Arruinada Capítulo 16 Jamie
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Capítulo 16 Jamie

Perdida, desamparada y sola, llevo horas caminando por las calles de París, o eso me parece.

Cuando me robaron anoche, se llevaron todo, hasta los zapatos.

No tengo dinero ni móvil para llamar a nadie.

De vez en cuando, me gotea sangre por detrás de la oreja.

Tengo un corte donde me golpearon, y por mucho que presione, no deja de sangrar.

El Uber ya se había ido cuando por fin volví en mí, tirada en la acera.

¿Quién puede culparlo? No era tan tonto como para quedarse allí más tiempo del necesario.

Hago una mueca al pisar una piedrecita, otra pequeña abrasión más en la planta del pie.

Me da rabia que se llevaran mis sandalias brillantes recién compradas.

Si el karma existe, espero que quien se las ponga tropiece y se rompa el tobillo. Sería lo justo.

Mi único consuelo es que no me violaron ni me mataron, aunque me entran ganas de matar cada vez que pienso en Trent y la misión suicida a la que me envió.

Atraigo bastantes miradas horrorizadas mientras deambulo descalza, magullada y ensangrentada. A juzgar por las caras de asco de la gente, la mayoría asume que soy una yonqui, una puta, o ambas cosas, y tengo demasiado frío y demasiado dolor como para que me importe.

Estoy al borde del colapso cuando veo un hospital a unas manzanas de distancia, brillando como un faro celestial.

Necesito que me vean el corte detrás de la oreja, y probablemente me toque ponerme la antitetánica, porque estoy bastante segura de que mi madre nunca me llevó a vacunarme de pequeña.

Nerviosa, me acerco a la recepción de urgencias.

Seguro que en cuanto me vean me deportan.

Mi francés es escaso, por decir poco, así que hago lo que puedo para comunicarme con un elaborado despliegue de gestos.

Una recepcionista altiva me observa con desprecio mientras hago mímica de que me golpean en la cabeza.

Incluso señalo mis pies, imitando cómo me arrancan los zapatos.

Espera pacientemente a que termine mi pequeña actuación y suelta con sequedad:

—Hablo inglés.

¿Por qué tengo la sensación de que disfrutó viéndome hacer el ridículo? Impaciente, me entrega un formulario para rellenar, y me aseguro de poner los datos de Trent como pagador. Además de esta factura del hospital, me las va a pagar cuando le eche el guante.

Me siento en una de las sillas de plástico de colores chillones de la sala de espera.

A juzgar por la cantidad de gente, va a ser una espera larga.

Temblando de frío y dolor, me seco unas lágrimas que se me escapan.

Dios sabe en qué lío me voy a meter cuando vuelva.

No soy tonta. Sé que Trent intentará escurrir el bulto, y no estoy preparada para enfrentarme a todos.

Solo quiero hacerme un ovillo y esconderme.

Como no he pegado ojo en toda la noche, lucho por mantenerme despierta; la cabeza se me va hacia delante y hacia atrás como un caballito de balancín.

Después de lo que parecen horas, siento alivio cuando una enfermera con cara amable llama mi nombre, que suena mucho más glamuroso con acento francés.

—Mademoiselle Lux, ¿es correcto? —pregunta, y frunce el ceño al examinar la herida detrás de mi oreja.

—¿Qué le ha pasado? Esto es bastante profundo. Habrá que darle puntos. Primero déjeme limpiarlo y le traigo unos analgésicos. —Me indica que me siente y me sonríe con amabilidad mientras me ofrece una manta. Me la pone sobre los hombros y me aparta el pelo para limpiar la herida.

Su inesperada amabilidad hace que se me vuelvan a llenar los ojos de lágrimas.

Soy un desastre emocional ahora mismo. No me presiona sobre lo que pasó; intuye que no quiero hablar.

Acepto agradecida los analgésicos que me ofrece, porque cada centímetro de mi cuerpo clama por alivio.

Los analgésicos fuertes me dejan enseguida aturdida y somnolienta.

Me cose el corte con eficiencia y cuidado, minimizando el dolor.

Agotada mental y físicamente, me tumbo mientras ella va a buscar mi papeleo. Cierro los ojos y disfruto de la suave manta y la almohada limpia y fresca del hospital.

Me he rendido al sueño, así que me sobresalto cuando la enfermera me sacude suavemente el brazo para despertarme. Abro los párpados despacio, aturdida, y gimo al recordar dónde estoy. Me incorporo de golpe, alarmada, al ver que fuera está oscuro; aparto la manta y me apresuro a levantarme.

—Mierda, ¿qué hora es? —Miro a la enfermera horrorizada.

—Intenté despertarla, pero estaba tan profundamente dormida que la dejé. ¿Quiere que llame a alguien para que venga a recogerla?

—¿Tiene un teléfono que pueda usar?

—Bien sûr. —Desaparece y vuelve con un teléfono, y me deja hacer la llamada en privado. Marco el número de Trent, rezando a los dioses del teléfono para que conteste. Apenas suena una vez cuando responde, con la voz tensa y agitada.

—Trent, soy yo, Jamie. —Si mi voz pudiera destilar veneno a través del teléfono, a estas alturas estaría echando espuma por la boca.

—Joder, Jamie, ¿dónde coño estás? Me he vuelto loco de preocupación. Todos. Kai acaba de enterarse de que has desaparecido y quiere cancelar el concierto. —Al menos tiene la decencia de sonar arrepentido.

—Estoy en el hospital. Me robaron todo anoche después de que el mayor gilipollas que he conocido en mi vida me mandara básicamente a un antro de drogas en el rincón más sórdido de París.

Y para rematar, me dieron una buena paliza, como si no les hubiera entregado todo de todas formas.

—Me tiembla la voz al relatar lo que pasó anoche.

Quiero gritarle, pero estoy demasiado molida para pelear.

—Escucha, Jamie, lo siento muchísimo. Nunca volveré a pedirte algo así. No sé en qué estaba pensando. No estaba pensando. Dios, debes odiarme, Jamie. Sé que no nos conocemos desde hace mucho, pero te considero una amiga, y no tengo muchas amigas últimamente.

Maldita sea, ¿por qué tiene que tocarme la fibra sensible justo cuando estoy intentando odiarlo?

Hay un largo silencio antes de que se aclare la garganta con dificultad, y cuando habla se le quiebra la voz.

—No quiero pedirte esto, y lo entiendo si quieres mandarme a la mierda, pero por favor, te lo suplico, no les digas a los demás lo que estabas haciendo, porque si no me echarán de la banda para siempre, y esto es todo lo que tengo.

Al ver que no digo nada, lanza su último ruego: —Te prometo que te lo compensaré. Te daré lo que quieras.

No sé qué hacer. Me enfurece el peligro en el que me puso, pero no quiero que lo echen de la banda.

—Bueno, ¿cómo vamos a explicarlo todo? Además, parezco recién salida de diez asaltos con Mike Tyson.

Suelto todo el aire que he estado conteniendo en los pulmones y me enrollo nerviosamente en los dedos mechones de pelo empapados de sangre.

Solo oigo la respiración pesada de Trent y el sonido de los instrumentos afinando antes del concierto.

Como Trent parece no tener ni idea de qué mentira vamos a inventar, tomo las riendas:

—Les diré que me atracaron cuando salí a dar un paseo nocturno porque no podía dormir. Pero te lo advierto, Trent, no vuelvas a mandarme a hacer tu trabajo sucio.

—Te lo juro por mi vida, Jamie, nunca volveré a ponerte en peligro.

Alguien llama a Trent de fondo, y él se despide a regañadientes:

—Mira, tengo que irme ya, el concierto empieza en quince minutos. Aguanta. Voy a mandar a Jason a recogerte. Está que no vive de la preocupación. Mándame tu ubicación.

—Vale, Trent.

Es lo único que consigo decir. Se merece que le caiga una buena, pero puedo darle esta oportunidad. Llevo toda la vida haciéndolo con mamá.

Con el dedo a punto de colgar, me quedo paralizada al oír la voz de Kai de fondo. Trent tampoco ha colgado, y aguzo el oído con curiosidad.

—¿Con quién coño estabas hablando? ¿Se sabe algo de Jamie?

Kai suena fuera de sí de preocupación. Seguro que no es por mí. Probablemente esté molesto porque no estoy ahí para sujetarle la botellita de agua.

—Era Jamie. Ha estado en el hospital todo el día y no ha podido contactar con nosotros.

Percibo la culpa latente en sus palabras.

—¿Qué coño, el hospital? ¿Por qué? Como ese tío le haya puesto un solo dedo encima, le arranco la polla.

Ahora sí que estoy confundida. ¿Quién demonios es el tío del que habla?

—No, salió tarde por la noche y la atracaron, pero está bien. Ya viene de camino.

—Joder, esa chica es un lastre. Nunca deberíamos haberla contratado. ¿Por qué coño no se quedó donde tenía que estar anoche…?

No espero a oír más, ya he oído suficiente. Me trago el dolor y cuelgo. Por un momento fugaz, pensé que estaba preocupado por mí. Pero no, solo soy un inconveniente, un maldito lastre. El dolor se transforma rápidamente en odio mientras rumio sus palabras hirientes. Estoy hasta las narices de él.

La enfermera vuelve con los formularios de alta y unas zapatillas del hospital.

—Mademoiselle Lux, ya puede irse. ¿Viene alguien a recogerla?

Me frota el brazo con compasión y le aprieto la mano agradecida. Salgo arrastrando los pies doloridos para esperar a Jason.

Casi lloro de alivio cuando veo a Jason llegar en una de las limusinas de la compañía. Sale de un salto y me abre la puerta, pero retrocede impactado al ver mi aspecto magullado y desaliñado. Al notar que tengo las manos heladas, se quita la chaqueta y me la echa sobre los hombros.

—Dios mío, Jamie, ¿qué te ha pasado?

Me desplomo aliviada en el asiento trasero del coche y rompo a llorar por el terror absoluto de las últimas doce horas.

Me rodea con un brazo reconfortante mientras sollozo contra su hombro.

Soy incapaz de hablar durante el trayecto de vuelta.

He estado tirando de adrenalina todo el día, y ver la cara familiar de Jason hace que suelte todo el miedo acumulado que llevaba dentro.