionada porque esto parece nuestra primera cita de verdad, y quiero que salga bien.
Camino hacia él con los nervios a flor de piel.
Está charlando con el aparcacoches, así que todavía no me ha visto.
Entonces se gira, y madre mía, me pasa siempre.
Da igual si han pasado cinco minutos o cinco horas desde la última vez que lo vi, siempre me impresiona lo increíblemente guapo que es.
Se queda parado al verme y me recorre con la mirada, con puro deseo en los ojos.
Me deslumbra con una sonrisa tan amplia y arrebatadora que siento que el corazón se me va a salir del pecho.
—Oye, ya podemos irnos —le sonrío tímidamente. Hay tanto calor en sus ojos... Me atraviesa por completo. Me atrae hacia él y desliza sus labios sobre los míos con ternura, sin importarle quién nos vea. Me toma de la mano con gesto posesivo, me conduce hacia la limusina y se sienta justo a mi lado.
—Me divertiré quitándote ese vestido más tarde. Pero los zapatos no. Esos te los dejas puestos.
Me retuerzo cuando su aliento cálido me roza la oreja y desciende por mi cuello como un jarabe caliente. Como siempre, nuestra cercanía desata una química sexual abrasadora que crepita entre nosotros.
—Espero que Shauna no te haya acribillado a preguntas —sonríe con astucia, sabiendo perfectamente que sí lo hizo.
—Sí, ahora conozco todos tus trapos sucios —bromeo.
—Imposible que le haya dado tiempo a contártelos todos —dice con una sonrisa burlona mientras me echa el brazo sobre el hombro.