Capítulo 18 Jamie #2
La zona de baile principal es tan llamativa y chillona como si la hubiera diseñado Mi Pequeño Pony colocado de ácido.
La colosal pista se ilumina de forma intermitente en una variedad de colores, creando un efecto arcoíris mientras la gente aparece y desaparece entre las luces.
Por todas partes hay podios enjaulados donde hombres y mujeres semidesnudos cubiertos de purpurina se retuercen como si estuvieran haciendo un casting para ser esclavos sexuales de Calígula.
Una magnífica lámpara de araña cuelga en el centro, refractando la rotación de luces de colores como una bola de discoteca con ínfulas.
De repente, el tequila explota en mis venas como un petardo, destruyendo todas mis inhibiciones y dejándome con un único objetivo: pasármelo bien. Esta noche tienen un DJ invitado especial que está calentando al público, y cada bajón del bajo arranca un grito más fuerte.
Mis pies cobran vida propia y se balancean al ritmo, mi mente despreocupada y embotada por el alcohol.
Miro fascinada cómo las caras de Jason y Sandra cambian de color, riéndome mientras me hacen girar.
El chico, cuyo nombre aún no sé, hace el tonto con nosotros y nos enseña algunos movimientos propios bastante buenos.
A medida que avanza la noche, también lo hace mi borrachera.
Todo se vuelve cada vez más distorsionado, como si viera a todos a través de un filtro de cámara de los setenta.
Los colores empiezan a fundirse, y la música parece ralentizarse, volviéndose más lejana como si la escuchara bajo el agua.
Mientras floto suavemente al ritmo, mi nuevo acompañante lo interpreta como una invitación para atraerme hacia su pecho, con los brazos rodeándome lánguidamente la cintura y moviéndose en sincronía conmigo.
Sienta bien tener algo de apoyo, así que me dejo llevar, con miedo a soltarme mientras el mundo se inclina sobre su eje.
Incluso en mi estado de embriaguez, tengo la extraña sensación de que me observan desde las sombras.
Se me pone el vello de punta como un ejército de soldados en formación mientras un escalofrío me recorre como un arroyo helado.
El instinto me hace mirar a la izquierda.
Unos ojos familiares me observan con el ceño fruncido; su rostro aparece completamente a la vista justo cuando las luces se vuelven rojas, dándole el aura de un íncubo esperando el momento oportuno para abalanzarse.
Sonríe diabólicamente y se aparta de la pared para acercarse a mí, con una determinación amenazante en cada paso mientras percibo su furia celosa en amarillo, azul y luego, cómo no, verde.
Kai en tecnicolor es todo un espectáculo, su mirada sombría encendiendo un calor que se extiende como un incendio forestal en plena sequía.
Con una mueca burlona hacia mi compañero de baile, me atrae bruscamente hacia él y me hace girar para que mi trasero quede firmemente plantado en su entrepierna.
Con brusquedad, me empuja la cabeza hacia un lado y prácticamente me gruñe al oído:
—Creo que necesitas que te recuerde que no dejo que nadie toque lo que es mío.
Sus manos acarician mi cintura y se deslizan suavemente sobre mis caderas.
Empieza a restregarse contra mí; el bulto duro de su excitación se me clava y crea un delicioso palpitar entre mis muslos.
Su mano recorre mi torso, rozando peligrosamente cerca de mis pezones erectos.
Estoy tan excitada que estoy lista para suplicarle que me toque aquí mismo en la pista de baile.
Nuestra conexión se rompe de golpe cuando una fan demasiado entusiasta avanza hacia Kai con la tenacidad de una cobra. Kai se aparta de mí y me coloca a su espalda para ocultarme de las miradas curiosas. En mi bruma etílica, me aferro a la tela de su camiseta y hundo la cabeza en él.
Murmura algo sobre una confusión de identidad, me agarra de la mano y me arrastra fuera del club hacia el aire frío de la noche.
Las voces que gritan su nombre lo persiguen a medida que más gente lo reconoce, y yo echo a correr delante de él, casi lanzándome contra el tráfico.
Un coche frena en seco y toca el claxon con irritación.
Kai me alcanza con la alarma dibujada en sus finos rasgos.
—Tío, mantenerte viva es un trabajo a jornada completa. Voy a tener que contratarte un guardaespaldas.
—Oh, sí, por favor, que sea alto y supermusculoso, y de esos tipos callados pero letales —balbuceo entre hipidos.
—Vale, no voy a contratar un guardaespaldas —se aprieta el puente de la nariz, frustrado, antes de estallar en una risa contagiosa.
—No te rías así. Es perturbador.
—Eh, ¿de qué hablas ahora? —me atrae hacia él y me acaricia la cara con ternura. Es reconfortante saber que no puede estar enfadado conmigo mucho rato.
—Cuando te ríes así, quiero ser más que follamigos... digo, amigollos... —me trabo con las palabras.
—Follamigos, querrás decir —resopla entre carcajadas.
—Eso es lo que he dicho.
—¿Quién ha dicho que somos follamigos...? —no le da tiempo a terminar antes de que note esa salivación ominosa en la boca y sienta el ardor del tequila subiendo por la garganta.
—Oh, joder —es todo lo que consigo decir antes de echar hasta la primera papilla en la acera. Él, todo un caballero, me sujeta el pelo. Ojalá no lo hiciera. Ojalá me dejara pasar la vergüenza a solas. Después de eso, todo se vuelve borroso.
Farolas difuminadas por la lluvia. La sensación de que me llevan en brazos. El sonido de un motor. La cabeza dándome vueltas y, finalmente, fundido a negro.